miércoles, 25 de marzo de 2015

NUEVA ORLEANS EN NAVIDAD


Llegar a Nueva Orleans es siempre una ilusión. Bueno, siempre, siempre… tampoco. Diré mejor que la única vez que he estado llegué con mucha ilusión. Íbamos a pasar allí la navidad.
Más aún tras un recorrido desde Galveston, la Isla del Mal Hado de mi admirado Cabeza de Vaca y su viaje brutal. Lo cierto es que Galveston fue para nosotros de mucho mejor recuerdo, gracias a algunos productos del mar, de esos que se ponen colorados al hervirlos, consumidos en un restaurante de la playa sustentado sobre pilotes, un palafito vaya, y sentados a una mesa pegada a la ventana. Gaviotas, sol, brisa… De allí pasamos hasta Baton Rouge por la carretera más próxima a la costa no sin antes sufrir un incidente con las llaves del coche.
Me las dejé dentro al bajarme para preguntar en un centro de información turística nada más entrar en Luisiana, en una zona de esas en las que se supone que puedes avistar fauna local, particularmente los famosos alligators, que por supuesto no vimos. Magnífico. Niños, potitos, compañeros de viaje, y una autopista con kilómetros hacia un lado y otro. ¡Y alligators acechando! ¡Qué  miedito!
El tipo del mostrador fue comprensivo cuando le pedí telefonear a la AAA (hablo del jurásico, no existían los móviles) pero lo fue aún más cuando me ofreció que “una persona del centro sabe cómo abrirle el coche ahora mismo si lo desea”. ¡Hombre que si lo deseo! ¡Venga! Esperamos cinco minutos y apareció la experta. Era la señora de la limpieza, que nos miró apenas y con gesto aburrido nos señaló la salida hacia el aparcamiento. Con cierto misterio, nos pidió que le indicáramos nuestro coche y que nos mantuviéramos a cierta distancia. Se acercó al coche, sacó su herramienta –una pletina metálica- la metió entre el vidrio de la ventanilla y la goma, trasteó un poco y se oyó un “crac”. Sacó la tira metálica que había usado, abrió la puerta, cogió las llaves y con mucha ceremonia me las entregó. Mi barbilla tocaba el suelo porque acabábamos de asistir a una clase práctica de cómo descerrajar un coche. El cierre no volvió a funcionar en lo que nos quedó de estancia pero eso en la América profunda donde vivíamos no era problema. Hasta le di una propina, más confundido y aliviado que consciente, billete que ella cogió con el mismo gesto de hastío (apuesto a que por su mente pasaba algo así como “turistas, y encima europeos y blancos, si es que…”). En fin, que dueños otra vez de nuestro valiente Oldsmobile Cutlass Ciera (véanse también esta entrada y esta) y de los importantes pañales, seguimos hacia Nueva Orleans. Baton Rouge tuvo una breve parada, lo justo para ver el río desde el famosísimo puente de hierro, el avión que se exhibe en la orilla y la torre del capitolio, que para eso es la capital y no Nueva Orleans.

Bueno, a lo que íbamos. Nueva Orleans debe visitarse. Nos dijeron una vez que “New Orleans, San Francisco and New York are not America any more”, y eso es debido a lo muy “europeos” que son los dos primeros y lo muy “mundial” que es la última, creo yo.
Del recorrido turístico se encargan, como siempre, las guías, pero yo recuerdo varias cosas. Una de ellas es la preciosidad del barrio francés, el French Quarter, que es, paradojas de la historia, básicamente español. El barrio original francés se incendió –las casas eran de madera- y lo que se ve ahora fue erigido bajo gobierno español. Guste o no, fue así. Pero el nombre y la fama se los quedan los de siempre. En fin, preciosísimo de verdad; aunque, todo sea dicho, yo no le vi ningún aire español a aquellos balcones de hierro y edificios de ladrillo. Probablemente porque tenía aún fresco el recuerdo de San Antonio y sus misiones encaladas (incluido El Álamo, ya lo contaremos otro día).
La Bourbon Street tiene ese nombre precisamente por haberse llamado Calle de Borbón (y no por el whisky, que tampoco hubiéramos desdeñado, hics, la hisdoria es la hisdoria) y allí hice esta foto de mi hijo.


