lunes, 3 de julio de 2017

LOS CAMIONES DE LA INDIA. ARTE SOBRE RUEDAS


Entre los muchos espectáculos que la India ofrece está el de los camiones que circulan por sus carreteras. No se trata de meros transportes de mercancías, que también, sino de sólidas – mucho – obras de arte sobre ruedas. Cada rincón de los camiones suele ir decorado, muchas veces con un primor casi enfermizo. Cierto es que los autobuses, los rickshaws, tractores y furgonetas también se decoran, pero no alcanzan, ni de lejos, la devoción que los camiones –Painted ladies los llaman- reciben de sus dueños. Dueños que por lo que nos cuentan suelen ser familias enteras dedicadas al transporte. Arrieros, vaya. 

Los motivos decorativos son de todo género, y a ellos se añade “información” en forma de rótulos, algunos de los cuales son casi constantes. Un es el famoso HORN PLEASE (o variantes: sound horn, blow horn), mediante el cual el conductor pide que le avisen de que quieren o van a adelantarle. La consecuencia es obvia: las carreteras y sobretodo las ciudades indias son tremendamente ruidosas. Pero, lo cierto es que en las estrechas carreteras de las zonas rurales o en las escarpadas subidas de los puertos de montaña, donde la anchura de la calzada es escasa y apenas pasan dos vehículos, que te dejen pasar o no significa no solo poder hacerlo, sino evitar un accidente serio. Hay controversia sobre esto, porque son ya numerosos los que creen que no debe usarse tanto, y abogan por prohibir este rótulo y penalizar el uso abusivo del claxon por los conductores indios. Les deseo buena suerte, pero… 
 

Para la noche hay otro rótulo: USE DIPPERS AT NIGHT. Es decir, da ráfagas. Leo y veo en un blog un camión que lo ha cambiado sibilinamente por USE DIAPERS AT NIGHT. Genial.

La vaca, la moto, la abuela, el niño... todo cabe. 


Por cierto que debo hacerme con un libro que recomiendo sin haberlo leído, y que se titula precisamente así: HORN PLEASE; hay también un documental con idéntico contenido, el arte sobre los camiones indios. 

Otra expresión muy frecuente es un enorme OK central en la trasera del camión. Leo que esto tiene su origen en antiguos camiones que en época de la IIGM usaban keroseno, lo que los convertía en bombas ambulantes y parece que el rótulo advertía de que el vehículo iba “On Kerosene”. Mejor apartarse. La otra versión habla de que OK proviene de una publicidad de la marca Tata, fabricante de la mayoría de los camiones de la India (hay otros, como Ashok-Leyland, clara mezcla angloindia), que manufacturaba también un detergente llamado así, de forma que los camiones se convertían en anuncios de la propia firma con este rótulo y una flor de loto, símbolo del detergente. No sé cuál será la respuesta, pero OK abunda.
 

Hay otros muchos rótulos con información acerca de los permisos para transportar, el más frecuente es el humanamente inabarcable “ALL INDIA PERMITS”, las velocidades de crucero (40 Km/h, imaginemos cruzarse India a esa marcha), el lado de adelantar, rótulos junto a la luz de freno que indican que es la luz de freno (sí), precaución, el obvio “GOODS CARRIER”, y, muy frecuentemente, el nombre del propietario.

Ah, y los colores de la bandera abundan en la decoración


Además, y esto he de leerlo en otros sitios, no es experiencia propia, hay un sinfín de frases filosóficas, irónicas, religiosas, invocaciones, etc, escritas en hindi. Leo algunas traducciones y hay de todo: “Esto no es un hobby, yo trabajo conduciendo”, “La primavera ha llegado” (como en El Corte Inglés, lo que es la influencia colonial), “Si tienes lo que hay que tener, adelanta” (glub), y expresiones de buena suerte, prosperidad, los nombres de la familia y especialmente de los hijos, etc. Una constante, cuya escritura aprendí a reconocer como un dibujo es la que dice “Bendiciones de madre”.

Pero no todo son rótulos, hay además adornos y símbolos. En cuanto a los adornos, cabe todo. Los cromados abundan, frisos, enmarcaciones, resaltes, grecas, filigranas, portabanderas, protectores de todo tipo y acabados, gálibos, cantoneras, carenados, quitasoles, cortinillas… yo qué sé. Hasta el tanque de combustible suele ir lleno de dibujos. Destacan mucho los enormes borlones negros que suelen llevar en el morro o en los laterales, llegando a tocar el suelo, y que parecen dar buena suerte porque, dicen, aleja los ojos del diablo. Ah, y las luces, la noche convierte las carreteras en ferias ambulantes. Palabra.
 
El Taj Mahal se ha perdido
Yo no pude asomarme libremente a las cabinas, como puede verse en el documental y en algunas fotos disponibles en internet del libro citado. Pero son salones orientales; sugiero echar un vistazo y admirarlos donde indico ya que sobre eso no dispongo de material ni experiencia más allá de los pocos que pude ver y a los buses en que viajamos. En resumen, viven meses enteros en ellas y son su hogar. Eso sí, los volantes son enormes, casi horizontales, y a veces llevan más borlas que el camión por fuera. Y siempre, siempre, hay imágenes religiosas en la cabina, el dios Garuda (el transporte de Visnú) es uno de los más abundantes.

 

En cuanto a los símbolos e imágenes, abundan los que traen buena suerte, y llama mucho la atención para los occidentales la abundante esvástica, símbolo solar y de buen augurio, nada que ver con el lado oscuro. Cada recuadro de la caja del camión se convierte en un lienzo donde pintar algo. Muchas veces son escenas mitológicas, donde abundan, por ejemplo, escenas de vacas en lactación, signo de prosperidad al parecer. Pero hay escenas de las montañas, de los libros sagrados, dioses, animales...


