martes, 23 de abril de 2019

CÓLQUIDA, DOCE DÍAS

Queridos amigos:

Es un placer anunciaros la presentación de mi novela CÓLQUIDA, DOCE DÍAS, que tendrá lugar el próximo 29 de mayo a las 18:30 horas en la Biblioteca Municipal Miguel de Cervantes de Pozuelo de Alarcón (Plaza Mayor, 6). En el acto me acompañará Elena Cánovas Cabrerizo, compañera de numerosos viajes, bien conocida por muchos de vosotros, profesora de Cultura Clásica y gran conocedora del mundo helenístico y sus mitos. 

Espero poder contar con vuestra presencia y pasar un buen rato juntos. Y si no os es posible, nos veremos en otro momento.


Aunque podréis adquirirla allí mismo, también está ya disponible en papel o en formato electrónico en https://puntorojolibros.com/Colquida-doce-dias.htm. 

Un fuerte abrazo.

sábado, 6 de abril de 2019

IGUAZÚ, AGUA Y CERVEZA



Iguazú es un mundo perdido de agua y vegetación plagado de turistas. Ay, si Cabeza de Vaca, el primer europeo en verlas, levantara la cabeza. Según nos dicen, y hacemos, lo mejor es comenzar por pasar desde Argentina a la parte brasileña, lo cual exige su correspondiente frontera. Pero es evidente que están hechos a este cruce y la cosa es rapidísima.


Pero antes… la comida en una churrascaria, que  ayudará a sobrellevar el intenso día. Una comida exquisita, abundante, regada con fría cerveza y que cae como maná en nuestros estómagos devastados después de un vuelo transoceánico y otro interior entre los cuales solo hemos desayunado ligeramente a las cuatro de la madrugada.


En el recorrido se pasa delante del Hotel de las Cataratas, un edificio antiguo, sencillo, blanco, majestuoso. Está a pie de obra, debe ser tremenda la estancia allí. Cuando cierran el parque a los visitantes, sus huéspedes pueden pasear solos. Qué envidia.
- No tiene precio - dice una amiga.
-  Seguro que lo tiene - digo yo, y otro amigo se descacharra de risa.
Lo dejamos atrás y el camino vallado permite asomarse a numerosas cascadas, terrazas inundadas y un pavoroso río que lo recoge todo y que discurre, ocre y turbio, a nuestros pies. Una neblina procedente de la vaporización del agua al caer nos rodea cada dos por tres. Las cámaras necesitan atención si quieres preservarlas, porque además no dejas de hacer fotos. El primer paseo, vespertino, termina en un ascensor junto a una enorme cascada. O eso nos parece. El aperitivo ha sido bueno, pero lo grande será mañana.



Las vistas verdaderamente impresionantes son las del lado argentino, donde caminas sobre el agua que se precipita a la Garganta de el Diablo. Asomarse a la caída desde la pasarela es apoteósico. Un rugido atronador, una columna de vapor que te envuelve, agua a mansalva. Cada vez que ves la misma caída de agua desde un punto distinto parece otra. El borde del agua al caer transmite una sensación de fuerza ingobernable. El color es el de la cerveza.



Y donde no hay agua, te topas con una densidad de follaje que parece sólido. Las plantas del borde están inclinadas por la fuerza de la corriente. Algunas pasarelas están viejas y rotas en muchos sitios. Hay un preservativo en una escalera. Los hay con suerte.
La comida en el lado argentino no desmerece. Las camareras del restaurante El fortín (“Como catorce en inglés” nos instruyen para pronunciarlo, como si fuéramos guiris; ah, que aquí lo somos…) visten como pin-ups de los cincuenta.
Un camión amarillo descubierto y con asientos en la caja (como los de Kyaiktiyo en Birmania) nos lleva hasta el embarcadero. Por el camino, las explicaciones de un guía sobre la flora y fauna del parque de Iguazú nos aturden, entre el traqueteo y la siesta. Menciona la mariposa 88. La tengo.



Subimos a la lancha que nos llevará tan debajo de la caída de agua como sea posible. La recomendación es quedarse casi sin ropa, en bañador si es posible. Los incrédulos no siguen el consejo y acabarán muy mojados. La bolsa estanca que te dan antes de embarcar acoge todo excepto la cámara, que podrás mantener hasta que una voz del piloto te advierta de que de allí en adelante puede, sencillamente, empaparse. Hay gente difícil -o estúpida- complicando el embarque tratando de no meterlo todo a resguardo sin que nadie cuerdo entienda porqué. Otros se recubren de plásticos, chubasqueros y gorras. Todo sobrará. Hay un caimán en el río, como esperando.


