domingo, 22 de junio de 2014

SIR, YOU WERE SPEEDING

Atravesando lo que los oklahomeros llaman el Panhandle, o séase, la estrecha zona de Oklahoma que se alarga hacia Nuevo México, el paisaje es llano e infinito. 
No es tierra de bisontes con suaves colinas onduladas, como hacia Arkansas o Missouri, cerca de Tulsa. La vista aquí se pierde en campos planos como la mano, los espejismos te acompañan todo el rato y sólo los campos de maíz, cuando lo hay, cambian de color la estepa inacabable, pajiza, socarrada y polvorienta. Por algo, un poco al sur, en Texas, está Amarillo. Buen nombre para un sitio así. Uno piensa en las películas de la conquista de Oklahoma con carretas a la carrera, en los kiowas, los osage, los ponca, los pawnee, los cherokee y todos los indios de este extraño territorio y se asombra de que vivir allí pudiera ser tan preciado. Bueno, a falta de otra cosa… porque aquello sí que es la nada; eso sí, la nada con una carretera  interminable por medio. Los States.
El Oldsmobile iba cargado: cuatro adultos y dos niños de uno y dos años y medio, con toda la impedimenta para tres semanas y pico de vacaciones. Desde pañales de dos tipos y tamaños, pasando por potitos americanos cuyas etiquetas hubimos de aprender con urgencia, pasando por ropa para calor, frío y entretiempo. Y lo de los mayores. Colorado y sus rocosas nos esperaban, pero había que llegar hasta Nuevo México cruzando el Panhandle por la 412, una de esas routes totalmente auténticas, tachonadas muy de cuando en cuando de gasolineras con camiones gigantescos a los que mi hijo pequeño hacía gestos continuos de tirar del cordón para hacer sonar sus brutales bocinas. Y ellos solían responder, con gran regocijo del crío y martirio de tímpanos de los sonrientes papás. Y de family restaurants, adosados o no a esas mismas gasolineras y dotados, todos, de camareras igualmente de película, con sus cortos uniformes ceñidos a pesar de haber pasado sobradamente la edad de lucirlos, su “hi honey” a modo de saludo con acentazo sureño, sus carantoñas al “tiny spaniard”,  y sus platos de 3 o 6 huevos revueltos, esponjosos, sabrosos,  inolvidables. Y los moteles de carretera, donde tanta noches pasamos… En fin, a lo que iba.

Circulábamos hacia el oeste, como el llanero solitario (pero de verdad) por una de esas carreteras de las de Thelma y Louise, flanqueda por un tendido eléctrico de madera de aspecto anticuado y un par de hilos como mucho. Agosto. Calor. Speed limit 60. Es decir, algo menos de 100 kilómetros por hora (en autopista, 65, pasmoso). Eterno. Hacía ya un rato que no habíamos cruzado con nadie, desde que dejamos atrás Guymon y Boise. En Clayton, ya Nuevo Méjico, cambiamos de carretera hacia el Noroeste, por la 87, para ir hacia Ratón y desde ahí, entrar en Colorado.
Por si le faltaba poco al aburrimiento, todos iban adormilados, no podía escuchar música – mi provisión de cintas de cassettes suena ahora antediluviano, pero cuánta compañía me hicieron- y hasta el coche, con un control de crucero primitivo pero eficiente, podía prescindir de mi pie derecho. Podría haber ido un rato con los ojos cerrados y seguiría dentro de la carretera. El sol, ya de caída, me daba de  frente y por la derecha, deslumbrándome. En fin, algo había que hacer o me dormiría. Por ejemplo, correr más.