Una última idea, acerca de la mercancía. Lo inimaginable. Ved alguna foto con la vaca, la gente y una moto en la caja del camión, ladrillos asomando peligrosamente, rickshaws… todo es todo; y aunque parezca que no cabe o que no se puede, cabe y se puede. Hombre, si se podía en las motos de Vietnam (ver aquí)  no se va a poder en un camión.

Vaya que si se puede
En fin, que el mero hecho de circular por una carretera india a mí me impide dormir por completo, porque al paisaje y paisanaje se suman los animales que cruzan o discurren por las cunetas y los propios camiones y otros vehículos, enjaezados como un caballo para la feria.

Bueno y porque acojonan conduciendo. India es inabarcable, vivan las tarjetas de memoria.

Qué preciosidad de color



Subiendo los Ghats occidentales, carretera de montaña. Casi ná.

miércoles, 22 de marzo de 2017

BREVE HISTORIA DEL GANADO Y LA CARNE EN ARGENTINA

Para quienes viajan a Argentina, la carne es una de las cosas que formarán parte del itinerario con seguridad. Argentina suena, huele y sabe a carne tanto como a tangos, a Pampa, a gaucho o a Patagonia.

Y no es para menos. Según algunas estadísticas, el censo bovino argentino es actualmente de unos 40 millones de cabezas; una cifra similar a la que se estima ya hubo hacia finales del XVIII. Por comparar, y vamos a hacerlo para situarnos mejor, en España hay aproximadamente 6 millones de vacas. En ovino, la cosa está más equilibrada, 20 millones frente a unos 18. Las comparaciones se hacen, si no odiosas, sí brutalmente esclarecedoras cuando lo que se compara es el consumo per cápita: de carne vacuna, la proporción es de algo así como 10 a 1, con unos 60 Kg por persona y año frente a unos 6; en ovino y caprino es de 5 a 1, 10 Kg frente a unos 2; en carne de pollo, la proporción cae a “solo” 3 a 1 (46 Kg frente a 14); y únicamente en el consumo de cerdo ganan los carnívoros españoles, que se incrustan entre pecho y espalda unos 12 Kg por persona y año frente a unos 11 de los argentinos, en un empate nada virtual y sí muy carnal. Todo ello considerando que las sumas hacen del total unos 127 y 34 kilos de carne por persona y año. La OMS recomienda un consumo no superior a los 100 g por día, lo que elevaría la ingesta anual recomendada a unos 36,5 Kg. Estas recomendaciones son siempre discutibles, matizables, adaptables forzosamente a ciertos condicionantes económicos, sociales, culturales… lo que se quiera. Pero en Argentina se come muchísima carne. Es parte de la cultura argentina. Argentina sin asados no es Argentina.

Pero no fue siempre así. Las principales especies de ganado de abasto fueron introducidas por los españoles y pertenecen al reducido y selecto club de las especies de uso doméstico. Siguiendo a Diamond y a la FAO, de las aproximadamente 150 especies animales no carnívoras de más de 45 Kg solo unas 15 han sido domesticadas y de ellas, tan solo seis pueden encontrarse distribuidas a escala global: vacas, ovejas, cabras, cerdos, caballos y burros. A ello se suman otros de localización más restringida, como dromedarios, camellos, llamas, alpacas, renos, búfalos de agua y otros bóvidos asiáticos. Agréguense las aves, que no son más de diez especies de entre las más de 10000 existentes: gallina, pato, oca, ganso, pintada, avestruz, codorniz, pavo y alguna de menos distribución. De todas las especies domésticas principales, sólo dos camélidos, llama y alpaca, así como el cuy (el conejillo de indias) y el pavo son americanos.

Colón, en su segundo viaje de 1493 llevó consigo los primeros ejemplares de lo que sería la enormísima cabaña ganadera americana. En aquel, como en los sucesivos viajes iniciales, los animales más frecuentes fueron ovejas, cerdos y terneras, por razones obvias de espacio. Caballos y asnos, de uso militar y por tanto sujetos a un fiero control en su uso, permiso de salida y de cría, siguieron pronto. Según parece, las terneras y caballos eran más delicados frente a los avatares de la navegación. No pocos de ellos nunca llegaron a puerto. Y esa es una de las primeras incógnitas, ya que se consignaban los embarcados, pero no hay tanto control sobre los desembarcados finalmente ni sobre su supervivencia. Nos dicen los expertos que en todo caso, y ciñéndonos al ganado vacuno, las razas predominantes en el viaje lo eran también en las proximidades de la zona de embarque. Eso hace que se mencionen las razas de origen andaluz, portugués, extremeño incluso y, como aporte singular, la Palmeña canaria. Se habla por tanto del tronco ibérico, con las berrendas rojas y negras, overas, alentejanas, salineras, retintas, negras andaluzas y pocas más. De entre las ovejas, churras y merinas, parecen haber sido las más frecuentes, cosa nada sorprendente dada su abundancia relativa.

El primer destino fue siempre Santo Domingo – La Española-  y, eventualmente, otras islas caribeñas. De ahí, saltaron al continente, pero no con facilidades. Las autoridades de los puertos de llegada las consideraban, con razón, una gran riqueza, y los permisos para que el ganado viajara a otros puntos se otorgaban con cuentagotas. Incluso parecían necesarias autorizaciones reales, que supongo no se obtenían de un día para otro. Mención aparte, una vez más (y que merece todo un tratamiento propio) son las caballerías, elemento militar que acompañó a Pizarro y Cortés como es de todos sabido. El primer ganado que tocó continente lo hizo en Panamá y en Méjico. Desde el primer foco tuvo lugar la expansión hacia el sur. Del segundo parecen haberse derivado las famosísimas Longhorn tejanas, que no son otra cosa que el ganado criollo que se encontrará por todo el continente pero a las que Hollywood ha hecho singularmente conocidas.