El recorrido básico incluye varios puntos más de interés, que, si lo haces el día de navidad, exhiben además bonitas decoraciones: la plaza de España con los escudos de las provincias españolas, la plaza de armas, ahora llamada Jackson Square, con la catedral de San Luis, los edificios Pontalba (buscad la historia de esta mujer, es espeluznante), la  estatua del tal General Jackson y… la gente.
Buen rollo, un ambiente feliz, agradable, relajado. Toda la plaza estaba copada por los músicos. Estaban por todas partes, suficientemente espaciados como para no mezclar demasiado los sonidos, con sus corrillos alrededor disfrutando de la música y otros muchos que íbamos de uno a otro solazándonos.
Entre el gentío, alguno que otro (y otra) iban disfrazados de Papá Noel (para disfrute de mis niños, babeo “bucho” al recordarlo). Terrazas, bares, tiendas, balcones… todo lleno de gente, había mucha vida. Claro, todo esto considerando que era el día de navidad, pero, sobretodo, teniendo en cuenta que no estábamos en Mardi Gras, que ya hubiera querido yo. Eso debe ser la monda.
Conviene también, y así lo hicimos, tomar el barco de palas que te da una vueltecita por el Mississippi (¿me sobra alguna ese?, siempre dudo) y que nos desveló una sorpresa inesperada (como todas, qué idiotez, pero ahí se queda). Atracado allí, río arriba, estaba el Dédalo. ¿Qué qué es el Dédalo? Pues para los mayorcitos no será nada nuevo: era el portaaviones que tenía la armada cuando yo era niño (o sea, en el siglo pasado) y que en origen fue uno de las docenas que construyeron los americanos para la Segunda Guerra Mundial. Pues allí estaba, esperando a ser convertido en museo según nos dijeron.
Conocimos la comida criolla y nos embelesamos con una actuación de jazz callejero, pero eso sí, con un frío intenso que nos obligó a recogernos tempranito que los niños ya no daban más de si. Con tu cochecito de bebé y otro crío a los hombros, pasear en medio del gentío hacia el hotel por el barrio francés la noche del día de navidad fue un momento muy especial. 

Nos fuimos al día siguiente en dirección a Memphis, para pasar fin de año en Graceland; Elvis es mucho Elvis. Pero la salida de Nueva Orleans tuvo su guinda. El puente sobre el lago Pontchartrain ha sido durante décadas el más largo del mundo. Y es impresionante. Son casi cuarenta kilómetros subidos a un puente a ras de agua, que recorrimos despacio, con las ventanillas bajadas, oyendo a las gaviotas graznar y olfateando la brisa marina. Lástima de descapotable. ¿Te gusta conducir? ¡Sí!
- Quiero hacer pis.
- Pero, pero…


martes, 17 de marzo de 2015

SAFRANBOLU, MADERA VIEJA


Safranbolu es, según las guías, una localidad que conserva casi intactas la inmensa mayoría de sus casas de estilo otomano. Y así es, lo cual la hace merecedora de más visitantes que los que tiene. O no, déjalo como está que es mejor.
En realidad lo de intactas es relativo, lo que están todas es perfectamente restauradas, pero conservando el aire original. Sin faltar a nadie al respeto, que puede no gustar el modelo, Safranbolu es como Pedraza. Pues creo que la idea es esa, sí.
Dicen – y se nota- que allí llueve bastante, cosa que afortunadamente no nos ocurrió. Las calles, los tejados, las acequias… pinta de ello dan, desde luego.
Las casas son muy altas y tienen en su mayoría las paredes extraplomadas, haciendo que desde una base o zócalo de piedra más o menos estrecho, se expandan un poco a cada altura o nuevo saliente. Algunas están literalmente chapadas de madera, y los tablones que cubren los muros a veces se comban, otras veces están astillados y en todo caso, ofrecen un aspecto añejo. Creo que parte del “aspecto otomano” consiste en esa madera avejentada. Otras tienen la clásica estructura con pilares y travesaños de madera con los vanos rellenos de ladrillos de adobe. En este otro tipo, las semejanzas con lo que se puede ver en cualquier otro sitio, desde Castilla hasta Normandía, no le quitan belleza, pero sí originalidad. De cualquier forma, aun cuando no sean íntegramente de madera, hay mucha a la vista: ventanas, contraventanas, puertas, canecillos, poyetes, emparrados, vigas, pilares, travesaños...  Madera vieja y gastada.
Cuentan que el interior de algunas, al que no pudimos acceder, alberga tesoros como tornos para pasar comida de un lado a otro, aseos en el interior de armarios, escaleras escamoteables y un sinfín de habilidosas obras de ebanistería. Será en otra visita.

