viernes, 21 de marzo de 2014

BAHÍA DE HA LONG


El camino de Hanói hasta la bahía de Ha Long no es muy largo, unos trescientos kilómetros, pero cunde mucho si llevas el ojo abierto: pasas ante las sucursales de Vietcombank (tela) con sus cajeros automáticos bajo un gran cartel de “ATM”, la manera americana de llamarlos (¿contradicciones?); cementerios de hornacinas azulejadas entreverados entre los campos de arroz; carteles de corte soviético llenos de obreros, campesinos y estudiantes mirando al frente y sonrientes, con las fábricas humeantes a su espalda; tiendas de ataúdes (solo tiendas, sí); inefables karaokes con chicas espectaculares y nada asiáticas en sus reclamos; barberías en plena calle cuyo suelo, evidentemente, nadie barre (o sí, había una en un puente, mucho más higiénico, vaya el pelo al agua); vendedores ambulantes de patatas, pollos, chucherías o lo que se tercie; campos de arroz infinitos y huertas que parecen jardincitos; tiendas de motos (ver Las motos de Vietnam) y, como colofón, algún que otro restaurante que ofrece perro. Una ruta presuntamente anodina que no lo es si no se quiere.

Y llega uno a Ha Long y se embarca en una pequeña chalupa que le acerca al barco en el que pasará un par de días. Vaya barco. Parece un galeón recrecido. Dos filas de camarotes, una cubierta arriba que claramente debe ser el comedor y, por encima, otra cubierta “descubierta” con tumbonas y mesas. Una popa a modo de grupa gigantesca y tres mástiles de mera apariencia. Blanco. No pinta mal.

El motor hace vibrar todo aquello y tú, una vez tomado el camarote y soltados los trastos, te subes a la cubierta superior a ver. A eso has venido, a ver. Lo primero, el enorme puente de Ha Long, pero, de allí, te alejas entre bruma y comienzan a aparecer, espectrales -de verdad-, los primeros salientes.

Parecía ser que en la primera travesía (singladura, ¿no?) nos iban a llevar hasta el punto donde atracaríamos para dormir, con un par de visitas que suponían otros tantos desembarcos. Mientras, no quedaba sino dejarse llevar y contemplar aquella belleza. Islotes verticales por doquier. Machaqué la batería de la cámara a base de hacer fotos y más fotos. Poco a poco se iba uno calmando y haciéndose, en lo posible, a que aquello dura, que no se acaba, que no hay que agobiarse por verlo todo, por retratarlo todo, hombre. Y una cervecita en cubierta ayudó a asentarse, a dejar de asombrarse, a acomodarse, a disfrutar en fin. A falta de una Bia Hoi, una Larue.  Ah, la cerveza.
- No estamos solos ¿eh?
En efecto, como el nuestro, decenas de otros barcos similares surcaban aquellas aguas cargados de extranjeros. En fin.

Al cabo de un par de horas a bordo, paramos y en la chalupa que iba al costado del barco, nos llevaron a visitar la islita de Titop, cuyo nombre, nos contaron, es el de un astronauta ruso que estuvo aquí con Ho ChiMinh. Cosas veredes mio Cid. La subida tiene su miga, o, mejor dicho, sus escalones. Si desde la calita en la que desembarcas hay bonitas vistas de la flota de barcos de turismo y de las islitas de alrededor, desde la cima son sobrecogedoras. Lástima – o no- que el día fuese tan brumoso. Valió la pena subir.


Tras la isla de Titop, seguimos en nuestro barco, asomados a la barandilla y disfrutando de aquel paisaje de otro mundo.
Siguió la cueva de Luon, a donde nos llevaron en unas barcazas con las que nos metimos por un túnel bajo la roca y alcanzamos así el interior de la islita, abrupto, con paredes casi verticales llenas de vegetación y sobrevoladas por un par de rapaces que daban vueltas sobre nuestras cabezas. Algunos kayaks pasaban a nuestro lado con gente sonriente. No es para menos, aquello debe ser mucho más espectacular a bordo de uno de esos, a tu ritmo, escogiendo los rinconcitos por los que escabullirte. Bueno, otra vez será.