Las rutas de expansión están bastante bien documentadas, ya que el ganado acompañó a numerosas expediciones y figura entre sus registros. Así, por resumir, de Panamá parece que el camino llevó a vacas y pastores hacia Santa María la Antigua en Colombia, a Lima y de ahí o bien por la ruta costera hacia al norte y centro de Chile o hacia Bolivia y Paraguay. Se mencionan tres partidas bien definidas: la de Núñez de Prado que llevó cabras, ovejas y vacas desde Potosí hasta Tucumán; la de Francisco de Aguirre desde Chile, que llegó hasta Santiago del Estero  con vacas y ovejas; y, finalmente la casi mítica de los hermanos Goes en 1555 con su famoso pastor Gaete, las siete vacas y el toro, desde Brasil. A esta última se acogen uruguayos y algunos argentinos como el indiscutible origen de su ganadería pero no parece ser sino una más de las muchas expediciones que llevaron consigo ganado. Porque hay que sumar a Garay, el fundador de Buenos Aires tras la intentona inicial y fracasada de Mendoza. Garay trajo ganado vacuno y ovino desde Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, hasta Santa Fe. Y además se encontró por el camino vacas asilvestradas y caballos cimarrones. Estos animales fueron hechos botín en lo posible, y tomados por los que liberó Irala tras el desastre del primer asentamiento de Mendoza en la zona de Parque Lezama en 1536. Hay que destacar que las misiones jesuíticas, en esta ruta, adquirieron cierta fama, entre otras cosas de mucha mayor relevancia (el arpa, la música, el trabajo organizado… sugiero leer esto con El pájaro campana como fondo musical), por la elaboración de quesos. Bueno, a lo nuestro. Termino esta breve lista de “importadores” pero falta mencionar al heroico Cabeza de Vaca. Además de un apellido muy adecuado, ya sabemos que este hombre cruzó desde Florida hasta California, con un soberbio par, pero además fue el primer afortunado europeo en conocer y dar a conocer la maravilla de las cataratas de Iguazú y, colateralmente, ya que iba de viaje, se trajo unas cuantas vacas desde Asunción. ¿Qué le costaba?


Dejemos a los conquistadores y volvamos al ganado, que es lo que nos importa. Las vacas, como los otros animales, multiplicaron muy bien. Lo cierto es que no se conoce el número exacto, pero las estimaciones hechas recientemente mediante estudios genéticos, estima en no más de 1000 animales bovinos el total de los arribados a América, de los cuales unos 150 habrían sido machos. El resto parece haber sido cosa del amor. La falta absoluta de control en los cruces y las diferentes razas originarias jugaron un papel hibridante muy beneficioso que dio como resultado una serie de variantes de lo que se denomina ganado criollo (mochos, ñatos, y otras denominaciones), cuyas pintas, capas y tipos son muy diversos. Antes de ir al aprovechamiento, solo una breve mención a las Malvinas, para que no haya quejas. Allí, el ganado vacuno fue de otro origen, francés inicialmente, atribuido nada menos que a la expedición del insigne Bouganville y luego, bondad graciosa, británico. Darwin hizo un apunte muy curioso, al indicar que la reproducción de las vacas en Malvinas era estupenda, no así la de los caballos, que no terminaban de adaptarse. Hombre de candidato a correr en Epsom a caer allí…. se te quitan las ganas, sin duda. 

El caso es que tenemos un panorama extraño en el que algunos grupos de indígenas se hacen absolutamente al caballo: desde los apaches, kiowas y otras tribus que conocemos por las películas, hasta los mapuches, tehuelches o araucanos, más de esta tierra. Y además, algunos de ellos, en particular los mapuches, acogieron al ganado ovino con gran facilidad. De las dos variantes descritas, las ovejas pampas (carne) y las criollas, estas últimas eran más laneras, y para una cultura conocedora de la llama, la lana era un bien apreciado y cuyo laboreo no tenía secretos. Esta situación cambió para la oveja a principios del XIX. La exportación de lana y la explotación de nuevas razas británicas importadas tras la independencia (Suffolk, Lincoln, pero también Merino) se convirtió en un gran negocio. Se habla de la “merinización” de la Patagonia, donde el clima es menos propicio para ciertos parásitos y facilita la cría. Según algunas fuentes, a mediados de siglo XIX, el 80% de la lana que se procesaba en Bélgica era argentina; el 50% de la tratada en Francia. Así, la cabaña ovina creció brutalmente, pasando de unos 40 millones en esas fechas iniciales hasta alcanzar la cifra récord de 75 millones hacia 1900. Fue la época de oro del ovino argentino, que se extendió hasta aproximadamente 1920. Porque poco a poco, la carne de vaca fue desplazando a la lana, pero hasta 1900, se exportó más producto ovino que bovino. 1900, año, por cierto en el que aparece en escena una de las barreras comerciales sanitarias clásicas: Fiebre Aftosa, por la que Reino Unido cerró el comercio de animales vivos y carne argentina temporalmente. 