Según nos contaron, había sido un importante punto de descanso cuando la Ruta de la Seda lo era y constituía el cruce con otra ruta que bajaba hasta el mar desde el interior. Paseando por sus inclinadas, irregulares, retorcidas y desigualmente empedradas callejuelas se encuentra uno preciosos rincones, tiendas tradicionales que lucen dulces típicos (hechos a base de sésamo y nueces, mmm), orfebrería, calzado (que era característico del lugar según parece) y, sobre todo, hay un buen número de forjas. Bandejas, teteras y juegos de té, cazos, sartenes, hornillos, cubiletes, y faroles componen la mayor parte de la mercancía. Pero algunas de ellas exhiben material más sólido, como cerraduras, rejas, tiradores, hachas o mazos.
En una de ellas, además de admirar los trabajos expuestos en el exterior y en el interior de la tienda, nos permitieron entrar hasta la propia fragua y ver a los herreros trabajando. Uno de ellos nos mostró orgullosamente todo su taller, empapelado con recortes de periódico en los que aparecía el gesticulante tipo aquel como emblema de la artesanía local en la revista de a bordo de la Turkish Airlines.

Lo suyo, aunque hay sugerencias de circuitos, es perderse a base de paradas ante distintas casas, fuentes, cafés, tiendas, escaparates o encuadres y de giros caprichosos a derecha, izquierda, arriba o abajo. Una de las callecitas nos reservaba un tesoro: al doblar una esquina, dimos de bruces con un minarete todo él de madera. Raro. O novedoso. Lástima los altavoces y la farolita que le habían incrustado. El puto progreso…

No hay que perderse, sin embargo, el antiguo caravansar convertido en moderno hotel: un amplísimo patio rectangular al que dan galerías en dos alturas y en las que, a modo de claustro, se alinean las puertas de las habitaciones. Notable. Ni tampoco debe uno olvidar echar un ojo a la gran mezquita (antigua iglesia que cuando la diáspora de los griegos otomanos tras la Primera Guerra Mundial fue transformada en mezquita, la historia de siempre) y al hammam.

 Eso sí, id abrigados, porque cuando el sol se va, hace un frío de narices.

martes, 24 de febrero de 2015

NAY PYI TAW: EL VACÍO HECHO CIUDAD

Los circuitos turísticos raramente paran en la capital de Birmania, Nay Pyi Taw (o Naypyidó o Naypyidaw). Y no es de extrañar.

Naypyidaw es la capital desde 2005, siguiendo uno más de los muchos dictados caprichosos de la junta Militar que gobierna el país desde los 60. A modo de ejemplo clarificador, nos cuentan, y leemos después igualmente asombrados y corroborando el dislate, que el traslado principal a la nueva capital tuvo lugar a las 11 de la mañana del día 11 de Noviembre (mes undécimo), cuando un convoy militar de 1100 camiones desplazó a 11 batallones y 11 ministerios. El astrólogo personal del líder de la junta parece ser responsable de tan original iniciativa. Creo recordar que fue en 1989 cuando se emitieron, seguramente siguiendo criterios igualmente sólidos, billetes de 45 y 90 kyats, ambos alrededor del número 9, de gran importancia cabalística según parece (e inusitada comodidad de uso probablemente).