Seguimos nuestro periplo entre las farallones, cada vez más solos y con menos luz. Comenzaba a oscurecer y vimos, a lo lejos, un crucero inmenso, con todas sus luces entre la neblina, un verdadero monstruo. Me hizo pensar que, pese a que nuestro barco era “para guiris”, me gustaba mucho más. Allí íbamos unas cuarenta personas, así que la proporción era mucho mejor. No era un hotel flotante, a lo sumo una pensión (¿sumergible? glub).

Fondeamos en una cala con otros dos barcos a prudente distancia y rodeados todos por altas paredes excepto algunos estrechos pasos. Parecía un lugar mágico, desde luego. Aunque para magia, la de María José, que inteligentemente se había provisto en una de las paradas de unas botellas de vino. Vietnamita, sí, pero ¡vino! La barquita de la que la obtuvo era un pequeño supermercado que ofrecía a los barcos turísticas toda suerte de golosinas, chuches, bagatelas y bebidas, incluyendo vino, cerveza, agua y refrescos.  Inmediatamente hicimos un corro y todo el mundo comenzó a aportar de lo suyo. Aparecieron del fondo de las maletas almendras, cacahuetes, pistachos… ¡y hasta unos choricitos! Menudo aperitivos nos marcamos mecidos por el mar, contemplando la luna y escuchando la nada.  Bueno la nada no,  porque la conversación estuvo muy animada, miento. La nada la escuchamos después, cuando una vez cenados subimos a la cubierta de nuevo, esta vez ya sin vino y nos dedicamos sencillamente a disfrutar de la luz de la luna reflejándose en el agua y en los bordes del círculo de promontorios que nos rodeaba. También de la preciosa imagen de los barcos que nos acompañaban, que, cuajados de luces, parecían sacados de una película de época.

La mañana comenzó con una clase de Tai Chi para turistillas. Voluntaria, a Dios gracias. Lo cierto es que entretanto, el barco se puso en marcha y, otra cortesía para el (no) avisado viajero, desplegaron las velas.  Hombre, la cosa tuvo su gracia, indudablemente, pero el tufo del diesel le quitaba una poca, quieras que no.

Visita de la mañana: cueva de las sorpresas o Sung Sot. Pero antes, recibimos a las barquitas de los vendedores, todas empeñadas en la búsqueda de alguien que les comprase sus collares, pulseras, anillos, o algo del supermercado. No más vino, gracias, con el de anoche fue suficiente. Y en el camino pasamos por delante de uno de esos pueblitos flotantes tan peculiares, sustentados en bidones y cualquier cosa que los mantenga  a salvo y base de barcos de pesca ataviados con faroles y largos postes y mástiles, así como de los barcos-supermercado. Un lugar peculiar, colorido y a todas luces, frágil.

La cueva supuso una subida nada despreciable hecha un dolor por la progresiva acumulación de gente. Así como en Totip estuvimos casi solos, esto parecía una romería. Me desagrada. Finalmente logramos entrar a una cueva bonita y bien iluminada, con distintos juegos de luminaria para resaltar el relieve. La cueva toma su nombre de una roca en forma de falo bautizada como sorpresa por los franceses. Quelque charme. A la salida, el número de barquitos arracimados alrededor del muelle se había doblado, así que dentro de todo, teníamos suerte, lo fuerte venía detrás. Huyamos. Pero no sin antes atender a una curiosa señal que marcaba la salida hacia un lado y los servicios hacia otro. Cuestión de preferencias o de urgencias. Y sin dejar tampoco de quedarse embelesado con otra barquita-tienda, en esta ocasión pescadería, en la que una mujer disponía con sumo cuidado los cangrejos y almejas que ofrecía en barreños de colores. Qué foto si hubiera buen fotógrafo.


Camino de vuelta a toda máquina, jalonado por las últimas fotos a los barcos que tenían desplegadas sobre el agua una larguísimas pértigas. Y casi al llegar a Ha Long para desembarcar… la verdadera sorpresa.
- ¡Mira!