Pero, ¿y las vacas? Pues no, las vacas no las quería nadie al principio. Según nos cuentan, desde mediados del XVI, cuando ya Garay habla de vacas asilvestradas hasta prácticamente principios del XIX la aproximación más exacta puede ser la de las grandes praderas norteamericanas plagadas de manadas de bisontes.  El ganado se reproducía y vivía sin más trabas que la de encontrar alimento y agua. Nadie les prestaba atención de tan abundantes. La razón es meramente tecnológica: no había cómo conservar tanta carne. Desde mediados del XVII hasta casi finales del XVIII, lo único que tenía valor comercial en las vacas era el cuero. Y la carne que se consumía era… ¡la lengua! Deliciosa, por cierto. Es la época de los accioneros y las vaquerías, en las que grupos de aguerridos caballistas acompañados de perros y dotados con un instrumento cuyo nombre es siniestro, el desjarretador, atacaban a los rebaños silvestres. La imagen, a mi modo de ver, es de nuevo, la de Bailando con lobos, cuando se mata a cientos de animales solo por la piel y se abandonan los cadáveres en medio de la pradera ante la mirada atónita de los indios. Pues aquí debió ser algo muy parecido. La documentación habla de decenas de miles de cueros exportados al año, principalmente a Gran Bretaña. Luego entramos al comercio entre Argentina y Gran Bretaña.

Alrededor de 1800 surge algo que se mantiene hasta hoy en día: las estancias. Las grandes haciendas ganaderas. Y surgen basadas en dos avances (llamémoslos así): la salazón y el alambrado. El valor creciente de los cueros, pero, sobre todo, la posibilidad de conservar la carne mediante salazón, y evitar así el enorme desperdicio, condujo a la creación de la industria ganadera argentina como tal. Las vacas cobraron un gran valor y había que acotar de quién era el ganado. La rascadera (un palo muy alto clavado para que las vacas pudieran frotarse contra él), el aporte de sal que tanto les gusta y el uso de esta como conservante determinaron un cambio en el paisaje pampero y patagónico. Parece haber habido llamadas de los grandes prohombres (Rosas, Dorrego…) para promover que se alambrase todo lo que se pudiera. Eso junto con la Campaña del Desierto y la liquidación de indígenas puso en marcha el “negocio de verdad”. Los británicos pusieron mucho empeño en esta incipiente industria, convirtiendo a Argentina en su granja. El tasajo argentino parece haber sido famoso entre los marineros británicos, que lo llamaban “ébano”, tanto por su color como por su textura. De hecho, se referían al ganado criollo despectivamente como “pellejo, tripas y huesos”. Claro, las razas originarias, así como los propios criollos, son animales duros, resistentes a climas ingratos, a parásitos y enfermedades infecciosas, al calor y a la sequía, pero eso hacía que su nivel de engrasamiento fuera muy escaso. Para remediarlo, y junto con las nuevas tecnologías de congelación/refrigeración y las conservas, se introdujeron razas británicas más grasas y por tanto mejores para conservar por estos métodos. Son las Angus, Shorthorn, Hereford (la otra de las películas del Oeste) o Aberdeen. Incluso Frisonas (y, ya en pleno siglo XX, las Brahma, pero eso es otra historia). Los soldados británicos de la guerra de los Boers comerían vaca argentina, y sus correajes, como sus botas, también lo eran. 


Estas carnes más grasas son más difíciles de conservar mediante la sal, así que la pareja de baile necesaria era una técnica que fuera compatible. Y había dos. En 1795 Appert ganó un concurso para proveer a los ejércitos napoleónicos de alimento no perecedero. Hacía su aparición la conserva. En 1810 Durand aporta el envase metálico. La combinación perfecta: lata y carne. Hay una anécdota curiosa acerca de este avance: la lata aparece 40 años antes que el abrelatas. ¿Es que eran tontos? No, es que a nadie se le había ocurrido el reborde saliente de la tapa. Hasta cerca de 1850, las latas se abrían a golpe de bayoneta o hasta de un disparo. Los ejércitos napoleónicos, como el británico, hicieron muy buen uso, y masivo, de esta nueva técnica milagrosa y utilísima. Perry, en su expedición al Polo Norte de 1824, dejó tras de sí latas que fueron abiertas en 1938 y eran aún comestibles. Gracias, yo ya he cenado. 
Pero tenían sus problemas: el baño térmico a 100 grados, el baño María, era válido para ciertos alimentos, pero Bacillus o Clostridium, bacterias muy resistentes, no se eliminaban con esta tecnología tan básica. Clostridium botulinum causa el botulismo que es una enfermedad mortal asociada a sus toxinas presentes en conservas no esterilizadas correctamente (y que ahora se inyectan, el Botox, qué cosas). Fueron necesarios los maestros conserveros, los autoclaves (hacia 1870) o el cloruro de calcio en baño abierto, y la estandarización de los tiempos, temperaturas y presiones lo que conllevó un desarrollo que duró años. Y hacía falta la industria paralela de la hojalata y de los autoclaves industriales.

Para entonces, entre 1850 y 1870 surgió otra alternativa: el frío. Tellier y Carré-Julien desarrollaron técnicas distintas para lograr frío a escala industrial y de forma mantenida. Dos barcos famosos, uno de nombre inequívoco, Le Frigorifique y el Paraguay, realizaron las primeras travesías con carne refrigerada y congelada. La refrigeración no servía para un viaje tan largo, así que pronto se optó por la congelación. Se menciona un banquete con la carne transportada de un lado al otro del Atlántico para agasajar a potenciales inversores y en fin, a gente importante. Fiasco, la carne no estaba buena. Enormes instalaciones con nombres como La Blanca, La Negra, la Plata, La Elisa, procesaban el ganado y lo embarcaban. Hasta se edificó una gigantesca aduana en Buenos Aires para facilitar el embarque: la aduana Taylor, cuyo nombre ya da idea de quién tenía más interés y capacidad en que hubiera facilidades. Gran negocio, grandes fortunas. Gran abuso: una vez más, la flota de barcos que transportaba esta valiosa carne, no era argentina, sino británica, en dura pugna con norteamericanos. Swift, Armour y otras empresas similares regulaban el transporte y por tanto el precio. Evadían impuestos… la historia de siempre. Aún hoy los argentinos te muestran, entre indignados, resignados o hasta incluso orgullosos, latas de marca británica, que reza Made in England pero en cuyo interior la carne es argentina. ¡Y la venden en Argentina! En fin.
Quiero mencionar otra anécdota: los curiosos viajes de matarifes a Argentina para garantizar carne Halal o Kosher (no, no viajan juntos) o de ganado transportado vivo hasta países musulmanes con igual objetivo.