Y así fue, pisé el acelerador hasta la brutal velocidad de 80 Mph. Tras un ratito así, igual de monótono pero más rápido el paso de los postes del teléfono a mi reojo, y con un poco más de atención necesaria, de frente apareció un coche patrulla.
- Coño.
Levanté el pie y me crucé con él con cara de niño bueno. Los mío seguían atontolinados y la población adulta casi igual.
Y ocurrió:  le vi pasar de largo por el retrovisor y, muy poco después, pegar un frenazo brusco, cruzar el coche de lado a lado allí, en medio de la nada, levantar una polvareda de mil demonios y ponerse detrás de mi a un prudente distancia. Sin luces, simplemente siguiéndome. Yo clavé la velocidad a 60 y seguí, pero con un ojo en el espejo y otro en la carretera. Pasados unos kilómetros, bueno, millas, sin previo aviso puso las luces del techo y se me fue acercando hasta ponerse justo detrás de mi.
- Chicos, la policía, estaros tranquilitos.
Todo el mundo entreabrió los ojos hasta que comprendieron que algo pasaba ya que puse el doble intermitente y, suavemente, me paré.
Entonces me vino a la mente con toda claridad la charla que nos dieron a los extranjeros en la Universidad acerca de múltiples trámites, costumbres, obligaciones y métodos que deberíamos observar los visitantes durante nuestra estancia. Uno de los que nos dio una charla fue un agente de la policía de la Universidad (hay una policía de la Universidad, sí, y otra de la ciudad y otra del estado). Y entre otras cosas, hizo mucho énfasis en el comportamiento que debíamos observar caso de que nos parase la policía (otra) de carretera. El holandés que había a mi lado y yo nos miramos con cara de “pero dónde hemos venido a parar, por Dios” y le prestamos la atención justa. Menos mal.
Básicamente: las manos sobre el volante, visibles y quietas, ni un movimiento brusco, ni una palabra hasta que te hablara. El policía se te aproximaría desde atrás, por el lado derecho del coche para hacer más difícil una enfilada, y te hablaría, al menos de primeras, desde la ventanilla del acompañante o desde la trasera derecha si podías abrírsela. Abrir tu ventanilla sin que él te lo indicase y, mucho menos, bajarte del coche, se considerarían actitudes posiblemente agresivas, ojito. Y, una vez más, movimientos bruscos del pasaje, eran un peligro potencial para un patrullero que esta solo para controlarte. En fin, un rollo intimidador y exagerado a los ojos de cualquier europeo occidental.
Allí, todo era muy largo de contar, el coche patrulla se había parado detrás del nuestro y el tipo comenzaba a bajarse.
- No hagáis ni un movimiento y menos brusco, dejad las manos visibles y controlad a los críos, por dios.
Todos pusieron la misma cara que yo puse durante la charla, venían a decir: “demasiadas películas”. Pero hicieron caso. O no. Rápidamente y sin previo aviso, dos pequeñas cabezas asomaron en mi retrovisor asomándose hacia atrás atraídas por la luces.
- ¡Coño, que se estén quietos!
En realidad, y por suerte, casi fue mejor. El patrullero vio dos niños pequeños y creo que ayudó en algo. Terminó de aproximarse por el lado trasero derecho, se asomó por la ventanilla de atrás y, viendo el panorama, siguió hasta la delantera derecha y una vez allí, tocó el cristal dos veces. Bajamos la ventanilla con cuidado y suavidad.
- Good afternoon, sir, the radar has indicated that you were speeding.
La guardia civil es estupenda y como se ponga, impone, ninguna duda. Pero para un guiri, en medio de ningún sitio de Nuevo México, un policía vestido de cabeza a pies de negro-negro, incluido un vistoso sombrero con cintilla de cuero también negro y borlillas plateadas, que debía tenerle la sesera cocida con aquel calor, sus Ray Ban de espejo (¿serán reglamentarias?), sus charreteras, el rótulo con el nombre –que no logro recordar ni anoté, cagüen- su pistolaca cromada… en fin, con todo el aura de una detención en carretera como dios manda, discutirle si uno iba o no “speeding” no entraba en la cabeza.
- Eeeh, ooouuu, ooops, aaah, yeah, sir. I am sorry, eeeh, uuuuh, I didn´t realize I was soooo, eeeh, uuuum, fast. Sorry, sir.
“Pardillos” pensó sin duda. Bueno, la cosa se relajó solo hasta cierto punto pero claramente el tipo estaba más tranquilo que nada, disfrutando de su fructífera caza. Me tomó los datos, sonrió al comprobar que éramos españoles, comprobó mi licencia de conducir, anotó mi dirección y todo lo que le pareció oportuno y remató: tiene quince días desde que le llegue a casa la notificación para pagar. Si no lo hace, tendrá problemas. Cuánto les gusta esa expresión, la escuchamos varias veces en mis miles de millas por los USA. “You’ll be in trouble”.
Le expliqué que salíamos de vacaciones, que estaríamos fuera tres semanas, que si no podía pagar de otra manera más rápida… le dio igual. Era como era, aunque, al final, me hizo un cálculo de tiempos y consideró que podía estar tranquilo respecto a volver a tiempo para pagar en plazo. Pero que no dejara de hacerlo.
Me dio permiso para seguir y lo hice (religiosamente a 60 Mph), él me siguió un rato y, al poco, nos adelantó y se fue. Otra vez solos en medio de la llanura pelada del Noroeste de Nuevo México, ya cerca de Ratón.
A vuelta de vacaciones, encontré la multa. 90 dólares. Pagué. I didn´t want to be in trouble. Pero volví a ir speeding unas pocas veces, no te digo (carcajada maléfica).