Ante nuestra narices teníamos (si no recuerdo mal el nombre) al Costa Victoria, si no gemelo, un primo cercano del aciago Costa Concordia. Mucho mejor nuestro barquito, dónde iba a parar. Y más seguro. Quita, quita.

sábado, 15 de febrero de 2014

VACAS NO TAN SAGRADAS

Bonito toro
Nos dice Marvin Harris en sus dos obras más conocidas (Vacas, cerdos, brujas y guerras; Bueno para comer) sus argumentos que justifican por qué las vacas se convirtieron en un tabú alimentario en la India. En sus libros se ocupa de más cosas, como porcofobia y porcofilia, hipofagia…, es apasionante, pero son las vacas indias lo que me interesa ahora.
Por resumir, según este autor los tabúes alimentarios tienen un origen práctico. Las vacas fueron sagradas después de ser útiles y por tanto, merecedoras de ser respetadas y conservadas. Para Harris, en un contexto rural y de economía de subsistencia, la vaca es más valiosa viva que transformada en carne. Hay tres grandes hechos que sustentan esta afirmación. Primero, la vaca proporciona terneros, que después se convierten, si así se quiere, en bueyes, es decir, en fuerza tractora para arar los campos, sean estos de secano para cereal como inundados para arroz, si bien en esa tarea el búfalo de agua es más eficiente. Nada que ver con la actual irrupción del tractor. Por las carreteras secundarias de la India ya se ven bastantes tractores –engalanados como para una boda- y motoazadas, pero también hay muchas yuntas de bueyes tirando aún de arados o de carretas. Así pues, un ternero vigoroso sigue siendo una buena cosa. Aunque no lo uses tú, siempre puede venderse a quien sí lo precise, así que la vieja y escuálida vaca sigue dando riqueza. Obviamente, este es un uso abocado a la desparición, pero en las áreas atrasadas de la India rural, por donde he podido verlos funcionar, los bueyes aún abundan relativamente, por lo que asumo que el valor de un ternero sigue siendo considerable. Más considerando que, en definitiva, aunque no se emplee para tirar, siempre será carne cuando menos. Solo carne, no como su madre, pero carne que puede venderse al fin, ya que los hindúes raramente lo comerán. O sí, veremos.
Los búfalos también tienen dueño

En segundo lugar, la vaca da leche. Y la da gratis. No es una perogrullada, es su principal valor alimenticio en el escenario al que nos referimos. Ni por asomo pueden las vacas indias competir con nuestras máquinas metabólicas, las VAP (Vacas de Alta Producción). Una vaca de alta producción puede dar, en una lactación normalizada (305 días) unos 15000 kilos de leche. Las hay de más de 20000. Por debajo de 10000 no son rentables –tragedia en ciernes, el matadero llama- en la ganadería industrializada que nosotros conocemos. Nada que ver: la humilde vaca india que vaga suelta apenas si da unos 5 a 7 kilos al día, a distancia astronómica de las cifras de 50 o más de sus primas occidentales. Pero la presunta ventaja de estas sobre aquellas no lo es tanto en realidad. La alimentación de las VAP es una ciencia en sí misma; exige un equilibrio exquisito entre nutrientes, de forma que no haya excesos ni defectos de ninguno de sus componentes – y las proporciones varían según la fase de lactación-, ya que de otra forma, el delicado entramado se viene abajo, la vaca enferma y, como mínimo, produce por debajo de lo esperado. Y eso es intolerable: la ración es muy cara como para que dé poca leche. Tiene que rendir o gastamos más en alimentarla de lo que vale su producto. En realidad, yendo todo bien, el coste de alimentar a las vacas es el principal en la producción de leche. Y es alto, tanto que a veces casi ni compensa. Preguntadle a los ganaderos del sector. Así somos.

Saliendo de misa?
En cambio, la vagabunda vaca india se alimenta de lo que encuentra a su paso. Es un portento en el aprovechamiento de todo lo que no vale para ninguna otra cosa. No estuve atento para fotografiarla y acompañar a este texto, pero vi una vaca dándose una hartada de periódicos viejos. Sólo había visto esto en cabras. Una vaca come cosas que en absoluto pueden servir para alimentar otros animales excepto los pequeños rumiantes (que carecen de otras virtudes de la vaca que les excluye del excelente trato que la vaca recibe: no pueden tirar de carros o arados y sus deposiciones son difíciles de recolectar y aprovechar…). Puede verse a las vacas alrededor de algunos puestos de frutas y verduras a la espera de los cortes y desperdicios que desde allí se arrojan, igual que los perros aguardan pacientes junto a las carnicerías donde se puede obtener un bocado de la canal que están despiezando. Las hojas de la caña de azúcar, así como la fibra que queda tras extruirla y lograr el apreciado bebedizo tan popular, la fruta podrida, las hojas de zanahorias y otras muchas hortalizas, el centro de las piñas de plátanos y sus cáscaras… la lista de desechos aprovechables para ellas es interminable.
A ver si pillo algo, si no se me adelanta el lechón este...
Por eso, las vacas, aparentemente sin dueño – recalco que sólo aparentemente- campan por sus respetos por medio de ciudades y pueblos a la búsqueda de una oportunidad; especialmente, en los alrededores o dentro de los mercados. También pude ver a una que enganchó al descuido una piña de plátanos y trató de aprovecharla tan rápido pudo, ya que el frutero la vio y salió rápidamente a recobrar su mercancía. A la entrada de muchos templos y de los hoteles hay barreras canadienses para evitar que entren. Otros templos son más acogedores y ellas también pueden pasar; en algunos tienen establos en el sancta sanctorum, como en el de Kapaleeswarar, en Chennai. En fin, que las vacas indias “se buscan la vida” y no piden. Por tanto, la leche que den es a cambio de nada, es gratis.