Y, por último, algunas cifras imprevistas. Argentina ya no está ni en el Top Ten de los países exportadores de carne. Suena extraño ya que, como comencé, Argentina suena a carne. Pero menos que ayer. Desde 1900 hasta 1970 la producción creció por encima del 10% anual y desde entonces hasta 2000, al 7%. Siempre en ese periodo estuvo entre las cinco primeras potencias exportadores: en 1960, Argentina exportaba el 7% de la carne a escala global. Pero desde 2010 se ha dado la primera bajada de producción en la historia, y sus exportaciones han disminuido un 36% entre 2007 y 2015. Se dice pronto. 
La soja (largo asunto para explicar pero crucial en este desastre), la competencia (Uruguay, Nueva Zelanda, India, Canadá), el cambio de la moneda, el cambio de sistema productivo (los cebaderos), las decisiones comerciales del gobierno… Hay opiniones y datos, pero lo cierto es que la carne argentina tiene un panorama muy distinto hoy al de hace sólo unos años. Esperemos que cambie la tendencia. Y que lo celebremos con un asado. In situ mejor.


Charlita ofrecida a mis compañeros de viaje cerca de Comodoro Rivadavia, anocheciendo.

lunes, 13 de marzo de 2017

LAS RODILLAS DEL BANDONEONISTA



Tomaron asiento tras cambiarse de la mesa que les habían asignado a otra mejor situada e igualmente vacía.
-        ¿Por qué este tipo nos quería hacer sentar ahí detrás estando esto libre?
-        Ni idea, tal vez luego lleguen más turistas, y ya sabes que las nuestras no son las mejores propinas. No puedes competir con japoneses o americanos. O chinos. Y él no está aquí para hacer amigos.
-        Pues que le den…
Se acomodaron y echaron un vistazo en derredor. Bien centrada, relativamente lejos del escenario, pero con buena perspectiva, la mesa prometía aportar lo suyo para hacer grata la velada. Ellos pidieron unas cervezas de inmediato, ellas prefirieron ir al vino directamente. Tardaron bastante en traer las bebidas, segundo fallo. Mientras tanto, charlaron animadamente de las visitas del día.
-        A mí me ha encantado la catedral metropolitana, lo de los símbolos masones de la tumba de San Martín me ha dejado loca – afirmó Lola mientras sorbía su frío vino blanco-.  ¡Oye!, y este vino está más que potable, ¿no?
-        No está malo, no - respondió Marta- aunque a mí me gustan más dulcecitos. Pero se deja beber muy bien. Y yo prefiero el paseo de la tarde, la verdad. ¿Vosotros?
Paco y Juan ya tenían terciadas sus cervezas. Miraron de soslayo el vino. En breve, harían su propia valoración. La Patagonia estaba buena y fría, así que no tenían prisa. La saborearon lentamente una vez apagado el urgir de la sed. Paco dio su punto de vista.
-        A mí el mercadillo de San Telmo me ha parecido lo mejor. Puerto Madero, el museo de la Casa Rosada, la catedral… también, claro. Es que ha sido mucho para un día. Qué paliza. Y encima nos apuntamos a este bombardeo. Pero el mercadillo… tiene sabor. No es un monumento; no de piedra, al menos.
-        Sí, exactamente, es un monumento, pero vivo; y yo me quedo, de todo él, con el tangazo callejero que vimos en Dorrego – Juan se llevó la copa a la boca, mirándola a ella y no a sus comensales, como si no estuvieran allí.
Él siempre pontificando. Pero las cabezas asintieron. En especial Paco, que no añadió nada.
-        Es verdad, – rectificó Lola, pensativa-, el tango… Bueno, ahora veremos cuál de los dos nos gusta más – y señaló con la barbilla hacia el escenario, donde ya se percibía algún movimiento tras el telón.
La luz no muy abundante y la decoración ecléctica pero recargada daban un aire decadente muy apropiado. Un par de balcones corridos a los lados permitía, a modo de palcos, disponer minúsculos veladores en lo alto. Una gran lucernaria con cristalera en el techo paliaba un tanto la penumbra. Los arcos de ladrillo, las inevitables fotos dedicadas, una colección de discos de tangos con portadas añejas y los inmensos y repletos botelleros completaban la imagen. Las mesas, pequeñas, no daban mucho margen a la comodidad.
Pero Lola se equivocaba. Primero fue la cena. Empanadas, bife de chorizo y unos panqueques con dulce de leche. Canónica. Todos eligieron lo mismo. Finalmente, no solo el blanco cayó, sino que le siguió un tinto a base de Malbec que les dejó una sensación de sí, pero no.
-        Brindemos aunque el tinto sea áspero, que mañana no estaremos aquí.
Bien sincronizado el servicio, la gastronomía terminó y al punto comenzaron la música y el baile. Dos bandoneones con un bajo y una batería iniciaron el espectáculo. Los músicos se arrancaron con una buena dosis de virtuosismo y bastante Piazzola. Los brazos y las rodillas del solista se abrían y cerraban, subían y bajaban, se inclinaban a un lado y a otro, los dedos volaban por el teclado y encima de vez en cuando se volvía hacia su compañero, sonriendo cómplice; eso cuando no se giraba atrás y cruzaba otra mirada divertida con el contrabajista. Juan estaba fascinado, como los demás, pero él tenía una especial curiosidad por ver tocar el bandoneón. Era uno de sus instrumentos favoritos y, sin embargo, nunca lo había escuchado en directo. Terminaron una pieza y le susurró a Marta:
-        Ese tiene las rodillas mejor que yo.
-        Ya lo creo – respondió ella mientras le tomaba la mano entre las suyas, siempre suaves y siempre frías-. ¿Cómo puedes tener las manos tan calientes?
-        Gas natural –sonrió socarrón.
El escenario cambió, la orquestina retrocedió un tanto e hizo sitio para los bailarines. Comenzaron a bailar con brío, destreza y oficio. Ellas, larga la falda y la abertura para poder patalear aquí y allá cuando se precisara; ellos, traje. Claro, oscuro, tanto da; un bailarín de tango no lo parece sin él. El baile fue una sucesión de intervenciones de las distintas parejas y de intercambios entre ellas. Música instrumental inicialmente, al fin apareció en escena la cantante. Más tarde lo haría su contraparte, quedando así completo el elenco: dos cantantes, seis bailarines y cuatro músicos.
-        Es portentoso cuánta música y cuánto espectáculo con solo una docena de personas – les confió Juan a sus amigos en un descanso.
-        Sí, y la verdad es que la cantante es buena, él es más flojo, ¿no? – inquirió Lola.
-        Él no tiene ni idea, es el peor de todos. Y los bailarines son muy académicos, muy envarados, muy tiesos, ¿no os parece? A mí me han gustado mucho más los de la plaza Dorrego, que seguro que no cobran casi nada porque deben ser aprendices que salen a la calle a ganarse un dinero mientras practican. Pero ella sí. Por una cabeza lo ha bordado, y eso que es más para voz masculina. En cambio, él se ha cargado Pa Dumesnil y Margaritas sin esfuerzo.
-        Es que Paco, aquí donde lo veis, canta tangos bastante bien. Le gustan mucho y, bueno, digamos que entiende un poco, ¿verdad? – Lola le acarició la cara.
Juan le miró perplejo. No conocía su vis melómana, pero estaba totalmente de acuerdo: el cantante, de planta impresionante, eso sí, les había berreado los tangos. Pidieron algo más de vino blanco en lugar de licores o combinados y mientras se lo traían el telón volvió a abrir, esta vez solo con los músicos y la cantante.