lunes, 19 de mayo de 2014

LA TERRAZA DEL DOMINE

Visitar Bilbao es siempre una buena idea. Incluir el Guggenheim es casi una obligación. Alojarse enfrente es un lujo. De vez en cuando hay que darse un lujo.
La terraza del Gran Hotel Silken Domine Bilbao es ese lujo materializado en forma de vistas, comida y, en definitiva, placer. Puedes reservar una habitación que dé hacia el Guggenheim, sí, pero nunca será desde la altura que ofrece la terraza del séptimo piso. A lo sumo, podrás verlo un tanto de refilón, con ese cilindro azul eléctrico inmenso entrometido en la perspectiva desde el tejado de vuelos imposibles chapado de titanio y el curioso visitante. Aun así, las puestas de sol desde tu habitación pueden ser magníficas, sin duda; el puente que entra a la ciudad desde el  túnel de Artxanda Salbe, la ría, la colina de enfrente desde la que dicen que Gehry decidió la ubicación definitiva del museo… Todo eso está a tu alcance, pero desde allí no es tuyo. Tuyo es, como mucho, aunque no es poco, Puppy, el maravilloso cachorro de “westie” con piel vegetal de flores y enredaderas.

Pero no, nada de sucedáneos, tienes que tomar el ascensor, que sube por un patio presidido por el inmenso pedregal vertical que semeja un pepino. Un pepino de siete pisos de altura hecho de cantos rodados. Ah, Mariscal, a veces tan grande…
Y entonces es cuando alcanzas la meta: la terraza. Allí tienes el privilegio de desayunar o, si el bolsillo aún lo aguanta, cenar.
El desayuno es uno de los mejores que he podido probar, la verdad. Y llevo varios. Mucho, muy bueno, muy variado, bien servido… qué más decir. Desde los espárragos hasta el ibérico pasando por los quesos, todo exquisito.
La cena, excelente, con una relación muy buena entre lo servido y lo que cobran, lo cual, hoy en día ya es digno de reseñarse. Nada de sentirse estafado tras pagar una cantidad exorbitada por un menú mediocre lleno de fumés, espumas, aromas, toques, cristales, crocantes, crujientes, geles y reducciones que rodean (y ocultan) la nada. No. Buena calidad, cantidad suficiente, buen vino… en fin, ¿el paraíso?
Sí, porque a todo eso hay que añadir que la terraza ofrece para los afortunados clientes unas vistas formidables. Desde allí sí que eres dueño y señor de lo que ves hacia abajo y a lo lejos. Te asomas desde allí sobre la ría del Nervión, con la Universidad de Deusto al otro lado; con la espléndida torre de una empresa a la que no voy a nombrar porque no me da la gana y que rima con trola; con Puppy, ahora sí, un cachorro; con el parque que yo creía ser el de Doña Casilda y que no lo es… y con el Guggenheim en llamas. Reflejando la luz del sol que se marcha. Dorado, irisado, rojizo, cobrizo… de todo.