Porque además, son enormemente eficientes en la conversión de materia vegetal fibrosa en proteína. En eso, cualquier rumiante es muy eficiente. En todo caso, no requieren prácticamente ayuda. Por el contrario, se estima que tres cuartas partes de la producción de cereales en el mundo se destina a alimentar al ganado. De ese ganado tan costosamente alimentado se obtienen altos rendimientos, pero la rentabilidad no puede ser la misma. Estoy seguro de que desde un punto de vista de análisis coste beneficio, la vaca india gana. Su virtud no es producir mucho, es producir barato. Eso sí que es rentabilidad. Y sostenibilidad, también. Me pregunto cuál de los dos modelos vencerá finalmente.

Procesión
El fuego y la "leña"
Un último aprovechamiento es el de sus deposiciones. Pueden verse superficies no despreciables de bostas de vaca convenientemente aplastadas y puestas al sol para que se sequen. Luego, esas tortas serán empleadas como combustible para las cocinas y estufas, de forma que proporcionan calor necesario para cocinar y calentarse. Otro regalo que nos hacen las vacas: energía gratuita. Evidentemente, no cubre las necesidades que pueden tener nuestros hogares cubiertos de aparatos, pero sí desde luego, la humilde cocina o la pequeña chimenea de una familia rural india. Y, una vez más, sin gasto para ellos. Y sus boñigas tienen por supuesto un uso que sí hacemos nosotros, y que es el de fertilizante. El empleo como abono del estiércol de vaca no precisa explicación, pero en ese sentido, en lo que he visto desde mi ventanilla al paso por los pueblecitos se usa relativamente poco, o bien es que yo no he pasado en la época en que se esparce allí. Lo cierto es que no he podido ver ningún estercolero en los pueblos, como sí he visto las pilas de bostas listas para usarse en el fuego o los patios cubiertos con ellas para secarlas. No sabría decir qué porcentaje se emplea en uno u otro uso, pero ambos son válidos y, una vez más, tan rentables como sostenibles.

Moda masculina
Termino este panegírico de las virtudes de las vacas indias con una línea acerca de los cebúes, la raza predominante, que lo es por algo. Primero y principal, porque es la original, pero veréis por allí más y más “frisonas-like”, es decir, vacas con pretensiones lecheras en lugar del honrado cebú de jorobilla y cuernazos. Bueno, las tendencias cambian y es evidente que aquellas tienen una aptitud –no, no actitud- lechera más marcada, es decir que producen más leche por individuo. Pero también es cierto que los cebúes son más corpulentos y por tanto más válidos para producir animales de tiro y, sobretodo, están más adaptados a las exigentes condiciones de vida de una vaca india: sequías, inundaciones, escasa comida, escaso nivel sanitario (infecciones, parásitos…), etc. El cebú es una raza resistente, sufrida y dura. Hay un término que se llama rusticidad y que refleja la capacidad de adaptación a la vida en el campo de los animales domésticos. La frisona, sacada de su burbuja de excelente pienso y cuidados, cae en la vulgaridad y en la escasa producción, cuando no en enfermedades que el cebú resiste mejor. Pobres. Menos mal que a unos y otros los engalanan a veces como a estrellas, pintándoles los cuernos de rojo o azul y hasta poniéndoles collares y espumillones en la cuerna. Y si coincidís como nosotros con la fiesta de Ponggal, las veréis de un color amarillo subido, teñidas con cúrcuma, de manera que las frisonas parecen radiactivas. Tuve también la suerte de pasar -de largo, no tuve toda la suerte- ante un mercado de ganado y ver a los animales enjaezados como para la feria de Abril, pero sin ser caballos, eran cabras, ovejas y sobretodo, vacas. Las cuidan, no hay duda. Espectacular.