Pero yo sé, Milonga de Gauna, Lloró como una mujer y Chau se enlazaron una tras otra a cuál mejor interpretada. Le parecía que tuviera un deje a medio camino entre Adriana Varela y Malena Muyala, una extraña mezcla. Juan se sintió incómodo a mitad de la segunda pieza. No entendía por qué. Llegado el final de la tercera y en medio de los aplausos se dio cuenta. La cantante le miraba. O eso le parecía. Siguió atento y gozoso a la intérprete, pero cada vez le era más evidente que aquellos ojos se paraban en los suyos más de la cuenta. Mucho más de la cuenta. Por un momento, temió hacer el ridículo si lo decía, pero le pudo más la vena gamberra, y al concluir, mientras se corría el telón para un nuevo cambio de escenario, lo espetó.
-        No es por nada, pero creo que he ligado.
-        Ah, ¿otra vez? Cómo no – Marta le conocía bien – ¿Y quién es ella en esta ocasión?
-        La cantante.
-        Claro, claro, te ha guiñado un ojo, ¿verdad? – condescendió ella.

Él bebió un largo trago, dudando si insistir o ceder. Y asintió. Paco y Lola le miraron, divertidos y extrañados a partes iguales. Juan asentía, con los ojos fijos en la copa y una sonrisa en los labios.
-        Estad atentos y me decís luego, ¿vale?
-        No seás boludo – le increpó Marta imitando el acento porteño.
-        Que sí, que os fijéis, coño. Solo seguidle la mirada. Y luego hablamos.
Hubo que esperar porque a continuación cantó él. Tras perpetrar a solas otras tres piezas, tuvo lugar un dúo. Interpretaron El día que me quieras y Cambalache. Y ella volvió a mirarle. Claramente.
Aplausos y nueva pausa.
-        Oye que vas a tener razón, cretino. ¿Vosotros lo habéis visto?
Paco y Lola sonreían, un tanto violentos. Él fue el primero en conceder con un gesto. Ella sólo hizo un leve movimiento vertical con la cabeza.
-        Es natural – fanfarroneó Juan-, ocurre mucho.
No podía dejar de sonreír a sus amigos.
-        Bueno, bueno, vamos a ver cómo sigue el tema, ¿eh? No te crezcas demasiado – advirtió Marta.
El telón volvió a abrirse y esta vez fue ella la reina de la escena. Les regaló los oídos con Garúa, Uno, Malena y Adiós Pampa mía. Las distintas miradas se cruzaban ajenas a la música. Juan con la cantante y con sus compañeros; y ellos entre sí cada vez que, obviamente, Juan recibía la de ella.
-        Esta tía es una descarada de narices –Marta echaba humo. - Y tú ¿qué le haces? Bueno, ¿y qué dices?
Juan estaba ya más molesto que divertido. Lola y Paco se mantenían al margen, expectantes y prudentes.
-        Hacer, lo que es hacer, nada. Decir… que me estoy empezando a cabrear, porque en lugar de disfrutar del espectáculo estoy incómodo, coño.
Marta lo miró y supo que, efectivamente, la broma había acabado. El entretenimiento también tocaba a su fin. El cantante anunció las últimas piezas y, con su pareja, se arrancaron con desigual acierto en una sucesión de voces a dúo e interpretaciones individuales. Atacaron El choclo, Mi Buenos Aires querido y la Balada para un loco. Las miradas siguieron, si bien Juan optó por cortar aquello y fijó la suya sobre el bandoneonista. Su extraño e hipnótico baile sentado, a base de rodillas acompasadas con brazos, y con giros de cabeza, le permitió obviar en parte el acoso y disfrutar de la música. Marta decidió ejercer un férreo marcaje sobre aquella mujer, y Lola, con Paco, sencillamente atendieron a la representación sin más cavilaciones.
Aplausos mantenidos, gente de pie y un excelente bis, obviamente ensayado, con La cumparsita y Volver como broche final, bajaron el telón.
-        Bueno, pues ya. Anda vámonos antes de que salga a por ti – bromeó Marta, ya un poco menos tensa.
-        Espera hasta que salgamos, que no las tengo todas conmigo.
Juan también recuperaba poco a poco el aplomo. Lola y Paco sonreían de nuevo.
-        Y, en todo caso, habréis visto que no eran figuraciones mías. El que es atractivo, es atractivo, qué le voy a hacer.
-        Ya, sí, bueno… menos lobos, que la caperucita te comía seguro.
Se incorporaron, recogieron sus cosas y avanzaron hacia las escaleras. La aparente distensión se vino abajo de repente. Entre el gentío, y ya casi alcanzada la salida, apareció ella, oteando. Les vio. Se dirigió directamente hacia ellos. Y tuvo que hacerlo esquivando a su vez las felicitaciones que unos y otros trataban infructuosamente de expresarle, porque avanzaba sin detenerse, directa a su encuentro. Finalmente, llegó a su altura y se plantó delante de Juan con una sonrisa inmensa, preciosa, encantadora. Por un instante, nadie dijo nada. En medio de la consternación de los cuatro amigos, Juan acertó a esbozarle una sonrisa, más de incomprensión que de cortesía, a la que enlazó un gesto de interrogación, subiendo los hombros y abriendo las manos levemente.
-        ¡Profesor! ¡Gusto en saludarle! Fui alumna suya cuando estudié Veterinaria. Qué sorpresa, qué gran casualidad, me encanta volver a verle. Bueno, hace siglos de aquello y hay un océano por medio, pero…