La verdad es que desde que lo hicieron le tenía yo prevención: me parecía una idea estrambótica, un querer llamar la atención, un puro esnobismo de arquitecto con ínfulas. Pero me rindo. Es precioso. Por dentro pero, sobre todo, por fuera. No te puede dejar indiferente, así que yo, a modo de descreído que descubre la fe, ahora he cambiado de parecer: me encanta lo que antes me parecía superfluo.
Qué reflejos, que curvas, que brillo, qué altura, qué poderío. No, no es una mujer, es el Guggenheim desde la terraza del Domine.



PS: para mi desgracia, y porque no soy de fácil conversión, quede constancia de que el museo albergaba, cuando lo visitamos, una exposición de mi siempre denostada Yoko Ono. En el libro de visitas, fiel –ahí siempre- a mi estulticia, dejé mi anotación: Yoko, me gustas muy “poko”, Victor. Cambiar de fe, sí, pero adorar becerros, aunque sean de Kobe, no.

lunes, 28 de abril de 2014

LA CARRETERA DE ASUÁN A ABU SIMBEL

El día comenzó con un tremendo madrugón que la costumbre hizo pasable. El objetivo era llegar a tiempo a la concentración de vehículos que se forma en la salida de Asuán para integrar un incomprensible convoy custodiado por la policía. Llegada la hora fijada –las ocho de la mañana- y a la de una, todo el mundo se puso en marcha. Pero allí terminaba la formalidad del importante séquito, porque tras salir de Asuán cada cual corría tanto como le permitía el motor. Nuestro conductor le pisaba bien pese al no pequeño detalle de tratarse de un autobús, al tráfico, a la estrechez de la carretera y a los demás componentes del supuesto convoy que no cejaban en tratar de ponerse por delante unos de otros; nuestro conductor, llegado al primer puesto, completó el esperpento dándole incluso ráfagas al coche policial que encabezaba la inútil comitiva para que aligerase la marcha. Achuchando a la escolta. Con un par. Ni que decirse tiene que los demás ya lo habían pasado. En fin. Aún así, a casi cien por hora, mirar el desierto es fascinante. Me hubiera gustado mucho poder hacerlo con más calma, a nuestro ritmo, oliéndolo, con el aire en la cara, tragando arena, aguantando el calor… como otras veces, pero esta fue así. La carretera de Asuán a Abu Simbel es una de esas con rectas infinitas en las que se desdibujan y difuminan los vehículos y pueden verse espejismos a lo lejos.
Pero, sobre todo, allí lo que ves es la arena lisa, ondulada o formando dunas, aunque pocas en esta zona; ves las piedras, dispersas, en pedrizas o amontonadas; ves las rocas, grandes o pequeñas, planas o redondas, formando roquedos o aisladas; ves el casquijo sobre la arena o formando graveras. Te llaman la atención las dos únicas formas que sobresalen del plano tapiz pedregoso: conos y cilindros.  Los cilindros los forman las isletas de roca más dura en medio de la llanura, con una capa oscura en la cima y estratos de distintos tonos más claros que les dan la apariencia de un hojaldre. Los conos, en cambio, son todo ellos de piedra, agrietada y quebrada, y oscuros respecto al suelo.