Tractores, carros, vacas, templos...
Ellos no van a la gasolinera
Bien, hasta aquí Harris revisado y corregido a mi manera, pero hay algo más que leí para viajar a la India y que lo cambia todo. La industria ganadera india crece y crece ante la demanda de su población. Y eso afecta a las vacas también. Ya he dado varias pinceladas al respecto pero quiero señalar un par de circunstancias especialmente llamativas y que marcan la tendencia que sin duda va a seguir la vaca en la India. Una compañera de viaje espetó la siguiente pregunta ante una recua de vacas que deambulaban por el arcén y que nos hicieron dar un volantazo: “Pero, ¿estas vacas son así o tienen dueño?” Sí, claro que tienen dueño, las recogen a la tarde y se las llevan a ordeñar. De hecho, pude ver no pocas lecherías a las que acudían motocarros con cántaras de leche (sin refrigerar, alguna hasta sin cerrar del todo, derramando… en fin…). Es decir que la leche no es para autoconsumo, sino que se vende. Hay demanda creciente. Y es todo beneficio, recordemos. Claro que el dueño se ocupa de sus animales, pero para recoger su fruto a la caída del sol.

Despacio pero por la izquierda
Pasando de largo
Y, por último, el gran tabú que ya no lo es tanto. Hay carne de vacuno a la venta. Los hindúes pueden no sacrificar, ni tan siquiera comer la carne de sus vacas, pero hay circunstancias especiales que cambian este concepto de no consumo. La primera es que, al parecer, la gente de más baja situación social, con independencia de su religión, son los únicos que se ocupan en faenar el cuero, considerado también impuro por proceder de la vaca. Es una de las razones por la que en los templos no te dejan entrar con los zapatos, respetuosamente quitados, en la mano. Son de cuero: eso es inadmisible en un lugar sagrado, no basta con no llevarlos puestos, son “los zapatos” los que no pueden entrar. Bien, pues quienes faenan el cuero lo hacen tras haber sacrificado a su propietario, y parece ser que algo más que el cuero pasa por sus manos y a sus estómagos. Pero esto es anecdótico, según parece: lo verdaderamente importante en términos cuantitativos es que la vaca vieja es vendida antes de que se muera. Y el ternero, que no tirará de ningún yugo, también. Y se venden, por lo general, a musulmanes o cristianos, quienes no tienen reparos en sacrificarlos para comer. Tanto es así, que una vasta red de mataderos existe ya, tan vasta que India es desde hace unos meses la principal exportadora mundial de carne de vacuno. Increíble, ¿no? Sus principales clientes son los países árabes, a los que se garantiza una carne sacrificada bajo el rito halal y por tanto perfectamente válida para ellos. Añádase que en esa partida se incluyen también las carnes de los búfalos de agua, que no tienen la misma consideración respetuosa que las vacas (Harris da algunas razones para ello, consúltese, no quiero alargarme más). Es decir, que el país de las vacas sagradas es el que exporta más carne de vaca. Paradójico, casi triste ¿no? ¿Dónde quedó la mística?


En fin, para acabar, me gusta pensar en la vaca india con respeto. Es fea y famélica, se mete por todas partes, genera no pocos frenazos y, como te descuides, te empuja para hacerse paso. Verídico. Pero es una industria sostenible de maquinaria, petroquímica (abono y combustible), alimentaria (leche y a las malas, carne), e incluso, y es lo principal, una compañía de seguros: cuando todo vuelve a la normalidad tras una carestía, sequía, mala cosecha…, la recuperación será mejor gracias a la vaca, que volverá a dar leche y terneros, cosa que no haría si nos la hemos comido. Y mientras, da su otro producto, no lo olvidemos.
VER TAMBIÉN "BREVE APOSTILLA A VACAS NO TAN SAGRADAS"

¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?


Una vaca puntual(izada).
El sustituto con los arados. Lineas puras, sencillez...