Remontamos el río, fuerte y turbulento. O eso nos parece hasta que llegamos al punto de no retorno. “Guarden las cámaras”. Y acelera. Un subidón de adrenalina nos sacude cuando nos mete debajo de la catarata. El agua nos empapa, sí, pero, sobre todo, nos golpea. Casi nos aplasta. Nos mojamos del todo, nada sirve para protegerse, es mejor exponerse sin nada encima. Hasta las gafas peligran. Algunas salen despedidas.
Le gritamos.
- ¡¡¡Más adentro, más adentro!!!
- ¡¡¡Al otro lado hay dinero!!! – añado yo, desgañitándome con aquel fragor.
El piloto se ríe y acomete otra vez, aún más dentro, debajo del inmenso chorro. Nos da tres pasadas. Rugen el motor y el agua. Calados hasta los huesos, casi magullados, riendo, disfrutando.


Desembarcamos y la escena es la de después de una batalla. Cada uno trata de recomponerse en la escarpada orilla. Algunos se cambian de ropa, otros recuperan la de las bolsas, otros se quedan empapados, aunque hace tal calor que casi se agradece.
Por fin en el hotel, descubrimos varias cosas. Una son los cogotes quemados pese a la crema o el sombrero. Alguna magia guaraní. Otra es una maravillosa piscina en el ático, con bar y cerveza, pero sin nada que comer. Y otra es que necesitamos un adaptador con la clavija argentina para recargar cámaras y móviles.
A dos cuadras, en el prestigioso kiosko de El Chino compramos la clavija; y a otras dos cuadras, en el supermercado Tío Juan nos hacemos con una deliciosa cena a base de patatas fritas de bolsa, almendras y una riquísima cerveza Patagonia IPA con miel y saúco. La carnicería era como para llamar a sanidad, pero no procedía.
La cena romántica no fue en el Hotel de las Cataratas, pero no se puede tener todo…


jueves, 27 de diciembre de 2018

MOTILLA DEL AZUER: AGUA FORTIFICADA




De los muchos rincones desconocidos de Castilla La Mancha, la Motilla del Azuer, en Daimiel, es desde luego uno de los más singulares. En todo caso, parece ser el yacimiento más importante de la Edad del Bronce en la zona. Para quienes hayan visitado Cerdeña, su parecido con los famosos e impresionantes nuraghi es asombroso. Nada mejor que visitarlos todos y comparar. Pero la Motilla está más cerca y luego pueden visitarse Daimiel y Las Tablas.




Lo primero que conviene es saber que una motilla es un montículo. Hasta su excavación, eso era este sitio. En este caso, uno artificial que suponía una elevación artificial en medio de un llano. Más precisamente, en la leve vaguada que forma el Azuer. Esta motilla descubrió en su seno una construcción.  En realidad, es un pequeño laberinto oval de muros concéntricos con una torre central; en su interior, lo que se protege es el que se considera el pozo más antiguo de la Península Ibérica. Los muros de piedra de más de ocho metros de altura rodean un patio en cuyo centro se encuentra el pozo, que baja otros 14 metros hasta el agua y que fue excavado según aumentaba la sequía y descendían los niveles hídricos, buscando las capas más bajas del nivel freático mediante rampas.



A su alrededor se encuentran unas cuantas viviendas. Hay también algunas zonas de enterramiento. Pero el núcleo fortificado, además de la imponente torre central,  albergaba y protegía otras estructuras relevantes, como los silos de almacenaje para conservar cereales (trigo, cebada) o leguminosas (lenteja, garbanzo), y los hornos, indispensables para las industrias alfarera, panadera y metalúrgica. Incluso se han hallado restos que confirman la elaboración de queso en época tan temprana.



Los manchegos saben bien lo profunda que está el agua en su tierra, y este pozo, descomunal para la tecnología de la época (se estima corresponde a un periodo situado entre los 2200 y los 1300 a.C.) es una prueba fehaciente de ello. De hecho, no es el único, sino que es el representante más destacado de una red de pozos de tipo similar esparcidos por los alrededores, que garantizaban no solo la posibilidad de regar, sino la misma supervivencia de la población en época de sequías, cuando los arroyos desaparecen y ha de recurrirse al agua subterránea. Por eso estaban tan bien protegidos, porque el agua valía la vida.



Aparentemente, los largos periodos de sequía habrían hecho que aumentaran los enfrentamientos entre poblaciones cercanas, y que los poblados -pero sobre todo los pozos- fuesen fortificados.  Las tribus nómadas de la era del Bronce, se asentaron así en poblados estables y comenzaron a almacenar e intercambiar productos con otros grupos cercanos. Pero el agua… ¡eso no!. Al vecino, ni agua, ya se sabe.