Los otros colores escasean, pero están todos los matices del marrón: beiges, tostados, dorados, kakis, ocres, sienas, albero, pardos, castaños, tierras; sin saber por qué me vienen a la cabeza los colores con nombres de animales: castor, sepia, alazán, ratón, camel, topo. Los grises y algún rojizo apagado también se dejan ver, pero menos. Y los tonos de cobre del sol saliente, perecederos. Y está el azul, claro, que poco a poco se va imponiendo al plomo. Menudo azul. Según avanzaba la mañana los demás pasajeros fueron cayendo en el sopor del mediodía mientras yo, pegado al cristal, absorbía todo lo que era capaz. El término perder la vista tiene aquí pleno sentido.


En la misma incongruencia que la ficticia caravana, la travesía no permite paradas. Es así que las necesidades fisiológicas deben quedar resueltas antes de partir de Asuán o aguantar doscientos ochenta kilómetros hasta llegar a Abu Simbel. No hay poblaciones ni lugar alguno en el que detenerse. Que el juicio de Osiris sea inclemente con quien lo organizó así. Sin embargo, hubo varias interrupciones al maravillosamente monótono discurrir del desierto a través de la ventanilla. La carretera está salpicada de controles militares. Una nota de color, esta vez variada e intensa. Las garitas, las verjas, los levadizos, las troneras, las ventanas, las vallas y hasta las aceras de las isletas centrales –que alguna había- rivalizaban en ver cuál era más pinturera dentro de lo que es una decoración “castrense”. Se ve que les proporcionaban pintura y cada cual se las apañaba para darle un aire más personal, probablemente a gusto del jefe del puesto. Colores vivos tratando de insuflar algo de gracia o de alegría al sitio a base de ir formando rombos, grecas, bandas, escaques… Vistoso, esperpéntico, paradójico: la desolación y los colores chillones frente a frente. El despropósito culminaba cuando uno reparaba en las garitas construidas más en alto, desde alguna de cuyas troneras asomaba, pretendidamente amenazadora, la bocacha de un fusil, pero sin nadie que lo sostuviera. Estaba allí sólo para intimidar. ¿Sólo? Bien pensado, ojalá, porque así es más triste que peligroso.



Por suerte, pasados los controles, el desierto seguía. Lo hizo durante casi cuatro horas. Y faltaba la vuelta. Qué suerte.

martes, 15 de abril de 2014

EL INTERIOR, DE MARTIN CAPARRÓS

Tiene gracia, hace un par de días terminé de leer este libro y hoy aparece una reseña en El País. Estoy a la última según parece, lástima que sea a la última pregunta, más bien. Escribo esto sin leerla, por si acaso.
El interior es un poderoso libro de más de ochocientas páginas de letra pequeña, así que pide tiempo. Porque, además, tiene la pausa de un buen viaje sin fechas fijas. Un tipo a lomos de lo que el llama todo el rato “el erre”, es decir un Renault, no sé qué modelo concreto aunque me hubiera gustado, deslizándose por el norte de Argentina buscando la respuesta a una pregunta aparentemente sencilla: qué es la Argentina.
No citaré todas las escalas, pero desde Rosario (la ciudad de Messi) hasta Córdoba pasando por Corrientes, El Dorado, Formosa, Selva, Trancas La Quiaca, Cafayate Concepción o Mendoza, cubre un trozo de mapa nada pequeño. Y, por lo que cuenta Caparrós, un trozo fuera de los circuitos turísticos, incluso los de los propios argentinos.
Para un mero lector, que no viajero, de estos sitios, a veces se hace difícil de continuar, porque los detalles tan locales se le hacen a uno cuesta arriba. Pero pronto salta algún destello que te vuelve a atrapar y a seguir viajando, digo leyendo.
Por ejemplo, en Rosario, ahora tan citada aquí por motivos futbolísticos,  se describe un concierto del que dice que “No son grandes éxitos, sino pequeños fracasos”, se ve que no todo es relumbrón azulgrana allí, ya que la ciudad queda retratada más bien en gris. En Cataratas, para mi sorpresa (los ignorantes tenemos la suerte de poder sorprendernos más), cita a mi admirado Cabeza de Vaca (véase Viaje brutal.Cabeza de Vaca y su increíble travesía) quien, además del alucinante viaje de Florida a California a pie, resulta que llevó a cabo otra misión en estas tierras, siendo el primer español en ver las cataratas de Iguazú. Casi nada. Qué vida la suya, no sabría decir si envidiable, pero desde luego extraordinaria, eso es indiscutible. Menciona Caparrós su obra Comentarios, en donde Cabeza de Vaca narra esta aventura. A buscarla.
Intercalados en las descripciones de los lugares, los ambientes, el tono de los sitios por los que pasa, el texto está lleno de anécdotas, cultivos (y monocultivos, menuda leña le da a la soja y sus devastaciones), personajes –sobretodo de estos- y chascarrillos que reflejan cómo es allí la vida o cómo la han hecho: La guerra de las Malvinas aparece, descarnadísimamente, a su paso por Corrientes, de donde, se entera uno, un gran contingente de soldados fue llevado a combatir. Duro pasaje.