Sí, es un comienzo estrambótico, pero lo verdaderamente alucinante está por llegar.  La ciudad está dividida en sectores a algunos de los cuales está prohibido el acceso. Especialmente se impide el paso y mucho más las fotos en la zona militar donde se encuentra la residencia del jefe de la junta y, en lugar de un sambódromo, un desfilódromo (como el de Hanoi y tantos otros sitios altamente democráticos) junto al que se alzan las tres estatuas de los principales reyes de la historia birmana: Anawratha, Bayinnaung y Alaungpaya. Estas salen en los prospectos, pero no puede accederse o eso parece. Las zonas de viviendas tienen diversas categorías en función del nivel administrativo de quienes reciben la concesión, ya que, para facilitar la población de este engendro, la vivienda y otros servicios les son proporcionados por el gobierno. Hay también un área religiosa, ocupada estelarmente por una pagoda hecha a semejanza de la Shwedagon paya de Rangún, y que tiene exactamente la misma altura, 98 metros. Pero a esta no va ni Buda. Y una dedicada los ministerios, otra para los diplomáticos (la inmensa mayoría de los países mantienen las embajadas abiertas en Rangún) e incluso, pásmate, una donde se sitúan un buen número de hoteles. Hay kilómetros y kilómetros de avenidas, aceras, decenas de edificios vacíos, arcos, jardines, plazas. Por haber, hay hasta un zoológico. Y dicen que no es malo.



Lo que no hay es vida. La llegada, ya anochecido, fue espectral. Las enormes avenidas, iluminadas pero vacías de tráfico, nos condujeron al área de hoteles, donde la mayoría de ellos ofrecía el mismo aspecto: casi todos tenían encendidas las luces de la recepción y presentaban largas filas de luces que perfilaban el contorno del edificio, a modo de gálibo, y nada más excepto el rótulo con el nombre, también luminoso. No se veía ni un vehículo en los aparcamientos, ni a nadie entrando o saliendo y, lo que era definitivo, ni una sola luz de las habitaciones lucía. Ni una. Eran edificios claramente vacíos. El nuestro era uno de los pocos que tenía gente dentro, y lo cierto es que si no éramos los únicos clientes le debía faltar poco, porque en el desabrido restaurante del hotel (ni pensar en salir a buscar algo) había una mesa ocupada por dos hombres que comían tallarines y bebían dos enormes cervezas Myanmar (es el único uso que pienso hacer del nuevo nombre) y otra mesa con una pareja. En honor a la verdad hay que decir que la cena fue excelente.



La mañana nos desveló la verdadera magnitud de la desolación. En el aparcamiento, como cabía esperar, solo estaban nuestro autobús y un coche de cortesía del hotel. Cámara en ristre, salí del recinto hacia la avenida y allí tuve la epifanía total del sinsentido aquel. Una calle con cuatro carriles por lado que se perdía a lo lejos en ambas direcciones y que ocupaban, hasta donde abarcaba la vista, un par de motos  (aquí no están prohibidas como en Rangún) y un coche. Por suerte las aceras no estaban tan congestionadas. Esperé un poco. Atasco: unas seis motos y dos coches en una recta de no menos de un kilómetro. Aguardé otro poco y lo logré: nada, nadie. Pavoroso, amigos.



Subimos al autobús y dimos un breve paseo, porque ya nos advirtieron de que recorrerla entera lleva mucho tiempo debido a las dimensiones, no al tráfico, desde luego. Y visto lo visto, desde luego que no vale la pena. La única zona “viva” fue un mercado de aspecto lánguido en comparación con otros muchos que vimos en lugares infinitamente menores pero más concurridos. Lo dicho, avenidas, fuentes, plazas, rotondas, todo vacío. Otra de las pretendidas atracciones fue el mercado de jade y joyas, pero que ese día estaba cerrado. Poco a poco fuimos alejándonos hacia barrios más periféricos donde las retículas de las calles enmarcaban tremendas parcelas en las que aparecía algún que otro edificio a decenas de metros de distancia del siguiente, todo impregnado de una atmósfera irreal y vacua, más aún considerando lo abigarradas que son siempre las ciudades asiáticas.