Este relato no tuvo lugar en Buenos Aires en Enero de 2017

miércoles, 8 de febrero de 2017

EL CAMINO DE PERITO MORENO A BAJO CARACOLES. LA CUEVA DE LAS MANOS


Enorme madrugón. Gallinas y gatos se vigilan mutuamente en un corral cerca del hotel en Perito Moreno. Las tres furgonetas llegan y ya estamos esperándolas. La Cueva de las manos nos llama a todos. A mí también me llama la Ruta 40 y su leyenda.
Mil Novedades
Perito Moreno no parecía mucho más que otros pueblitos que ya habíamos pasado al llegar de noche. Pero es más grande, tiene más población, servicios y prestancia. Los comercios son, sin embargo, igual de sencillos y chapados a la antigua.  Pasamos por delante de la comercial Mil Novedades, que promete “Ropa formal e informal”, de La mercantil,  y de la Agencia de Quinielas 151 que es además una gran librería-papelería y que entre otras modalidades de juegos, ofrece "La Raspadita". Por haber hay hasta clínica veterinaria, Keuquen; qué ganas de poder charlar un ratito... Las calles están desiertas, son anchas y desabridas. Vivir aquí no parece tener grandes alicientes. Sin embargo, nuestra guía vive aquí. Ayuda en actividades sociales, hacen teatro, organizan concursos… La gente joven como ella tiene que hacer algo para que esto siga vivo. ¡Duro con ello!


La carretera sigue la misma pauta que ayer. Llanura (no exenta de ondulaciones y de curvas) y matorral bajo y grisáceo. Los coirenes son el único pasto, y se parecen al esparto pero a escala, así han de ser de nutritivos y suaves al paladar. También los llaman mata de fuego, porque parecen una llama. Los guanacos que se alimentan de ellos son hoy los únicos que comparten con nosotros la desolación.  Algunos guanacos que han saltado las inacabables alambradas obligan a frenar bruscamente y a pitarles para que se aparten. Tratan de ramonear junto al camino. Las crías, llamadas chulengos, quedan por dentro de los vallados. De cuando en cuando algún cadáver aparece colgado en ellos. Todas las vallas están hechas a base de alambres que se sustentan en estacas de madera intercaladas cada dos por una metálica o por una de madera más gruesa o reforzada con metal. Los cuerpos cuelgan mitad a un lado y mitad al otro, a veces en las grotescas posturas que los cadáveres toman una vez desmadejados. Solo junto a los escasos cursos de agua hay algo de verdor.


 Llega el ripio, la grava. Nos acompañará casi todo el día. La gente se queja. A mí me encanta. Gooooood vibrations (pronúnciese mientras agitas la cabeza). Esto es lo que yo quería y esperaba, una carretera sin nadie durante horas. La vista se pierde, el polvo del camino obliga a las furgonetas a espaciarse y el remolino de las que nos preceden se lo lleva el viento antes de alcanzarlo nosotros. Las piedrecitas (y los pedruscos a veces) golpean los bajos. Y así todo el rato. Llegamos a un punto en el que anuncian una fuerte pendiente de "10200 metros" y te sugieren que “revises los frenos”. Sí, sí, sin duda. Qué cachondos. Bajamos a un profundo valle, en cuyo fondo hay algo de verde y subimos por el otro lado. Es una valle estrecho y de laderas escarpadas. La calzada esta aquí algo más rota y hay gente que llega a inquietarse. Sigo encantado.

Al poco podemos ver los Andes a nuestra derecha, como fondo nevado y puntiagudo de una postal de inmensa llanura ondulada con guanacos. Precioso.