Pero, sobretodo, El interior ofrece multitud de reflexiones sobre el viaje, viajar y los viajeros. Algunos son verdaderamente buenos. Dice que Mandalay  diferenciaba a un turista de un viajero en que el turista no sabe de dónde viene, y el viajero no sabe a dónde va. Caparrós añade: “Al turista le ofrecen un menú con dos opciones: visitar restos del pasado humano – ruinas, museos, monumentos varios- o escenarios actuales de la naturaleza – vistas, playas, paisajes-; me gustaría creer que los viajeros quieren saber qué hacen, aquí y ahora, los hombres. El viajero , caramba, sería un humanista”. Hombre pues sí, pues sí, muy acertado, ciertamente. Añado yo que, viajando, hay que ver, no sólo mirar. En la página 135, Caparrós coincide: “Es una vida rara. Escuchar, mirar mucho, hablar solo, pensar, anotar…todo puesto en la mirada.”
La verdad es que en cada sitio que nos cuenta, aprendes algo. No sé que visión tendrán los argentinos de este libro, ni si responde satisfactoriamente a la búsqueda inicial, pero para un tipo que no ha pisado por allí, el libro, como narración de un viaje y del viajero, es estupendo. Termino con otra idea que me ha hecho identificarme mucho con el autor: “Pero es evidente que solo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo”. Es preciso y perfecto. Gracias.
Y, bueno, el libro está lleno, pero lleno, de centenares de anécdotas de viaje; recuerdo dos excelentes: la señal de tráfico que pide respeto para las señales de tráfico (dice el autor que debió pasar por allí Bertrand Rusell, qué bueno); o la “mucha mala música que uno puede escuchar viajando” que le hace querer ser elitista… Cierto, cierto, hasta que se inventaron los reproductores de mp3 con gigas y gigas de refugio sonoro.
Anotación mental número tropecientos ciencuenta mil: no posponer más ese viaje a la Argentina aún pendiente.


viernes, 21 de marzo de 2014

BAHÍA DE HA LONG


El camino de Hanói hasta la bahía de Ha Long no es muy largo, unos trescientos kilómetros, pero cunde mucho si llevas el ojo abierto: pasas ante las sucursales de Vietcombank (tela) con sus cajeros automáticos bajo un gran cartel de “ATM”, la manera americana de llamarlos (¿contradicciones?); cementerios de hornacinas azulejadas entreverados entre los campos de arroz; carteles de corte soviético llenos de obreros, campesinos y estudiantes mirando al frente y sonrientes, con las fábricas humeantes a su espalda; tiendas de ataúdes (solo tiendas, sí); inefables karaokes con chicas espectaculares y nada asiáticas en sus reclamos; barberías en plena calle cuyo suelo, evidentemente, nadie barre (o sí, había una en un puente, mucho más higiénico, vaya el pelo al agua); vendedores ambulantes de patatas, pollos, chucherías o lo que se tercie; campos de arroz infinitos y huertas que parecen jardincitos; tiendas de motos (ver Las motos de Vietnam) y, como colofón, algún que otro restaurante que ofrece perro. Una ruta presuntamente anodina que no lo es si no se quiere.