Algunos anuncios por aquí y por allá, y los postes de la luz o del teléfono y se acabó. Todo muy limpio, eso sí. A ver, no había quién ensuciara… En algunos cruces se daba la única concentración humana que pudimos apreciar exceptuando el mercado. Pequeños grupos de gente y cuatro o cinco motos ocupaban una de las esquinas, supongo que a la espera del encuentro con alguien que viniera en otro vehículo. Ni pensar en caminar, las distancias no son humanas.




Naypyidaw –que significa ciudad real, ole los culipardos- es inmensa, gigantesca, desorbitada, desproporcionada, vacía, yerma. Es orwelliana, adjetivo perfecto para algo a la vez surrealista y birmano. Recordemos que Orwell vivió en Birmania y allí escribió su primera novela: Los días de Birmania. Allí le llaman El profeta, pero ya lo veremos en su momento.

sábado, 31 de enero de 2015

SHWEDAGON: LA PAGODA TOTAL

Amanecemos en Rangún (Yangon) en nuestro último día en Birmania. El programa contiene para hoy uno de los platos fuertes de cualquier viaje a estas tierras: la fabulosa pagoda de Shwedagon.

Lo cierto es que tras diez días recorriendo el país tenemos ya un cierto hartazgo y podemos contar por miles  - y no es una forma de hablar- las pagodas y los budas vistos (ya hablaremos de Bagán y de la cueva de Shwe Oo Min), así que nos mostramos un tanto escépticos, pero pronto se nos pasará.

Ayer por la tarde, sin tiempo para visitarla por dentro, acudimos a la puerta oeste para ver desde allí la puñetera puesta de sol. En Birmania, cualquier sitio es  pretendidamente especial para ver al sol caer, y esta sobreexplotación del artículo “ver la puesta de sol en…” llega al ridículo en mas de un caso. Aquí la excusa es poder ver los brillos ocres del crepúsculo sobre la dorada estupa. Vale, se acepta. Pero ocurrió que, como en tantas visitas, la estupa está, precisamente coincidiendo con la nuestra, en obras, reparación, mantenimiento… yo qué sé. El caso es que está casi completamente cubierta: hasta la mitad por unas esterillas a las que muy consideradamente han pintado de dorado; ya casi hasta la punta, por un andamiaje a base de bambú. Lo único visible libre, es el cuarto final. Así que reflejos dorados, algunos. Pero magia, lo que se dice magia, poca.
 
El andamio y el extremo de la estupa
Poca hasta que, casi a punto de tirar la toalla y conformarnos con admirar los dos leones/dragones (chinthe es el término exacto) de la entrada que miden casi nueve metros de alto, la magia apareció en el cielo. Una ingente nube de murciélagos, suponemos que procedentes de los árboles del parque cercano a la pagoda, comenzó a brotar como un chorro inagotable, sorteando a uno y otro lado la aguja de la entrada. Pasaban sobre nosotros y seguían hacia donde el sol acababa de esconderse, o más bien suponemos , hacia zonas de encharcamiento, a comer mosquitos o  donde haya árboles frutales. Tengo que confirmarlo, pero yo creo que los más comunes, los de nariz de cerdo, son insectívoros.
La columna de murciélagos y las rapaces acechando

La columna voladora fue recibida por el fuego graneado de las cámaras y las retinas, así como por una gran cantidad de bocas abiertas entre los guiris, no así, obviamente, por parte de los lugareños. Fui prudente y cerré la boca, pero aún así, lo que yo creí una cagadilla me dio en la cara. Mmm. En todo caso, no fueron las ráfagas de obturadores haciendo clac-clac-clac las que les hicieron algún daño, sino una pareja de lo que nos pareció algún tipo de halcón, así como un gran milano que nos solazaron con sus incursiones en el torrente a la caza de algún murciélago y su relativo éxito: pudimos ver (y oír) cómo el milano capturaba un murciélago con sus garras y se lo llevaba, así como alguna persecución de los halcones. Todo ello alrededor de las cabezas de los chinthe: un espectáculo inesperado y fascinante, a la luz del ocaso, con un aire magníficamente vampírico. La luz fue a menos, la bandada también, y los viajeros a otra cosa, que el día había sido muy largo. Buen final.