Sí tienen dueño, sí.
Tomando el sol en la playa. El Templo de la Orilla al fondo






El ternero radiactivo

domingo, 9 de febrero de 2014

RELIQUIAS DE MADRÁS Y GOA

Empezar y terminar un viaje a la India en iglesias cristianas es raro, cierto. Pero si encima en una de ellas hay una reliquia de un apóstol y en la otra el cuerpo del fundador de los Jesuitas, la cosa cobra más empaque.
Madrás (actualmente Chennai) tiene el extraño honor junto sólo a otras dos ciudades en el mundo, de alojar reliquias de un apóstol. Las otras dos son Roma, con San Pedro, y Santiago de Compostela. El tamaño, si es que importara, dejaría en mal lugar a Santo Tomás, el apóstol de la India. La reliquia es muy pequeña. La iglesia, bastante sosilla, y muy actualizada, carece de interés artístico; de hecho es un pastelito decimonónico. Tan solo la presencia en la cripta del lugar donde presuntamente fue enterrado Tomás y un fragmento de hueso le confieren valor como para  acercarse a verlo. Pero llegar tan lejos y no hacerlo sería absurdo. Nos cuestan que llegó en el 52 d.C. y que fue martirizado allí, en una colina cercana en 72 d.C. Curiosamente, para entrar en la cripta nos exigen que nos descalcemos, como en los templos hinduistas y en los musulmanes (también lo harán en una sinagoga en Cochin, es la señal de respeto al entrar en un lugar sagrado; por el contrario, yo me quitaba mi sombrero en todos ellos sin que nadie dijera una palabra al respecto. Costumbres). De todas maneras, a mi modo de ver lo chocante, lo de veras misterioso, es pensar en el arrojo de un tipo que se cruza medio mundo -con los medios de entonces- para predicar. Seas o no creyente, reflexionar sobre esto les da un valor humano, físico, innegable: se trata de miedo, de enfermedades, de incertidumbres, de ataques, de extravíos, de rechazos… de querer ir más allá pese a todo.

Y el otro, San Francisco Javier, cuyo cuerpo puede verse en una urna de vidrio en la Basílica del Buen Jesús de Goa. Cada diez años, en noviembre, lo trasladan durante cuarenta y cinco días a la catedral de San Francisco de Asís, justo enfrente. En 2014 toca, así que en Noviembre próximo puede asistirse allí a ese acto. Una vez más, asistí curioso a la presencia, muy lejos, de una construcción como la de al lado de casa. Una iglesia perfectamente portuguesa, barroca de finales del XVI, hecha a semejanza de otra de igual nombre que se encuentra en Roma. La decoración, muy sencillita igualmente, aunque con un par de retablos buenos y el lugar donde se encuentra la urna, en alto para evitar avalanchas y ante la que había bastante gente. El cuerpo, que trajeron de Malaca, en Malasia, puede verse mejor en unas fotos que se exhiben junto al arca de plata donde originalmente se custodiaron las reliquias. En todo el recorrido busqué y busqué y por fin, al salir del pequeño, encalado y descuidado claustro, encontré. A la salida de la basílica hay una figura de san Francisco Javier, delante una de esas “cajas fuertes – cepillo” típicas de la India para las dádivas con el rótulo “petitions and offerings” y a un lado, por fin, unos pocos azulejos portugueses. Manías de cada uno.
En fin, esto también es la India, pero no lo más interesante. Continuará...

Para terminar os recomiendo mucho el libro de Peter Manseau titulado Huesos Sagrados, en cuyo primer capítulo encontrareis una buena historia acerca de estas y otras reliquias. Interesantísimo libro.

viernes, 31 de enero de 2014

PRIMERA IMPRESIÓN (QUE NO REFLEXIÓN) DE LA INDIA DEL SUR


Releo lo siguiente en la completa documentación que nuestro buen amigo Pepe nos proporcionó para el viaje.  No sé de quién es la cita y no es completa, aunque sí textual, pero sólo quiero las ideas. Dice: “Algunos sólo ven la pobreza, una India sin esperanza, otros hablan de la sabiduría ancestral y pretenden sentar cátedra y hablar en nombre de la India, finalmente hay quienes descubren a gentes a los que la pobreza no ha privado de la felicidad y el disfrute de la vida… Hay quien habla de la alegría de los niños y la dignidad de las mujeres […] No escuchéis a ninguno. Id allí a descubrirla. Aventuraos en la India de cada día”.