Y llega uno a Ha Long y se embarca en una pequeña chalupa que le acerca al barco en el que pasará un par de días. Vaya barco. Parece un galeón recrecido. Dos filas de camarotes, una cubierta arriba que claramente debe ser el comedor y, por encima, otra cubierta “descubierta” con tumbonas y mesas. Una popa a modo de grupa gigantesca y tres mástiles de mera apariencia. Blanco. No pinta mal.

El motor hace vibrar todo aquello y tú, una vez tomado el camarote y soltados los trastos, te subes a la cubierta superior a ver. A eso has venido, a ver. Lo primero, el enorme puente de Ha Long, pero, de allí, te alejas entre bruma y comienzan a aparecer, espectrales -de verdad-, los primeros salientes.

Parecía ser que en la primera travesía (singladura, ¿no?) nos iban a llevar hasta el punto donde atracaríamos para dormir, con un par de visitas que suponían otros tantos desembarcos. Mientras, no quedaba sino dejarse llevar y contemplar aquella belleza. Islotes verticales por doquier. Machaqué la batería de la cámara a base de hacer fotos y más fotos. Poco a poco se iba uno calmando y haciéndose, en lo posible, a que aquello dura, que no se acaba, que no hay que agobiarse por verlo todo, por retratarlo todo, hombre. Y una cervecita en cubierta ayudó a asentarse, a dejar de asombrarse, a acomodarse, a disfrutar en fin. A falta de una Bia Hoi, una Larue.  Ah, la cerveza.
- No estamos solos ¿eh?
En efecto, como el nuestro, decenas de otros barcos similares surcaban aquellas aguas cargados de extranjeros. En fin.

Al cabo de un par de horas a bordo, paramos y en la chalupa que iba al costado del barco, nos llevaron a visitar la islita de Titop, cuyo nombre, nos contaron, es el de un astronauta ruso que estuvo aquí con Ho ChiMinh. Cosas veredes mio Cid. La subida tiene su miga, o, mejor dicho, sus escalones. Si desde la calita en la que desembarcas hay bonitas vistas de la flota de barcos de turismo y de las islitas de alrededor, desde la cima son sobrecogedoras. Lástima – o no- que el día fuese tan brumoso. Valió la pena subir.


Tras la isla de Titop, seguimos en nuestro barco, asomados a la barandilla y disfrutando de aquel paisaje de otro mundo.
Siguió la cueva de Luon, a donde nos llevaron en unas barcazas con las que nos metimos por un túnel bajo la roca y alcanzamos así el interior de la islita, abrupto, con paredes casi verticales llenas de vegetación y sobrevoladas por un par de rapaces que daban vueltas sobre nuestras cabezas. Algunos kayaks pasaban a nuestro lado con gente sonriente. No es para menos, aquello debe ser mucho más espectacular a bordo de uno de esos, a tu ritmo, escogiendo los rinconcitos por los que escabullirte. Bueno, otra vez será.

Seguimos nuestro periplo entre las farallones, cada vez más solos y con menos luz. Comenzaba a oscurecer y vimos, a lo lejos, un crucero inmenso, con todas sus luces entre la neblina, un verdadero monstruo. Me hizo pensar que, pese a que nuestro barco era “para guiris”, me gustaba mucho más. Allí íbamos unas cuarenta personas, así que la proporción era mucho mejor. No era un hotel flotante, a lo sumo una pensión (¿sumergible? glub).