Pero claro, aún no habíamos visto la pagoda, por eso esta mañana teníamos una visita obligada. Entrar en Shwedagon es cruzar a otro mundo. Es obvio que Pierre Loti o Blasco Ibáñez lo relatan mucho mejor que yo en Pagodas de oro o en La vuelta al mundo de un novelista respectivamente. Dice Loti: “Bajo las bóvedas inimaginables de riquezas, entre esas columnas cinceladas con paciencia china, en esos interiores que no son más que oro y pedrerías, se los ve, se ven los budas, de tamaño sobrehumano, sentados en cenáculo, al abrigo de parasoles bordados y rebordados de oro; ante ellos, urnas de oro para los inciensos que humean, floreros de oro para las gardenias y los nardos que les traen cada tarde, y candelabros de oro que, antes del crepúsculo, acaban ya de encenderse”. Habrá que verlo ¿no? Hasta Kipling la nombraba.

El andamio entrevisto a la luz del atardecer anterior se hace ahora principal, condicionándolo todo. Pero, la verdad, tiene su gracia ver la gigantesca (casi 100 meteros de altura) forma de campana estuchada en una cubierta de bambú y cuerda. De los distintos estratos que forman la estupa (terrazas, turbante, pétalos de loto, plátano, corona, veleta y remate si no olvido ninguno) sólo son visibles los últimos, dorados y brillantes como cabía esperar. El resto, visto con buen ánimo, semeja una enigmática redecilla cubriendo un tesoro que reluce semioculto. En fin, veámoslo con misterio porque si no, es para cabrearse. Encaramada al armazón se ve gente. Con la cámara y el zoom alcanzo a verles la cara, la gorra de béisbol, las gafas de sol, el longy o los pantalones… y los pies descalzos. ¿Arneses? ¡Qué va! Con un par. Allí subidos como Pedro por su casa. Y a su lado, las chapas de oro, perfectamente reconocibles. Qué contraste.
 
Las chapas de oro, el andamio de bambú y el obrero descalzo
Abandonada la prosaica armadura nos sumergimos en la fascinación que tan floridamente nos anticipaba Loti. Y tiene razón. Ha de recorrerse en el sentido del reloj, otra cosa sería mal vista en Birmania, así que seguimos la corriente. No hay mucha gente, pero sí la suficiente como para poder aprender cómo hacen en cada sitio. Aquello no es una pagoda sin más, sino un gigantesco recinto plagado de kioskos, templetes, columnas, capillas, estrados, campanas, urnas, floreros, pebeteros, fuentes, cuencos y figuras de todo tipo. Por no hablar de los cajeros automáticos, que los hay, juro. Es una borrachera de dorados y blancos, algunos verdes, alguna incursión roja, y no recuerdo el azul, la verdad.


Caminas ajeno y curioso entre todo esto. Vas del buda de jade en su urna de vidrio a la campana Maha Tithadaganda del rey Tharrawaddy, tremenda con sus perfiles rojos, pasando por los grandes budas y no consigues cerrar la boca. La pagoda de Mahabodhi, inconfundiblemente de aires indios, se sale marcadamente del ambiente general. Los cuervos y las palomas se aprovechan de las ofrendas y llenan sus buches ante los fieles arrodillados e impertérritos. Las pagodas de los inmensos budas principales son auténticas catedrales doradas, recargadas, barrocas. Barrocas, sí, eso es.
 