Pues, sin ánimo de dármelas de enterado, es exactamente lo mismo que me ha quedado en la mente a mi vuelta. Diez y siete días de Madrás (lo siento, me suena mejor que Chennai, soy un antiguo, lo sé) a Goa pasando por lugares de ensueño como Mahabalipuram, Kanchipuram, Tanjore (lo mismo que Madrás, me gusta más que Thanjavur), Madurai, Kochi (Cochin, transijo, ay) Mysore, Hampi, Belur… y varios más dan para mucho. Miles –y digo miles- de fotos que ahora deberé depurar (es el único sitio que he visto hasta ahora en el que si se te mete gente en la toma, la foto gana), horas y horas de carreteras secundarias viendo de cerca y despacio el campo y los pueblos, múltiples hoteles y restaurantes, largas explicaciones y lecturas de textos relacionados con las visitas, templos, palacios, ruinas, cuevas, centros históricos, antiguas mansiones, elefantes y ciervos, barcos, trenes, autobuses… mucho.



Pero al final, con lo que más te quedas es con los paseos por los mercados y por los templos activos, avasallado por la gente que te sonríe encantadora a pesar de tu inconfundible aspecto y comportamiento de “guiri”. Los niños se pelean por hacerse fotos contigo, no puedes decirles que no; los adolescentes te fotografían, o te piden retratarse contigo con su móvil, eres tú el exótico, amigo; los adultos te miran divertidos mientras tu miras, divertido también pero más asombrado, a la puñetera vaca robando plátanos en un puesto de verduras. Las siempre elegantes mujeres miran la ropa de nuestras compañeras de viaje de reojo, embutidas ellas en saris preciosos, sean de una lavandera o de alguien con escolta e ínfulas.

El claxon suena y suena, el tráfico es infernal, hay vehículos por todas partes pero todo es fluido, no hay broncas, no hay piques, no hay golpes, algo milagroso por otra parte. Un occidental conduciendo por allí, fueran o no egantes mujeres miran la ropa de nuestras compañeras de viaje de reojo, mbutidas ellas en saris preciosos. Un occi provocaría de inmediato algún accidente. Desde los colegios, los niños se desgañitan agitando las manos al ver pasar un autobús de extranjeros. En una ocasión, las filas esforzadamente logradas por los profesores se desbarataron entre saltos. La verdad es que te acongojan. Qué gente.

Comes picante o, en su defecto, muy picante (mmm), y, si eres arriesgado, pruebas cosas que no deberías por aquello de la prudencia. Aprendes de Shiva, de Visnú, de Brahma, de Ganesha, de Gadura… y lo olvidas de inmediato, tan rica y compleja es la caterva de dioses y sus formas. Menos mal que la lingam, el yoni y los nandi me los he estudiado sin confusión posible. Ves las rayas en la frente, te ponen el puntito en la tuya, hueles el incienso, ves las ofrendas, sientes las llamas, te descalzas, escuchas las salmodias, los sacerdotes te miran entre recelosos por tu incomprensión de lo que allí se hace realmente – eres intruso- y ávidos de pasarte el plato para que dejes algo a cambio de un tiznajo en la frente, los monos de los templos te siguen a ver si hay suerte, los peregrinos que comen en el suelo de los pórticos de los templos te miran sonriendo y a veces te ofrecen su arroz… 
Y te olvidas de la suciedad, pero ¿por qué hay tanta? No lo entiendo.

Lo poquito que he visto de la India es fascinante. Pero da igual lo que yo os cuente. Es verdad: hay que verla.