Fondeamos en una cala con otros dos barcos a prudente distancia y rodeados todos por altas paredes excepto algunos estrechos pasos. Parecía un lugar mágico, desde luego. Aunque para magia, la de María José, que inteligentemente se había provisto en una de las paradas de unas botellas de vino. Vietnamita, sí, pero ¡vino! La barquita de la que la obtuvo era un pequeño supermercado que ofrecía a los barcos turísticas toda suerte de golosinas, chuches, bagatelas y bebidas, incluyendo vino, cerveza, agua y refrescos.  Inmediatamente hicimos un corro y todo el mundo comenzó a aportar de lo suyo. Aparecieron del fondo de las maletas almendras, cacahuetes, pistachos… ¡y hasta unos choricitos! Menudo aperitivos nos marcamos mecidos por el mar, contemplando la luna y escuchando la nada.  Bueno la nada no,  porque la conversación estuvo muy animada, miento. La nada la escuchamos después, cuando una vez cenados subimos a la cubierta de nuevo, esta vez ya sin vino y nos dedicamos sencillamente a disfrutar de la luz de la luna reflejándose en el agua y en los bordes del círculo de promontorios que nos rodeaba. También de la preciosa imagen de los barcos que nos acompañaban, que, cuajados de luces, parecían sacados de una película de época.

La mañana comenzó con una clase de Tai Chi para turistillas. Voluntaria, a Dios gracias. Lo cierto es que entretanto, el barco se puso en marcha y, otra cortesía para el (no) avisado viajero, desplegaron las velas.  Hombre, la cosa tuvo su gracia, indudablemente, pero el tufo del diesel le quitaba una poca, quieras que no.

Visita de la mañana: cueva de las sorpresas o Sung Sot. Pero antes, recibimos a las barquitas de los vendedores, todas empeñadas en la búsqueda de alguien que les comprase sus collares, pulseras, anillos, o algo del supermercado. No más vino, gracias, con el de anoche fue suficiente. Y en el camino pasamos por delante de uno de esos pueblitos flotantes tan peculiares, sustentados en bidones y cualquier cosa que los mantenga  a salvo y base de barcos de pesca ataviados con faroles y largos postes y mástiles, así como de los barcos-supermercado. Un lugar peculiar, colorido y a todas luces, frágil.

La cueva supuso una subida nada despreciable hecha un dolor por la progresiva acumulación de gente. Así como en Totip estuvimos casi solos, esto parecía una romería. Me desagrada. Finalmente logramos entrar a una cueva bonita y bien iluminada, con distintos juegos de luminaria para resaltar el relieve. La cueva toma su nombre de una roca en forma de falo bautizada como sorpresa por los franceses. Quelque charme. A la salida, el número de barquitos arracimados alrededor del muelle se había doblado, así que dentro de todo, teníamos suerte, lo fuerte venía detrás. Huyamos. Pero no sin antes atender a una curiosa señal que marcaba la salida hacia un lado y los servicios hacia otro. Cuestión de preferencias o de urgencias. Y sin dejar tampoco de quedarse embelesado con otra barquita-tienda, en esta ocasión pescadería, en la que una mujer disponía con sumo cuidado los cangrejos y almejas que ofrecía en barreños de colores. Qué foto si hubiera buen fotógrafo.


Camino de vuelta a toda máquina, jalonado por las últimas fotos a los barcos que tenían desplegadas sobre el agua una larguísimas pértigas. Y casi al llegar a Ha Long para desembarcar… la verdadera sorpresa.
- ¡Mira!

Ante nuestra narices teníamos (si no recuerdo mal el nombre) al Costa Victoria, si no gemelo, un primo cercano del aciago Costa Concordia. Mucho mejor nuestro barquito, dónde iba a parar. Y más seguro. Quita, quita.