El cuervo a lo suyo
Te paras delante de ellas, admirando en segundo plano, tras los fieles, las enormes figuras y tratando de ver el icono central y… Pero… pero, ¿a quién se le ocurre? Las figuras centrales, encerradas en primorosas vitrinas llenas de volutas y encajes, siempre enjaezadas con flores y guirnaldas y a veces cubiertas con lujosos paños lucen (las hemos visto en toda Birmania y también en otros sitios) una aureolas electrónicas a base de leds de colores. No es solo eso. Las luces, como en un árbol de navidad o más bien como en un reclamo publicitario o una marquesina de cine, van cambiando: se apagan, se encienden unos u otros colores, y forman círculos, radios, espirales, abanicos, parpadean pretendidamente gloriosas. Aquello queda entre puticlub e iglesia, en algún punto medio incoherente. Hay que decir que esto de las lucecitas en lugares religiosos ya lo hemos visto en alminares y en aureolas de santos más cercanos, así que debe ser una moda, un furor fluorescente y redentor. Lo que viene siendo un trending topic de mierda, vaya.
 
Los leds y los relojes. 
Pero aún hay más, como diría Super-ratón. En la elaboradísimas –eso, barrocas, repito- rejas que protegen el santo-sanctorum hay aún otro pecado capital cometido contra los guardianes de los pelos y los dientes de buda. Relojes de cocina. Hay allí un cierto número de relojes de cocina, incongruentes, colgados de la reja. Mi ignorancia (que crece y crece) me impide interpretarlos. ¿Qué sentido pueden tener? Supongo que alguno, si no, no estarían allí, pero, ¿no hay algo más acorde al lugar?, ¿menos cutre? No sé, no sé, pero el resultado viene a ser como colgarle a la Macarena el Casio de la cocina de tu tía y sacarla en procesión. El santo cristo y las pistolas pero oriental.
 
Más relojes y leds embelleciendo tremendamente
Te repones del cabreo estético y tratas de reconciliarte con el sitio continuando atónito tu visita cayendo en uno de los tópico ineludibles: buscas el buda del día en que naciste e ignorante una vez más del sentido real del rito, imitas a los de allí rociando agua por encima de las dos figuras sedentes, una dorada tras la otra blanca, y ambas delicadamente adornadas con flores.  Tantos cacillos como años tengas. Dejas un dinerillo como los demás y te vas de allí creyéndote un hombrecito. Sigues, sorprendes a unos jovencísimos monjes – unos chavales de quince- haciéndose fotos y autorretratos (vale, selfies, “pa” ti la perra gorda) ante una ofrenda floral, ves las palomas cebarse de arroz en el plato de uno de los muchos budas, ves un cartel ectópico y de nuevo incongruente, anunciándote que allí hay Wi-Fi gratis por cortesía de la empresa X, ves a un monje viejísimo y desdentado comiendo arroz en una de las pagodas mientras pasa el rosario con la otra mano, admiras las columnas chapadas con miles de teselas y espejitos de colores, te fascinan los dragones, los soportes de las campanas y gongs, las miles de velas y barras de incienso que se consumen y crean en ciertos sitios una densa humareda blanca y un aroma magnífico, los cientos de pagoditas y kioskos, las baldosas blancas de mármol, los lacados de los artesonados, la palmera, alta y sola junto al pabellón de “lavar el pelo” o así creo entender que se llama, las guirnaldas de flores frescas, las sombrillas de encaje (¿y seda como en la zarzuela? Seguramente, ¿no?), las banderas colgadas de largos tirantes que ascienden del suelo hasta las puntas de las pagodas ondean al viento y resuenan, te cruzas con una de las extrañas monjas birmanas: rasurada, vestida de rosa, rojo y marrón… Te pierdes, vamos.
 
!Di Mingalaba!
Y la monja con su rasurado
El monje con su rosario
La pagoda de Mahabodhi
La enorme Maha Titthadaganda
Terminas el giro, que repetirías otra vez pero no hay tiempo y finalmente sales de allí alucinado. Solo por esta pagoda, Birmania merece el viaje. Shwedagon no es una pagoda, es la pagoda total.