Tras dos horas de ruta sin apenas cruzarnos un par de coches, llegamos por fin al así llamado Cañadón del Río Pinturas, donde un pequeño centro de interpretación nos aguarda. Muy poca gente. Somos lo únicos al llegar y al marchar dejaremos detrás apenas a unos 20 visitantes. Los rótulos llevan, curiosamente, el anagrama de la AECID. Uno de ellos advierte: “Sanitarios. No hay otros adelante”. Mejor meas aquí. El Kiosko Chinchillón ofrece refrescos, cerveza artesanal (abunda en Patagonia, extraño y afortunado hallazgo) y galletitas. El chinchillón es eso exactamente, una gran chinchilla de la zona.
El cañadón del Pinturas
Nos ponen un casco blanco, dejamos los sombreros y comenzamos la visita por una estrecha pasarela que bordea el cañón del Pinturas. Vemos a una vaca hereford beber del arroyo, pero más adelante hay un ternero tumbado en rara posición. “Está muerto” afirmo, pero está tan abajo y tan reciente que no todos lo creen. Lo está. Nuestra nueva guía, se explica muy bien. Por error nos hemos ido con ella en lugar de con la nuestra,  y encima este es “su” sitio de trabajo. Qué rabia. Ya no podemos cambiar.


 Primeras manos. Alucinante. Estarcidas mayoritariamente en rojo o blanco, hay alguna en verde –cobre-, y hay demasiadas manos derechas, lo que parecería indicar que hay una proporción de zurdos mayor que en la población general. La mayoría son izquierdas, lo que revelaría que con la derecha sostenían el tubo. ¿Seguro? No, no lo estoy. Varias están pintadas en el fondo con un color y estarcidas con otro, pero la mayoría tienen como fondo el color de la roca. Hay figuras de guanacos, algunas hembras preñadas o con sus crías y escenas de caza. Las figuras son de color ocre en general, pero otras son violáceas, blancas o negras. La amalgama de manos es brutal, lástima que al estar expuestas a la luz y a la intemperie en gran medida, han perdido brillo. Las protegidas (pintadas en caras de la roca inclinadas hacia abajo) mantienen un color maravilloso. Hay varias agrupaciones, pero casi al final está la figura emblemática, El danzante. Una especie de indalo, muy estilizada y que da perfecto para hacer figuritas y venderlas. A su lado, círculos concéntricos, un larguísimo zigzag y otras figuras que parecen lagartos. Todo en rojos. Los simbolismos son mera especulación en su interpretación. Incluso hay una figura de una guanaco rodeado por figuras humanas y hacia la que se dirigen cuatro largas líneas en cuya punta hay una bola. ¿Boleadoras? Podría.


Por haber, hay hasta extraterrestres. Entre las manos estarcidas hay unas de tres dedos muy gruesos y acuminados.  Son patas de ñandú, aquí llamados choiques. Ah, y una posible parturienta. A saber.




El danzante

En un punto, hay una escena de caza que parece reflejar a los hombres cercando a los guanacos hacia una fisura de la roca. Te das la vuelta y aparece una imagen muy similar al otro lado del valle, y así nos la interpretan como posibilidad. Todo es una posible interpretación, o casi todo. Pero esta impresiona y convence.







Alcanzamos el final de la zona habilitada para recorrer las pinturas y nos asomamos al desfiladero del Pinturas. Huellas de guanaco o de vaca en la arena de un recodo del río, farallones verticales y mucha solitud. Regresamos, cojo una piedra para mi urna y nos deshacemos de los p. cascos. Alguno prueba la cerveza artesanal de El Chinchillón. Descansamos un rato de tanto asombro y al camino.  Parte hay que deshacerlo hasta la Ruta 40, y volvemos a atravesar el valle escarpado de antes. Ahora descubro que se llama cañadón Caracoles, y lo recorremos un trecho, encajonados (y algunos un poco acojonados) hasta retomar el excelente ripio de la Ruta 40. Siguiente parada: Bajo Caracoles, una hora y media después. Entremedias, nada.

Otro tramo de inmensidad hasta alcanzar el pueblo. De película. Cuatro casas en medio de la nada y la única gasolinera desde hace tres horas y media. Varias cabañas de chapa vieja; otras de madera. Otras casas más armadas, varias nuevas, incluida una que parece algo oficial, una comisaría y hasta un hotel de aspecto lastimoso, pero una sensación de olvido, soledad y distancia inabarcable. Qué sitio. La nada. La gasolinera tiene dos surtidores únicamente, y están plagados de pegatinas de los que por allí pasan y quieren dejar alguna huella. Prácticamente no hay un centímetro cuadrado libre. Horror vacui, será como contrapunto a la soledad del campo.


Un galpón del que depende la gasolinera es un ultramarinos gaucho. Bueno, perdón, un multirrubro. Tienen cerveza, agua mineral y coca-cola, sí, y a qué precios, pero también boleadoras, boinas vascas, navajas y machetes (facas y facones), pantalones bombachos, riendas, fustas, arreos diversos, botas y sombreros. Me ofrecen uno desde lejos, yo estaba de caza fotográfica fuera; pinta bien pero una vez puesto es rígido y con un ala inmensa, poco práctico si no es para lo que es. Viandas básicas (galletas, aceite, dulces, latas, harina), mecheros, lámparas, baterías y otra ferretería completan la oferta. Ah, y el sector de licores, sobredimensionado. Algo querrá decir. De cine, lo dicho. Pero me voy sin hacer negocio: ni las navajas me cuadran (mi buena Leatherman quedó en Ezeiza fruto de un descuido con mi equipaje y un escáner cabrón) ni el sombrero, ni otra serie de cosas raras y por tanto atractivas. Habrá que volver. Total, está aquí al lado...