domingo, 29 de diciembre de 2013

AQABA CON LA MACARENA Y SIN UVAS

Ha muerto hace poco Peter O’Toole. “No se puede tomar Áqaba por tierra” le advertía Sharif . Pero sí se podía, como demostró El Lawrence con solo cincuenta hombres, ya que los cañones apuntaban al mar y no esperarían un ataque desde el interior, por la espalda. Nada estaba escrito.
Teniendo en cuenta que la escena de la batalla se rodó en Carboneras, tendríamos que habérnoslo temido: Áqaba no tenía atractivo alguno.
Por suerte, llegar no nos costó tanto como a los sufridos beduinos en lucha con el ejército turco. Entonces, porque ahora creo que hay hasta una autopista, la carretera tenía su aquel, pero nada que arredrase a curtidos conductores. Épica, cero. Nuestro viejo Opel Astra bajó las fuertes y curvadas rampas desde la meseta donde habíamos visitado Wadi Rum sin esfuerzo, mientras nos cruzábamos, eso sí, con una interminable fila de camiones que transportaban hacia el norte, a Amman, todo lo que entra en Jordania desde su único puerto. Los enormes mastodontes, de doble caja, y de quinta mano, antiguos, con matrículas jordanas superpuestas a las belgas o alemanas que asomaban debajo, renqueaban, resoplaban a cada cambio de marchas, te asfixiaban en vaharadas de humo densas como chocolate… pero iban en sentido contrario. Ya nos los encontraríamos a la vuelta; por ahora, ¡A Áqaba!  No hay que explicar que el mero hecho de ir hacia allí ya era toda una ilusión. En un momento dado, paramos en la cuneta a la salida del encajonado valle por el que discurría la ruta: se veía el mar. El Mar Rojo. Y en la costa, desparramada en la llanura, la ciudad. Las primera veces son, eso, primeras veces.
Llegamos al atardecer, y, como a Lawrence, no nos esperaban, pero conseguir un buen hotel para las dos noches siguientes no fue nada complicado y eso que era 30 de Diciembre, como hoy. El cambio de año no parecía reunir allí grandes multitudes. Ni pequeñas tampoco. Hasta donde sé, ahora aquello es una verdadera central de submarinismo, y hay mucha demanda, pero no cuando nosotros la visitamos, hace ya quince años. 
Hasta ahí, todo bien. El mito cayó el día de nochevieja, por los suelos. Recorrimos de punta a punta aquella ciudad y sus alrededores, y nada. El puerto, en su zona accesible, feo y sucio, y las enormes instalaciones portuarias de carga, ya fuera de la ciudad, una valla larga como un día sin pan, a cuyo final llegamos a lo más excitante que encontramos en todo el día: la frontera con Arabia Saudí, donde nos miraron con una cara a medio camino entre la condescendencia y el “te meto” cuando cándidamente preguntamos si podíamos pasar al otro lado un rato, por aquello de haber cruzado al país vecino unos cientos de metros. Algo parecido nos sucedió al otro lado, frente a la ciudad espejo, competidora y mucho más rica y próspera de Eilat, ya en territorio israelí y sobre la que no había nada que preguntar porque era sencillamente imposible acercarse. No había frontera ni camino ¿Y entremedias? Pues una ciudad que respondía con plenitud al concepto de ciudad árabe fea. Igual que hay ciudades europeas o americanas feas, que tienen una fealdad propia. El único monumento o atractivo turístico era el castillo de los mamelucos, que albergaba un museo tristón y que estaba situado en unos jardines – los únicos- que bordeaban el desangelado paseo marítimo de cuyas farolas funcionaban sólo algunas. Fin del relato. Callejeamos todo lo que pudimos sin éxito alguno. Si tenía algo que ofrecer, nos lo ocultó.
La tarde cayó, y le siguió la noche, a la que llegamos cansados de caminar y conducir por una ciudad tan poco interesante. Pero era Nochevieja, así que nos arreglamos en lo posible para unos turistas de a pie y tomamos un menú un poco especial, pero sin grandes alharacas. Había una cena de gala, pero era prohibitiva. Los únicos que ocuparon las mesas reservadas fueron unos quince comensales, todos occidentales con un cierto aire de fiesta postiza, ya que no había ambiente festivo alguno.
Nosotros nos dispusimos a llegar a medianoche encargando una botella de champán sentados en la buena terraza, disfrutando al menos del clima y la tranquilidad. Preguntamos por unas uvas -patria ante todo-, pero nos miraron como los de la frontera, ¿serían familia?

Tras la cena, había baile para aquellos pocos extranjeros entre los que nos encontrábamos. Cada cual se divertía dentro de las limitadas posibilidades que aquel lugar ofrecía. En un momento dado un empleado del hotel se nos acercó y nos preguntó si éramos españoles. Y, como lo éramos, nos prometió algo especial para celebrar el nuevo año. Imaginamos… una botella de parte de la casa, unas flores para ellas, unos bombones, tabaco, té… pero no. La siguiente canción estuvo dedicada “a nuestros distinguidos huéspedes españoles. Para todos ustedes, Ay Macarena”. Dale a tu cuerpo alegría ¡en Áqaba! ¿Y para esto nos cruzamos el Yunque de fuego?