domingo, 1 de julio de 2018

LA SOLEDAD DEL PINGÜINO (DE COMODORO RIVADAVIA A LA RUTA 40)



Nos despertamos aún de madrugada. La noche ha sido corta, como lo son todas, fruto de las largas jornadas de carretera. He tenido un extraño sueño. Ayer visitamos las pingüineras de Punta Tombo. Caminar entre los pingüinos es una experiencia de las que uno no olvida. Y ver los nidos, las gigantescas colonias, los roquedales, las playas, las colinas llenas da una sensación de multitud, de masa, de hormiguero recrecido. Se hacen muchas fotos allí, se juega, aunque esté prohibido, con los que atraviesan las pasarelas. He soñado que uno de los pingüinos se había venido, inadvertidamente, con nosotros hasta Comodoro, había dormido en mi habitación y ahora esperaba fuera a seguir el viaje. No sé cómo sería posible, claro. Así son los sueños, ¿no?


Comodoro Rivadavia es una extraña ciudad, sin encanto para el viajero, pero indudablemente activa. Es la capital argentina del petróleo. Los camiones ya circulan, o tal vez no dejaron de hacerlo. El puerto, visible apenas en la penumbra, también ofrece movimiento. Ya hay mucha gente por las calles. Las aceras bullen. El hotel es triste, feo, de batalla. Apesta a pintura reciente, pero sigue pareciendo –siendo- viejo. Desayunamos apresuradamente unas empanadas de carne y verduras en la barra de la cafetería. Recalentadas y desabridas como todo el establecimiento, al menos están calientes, como el café.

Cuando llegan las tres combis, como llaman aquí a los minibuses, ya llevamos un buen rato esperándolos con el equipaje en la recepción y las cuentas resueltas. La mítica Ruta 40 nos espera, pero antes cruzaremos desde la costa este hacia el interior por la Ruta 26, y pararemos a visitar el Bosque petrificado de Sarmiento.

Hasta Comodoro vinimos en un autocar, pero las carreteras que nos esperan no admiten ese tamaño, como comprobaremos pronto. Apresuradamente y con toda intención, abordamos la más nueva. Las gomas dejarán entrar menos polvo y la suspensión será algo mejor, cabe esperar. El ripio amenaza. Como siempre, el cambio de vehículos genera carreras, reserva de sitios, gente al acecho de los asientos y algunos viajeros descolocados o rezagados que no encuentran dónde ubicarse a su gusto. Surgen las disputas por las plazas de delante, las ventanillas o el acomodo de grupos de amigos. Unos se ocupan del equipaje y otros de la captura del puesto ideal. Tras una porfía de media hora, aparentemente todos han encontrado su sitio, pero no todos están igual de satisfechos.

Una de las combis ostenta un orgulloso rótulo en una de las puertas traseras: Las Malvinas son argentinas. Los conductores nos observan, entre curiosos y displicentes. Solo somos un grupo de locos a los que hay que llevar hasta Calafate por carretera, en lugar de tomar un avión como hacen casi todos. Para ellos el trayecto es mero trabajo. Rutina.

Hacia la meseta interior, nos encontramos centenares de las icónicas bombas de petróleo de émbolo. Están por todas partes. Ocupan a veces pequeñas plataformas excavadas en las laderas; en los llanos, comparten espacio con el escaso ganado. En un intento por hacerlas alegres, las pintan de colores vivos, pero siempre combinados con negro: rojo sangre, verde pistacho, amarillo chillón.  Parecen gallinas picoteando sin parar. Recuerdo entonces a mi pingüino ¿Qué haría aquí? Pobre. 

La carretera atraviesa una cadena de colinas, con subidas y bajadas largas pero suaves. Pronto llegamos a la inmensa llanura. Transcurrida una hora, vislumbramos por un instante -maldigo por no llevar la cámara preparada- apenas al único gaucho aparentemente genuino que tendremos ocasión de admirar. Porque no volveremos a encontrarnos con aquella estampa en todo el viaje. Quiere decirse un hombre trabajando en el campo, no alguien vestido de gaucho que atiende al turista. Canónico él, lleva puesta su boina vasca, su pañuelo de cuello y va fumando, soltando sus vaharadas; le acompaña además la llamada “tropilla”, a saber, tres perros y su caballo. Cabalga lentamente, como dicen tangos, milongas y chamamés que ha de ser, y lo hace bordeando por dentro la alambrada que limita con la carretera; seguramente la está revisando. En absoluta soledad salvo por sus animales, está lejos de cualquier sitio. Es una postal, un folleto publicitario. Existen.

Cristóbal Repetto y su tema Puestero soy acuden inmediatamente a la memoria. De hecho, una nutrida banda sonora seleccionada para este viaje me hace compañía de vez en cuando en los auriculares:  Gardel, Goyeneche, Vitale, Gotan Project, Mulaya, Varela, Santaolalla, Repetto, Piazzola, Larralde y muchos más. Un pingüino en mi ascensor no entraba en los planes. 

Hay un solo pueblo entre Comodoro y Sarmiento. Cerro Dragón es en realidad una base petrolera. Aparte de los inmensos depósitos y el tráfico pesado que genera hacia la costa, nada ofrece de interés salvo un aire de pueblo límite, de frontera, de aluvión. El antiguo oeste en el siglo XXI. Los comercios son escasos, impersonales, insulsos.  Todo resulta triste y árido. Las calles están desiertas, son anchas y las bate el viento. Vivir aquí no parece tener grandes alicientes. Ni pequeños. En realidad, debe ser atroz.

Desde que lo dejamos atrás, el poco tráfico que traíamos desaparece. El camino es largo y monótono. Atravesamos la llanura por una carretera estrecha de grandes rectas. Solo de vez en cuando surgen algunas ondulaciones y curvas. Nos flanquean constantemente las cercas, tres hilos de alambre de espinos sujetas por estacas de madera.  El viento arrastra el polvo, que cruza la carretera y agita el parco matorral, que es bajo, ralo y grisáceo. Los coirenes se parecen al esparto, fibrosos y ásperos, como todo allí. Los guanacos son los únicos que comparten con nosotros la planicie desolada. Solo junto a los escasos cursos de agua hay algo de verdor y ganado. Vacas de raza Hereford, siempre vistosas, tan rojas y blancas; y algunas ovejas merinas, muy cargadas de lana. “No es sitio para un pingüino” me convenzo.

La población de Sarmiento surge finalmente ante nuestros ojos, aunque sólo paramos un momento para hacer uso del baño en una gasolinera. Los carteles del lugar anuncian Súper Choripán qué rico y una Gomería-Lubricentro. Es evidente que allí sí hay agua, porque los rebaños son grandes y el verde sustituye temporalmente al gris. Incluso hay árboles.

Hacia el Bosque petrificado, el asfalto acaba pronto. Llega el ripio, la grava. De momento solo nos acompañará en esta visita, pero cuando alcancemos la Ruta 40 será una constante. Hay quien se queja. A otros nos encanta. A esto veníamos. Una carretera sin nadie y un paisaje inabarcable durante horas. Pero no como figura retórica. La vista se pierde de nuevo, aunque el terreno es aquí más escarpado y el camino irregular. La grava y la estela de polvo obliga a las combis a espaciarse. Sortean los baches, eligen cuidadosamente el lado de la carretera menos pedregoso, y de vez en cuando, dan un tremendo frenazo para atravesar lo que llaman guardaganados, los pasos canadienses. La grava rebota constantemente en los bajos del vehículo, y solo entonces me doy cuenta de por qué casi todos llevan el parabrisas quebrado. A nuestros lados van surgiendo formaciones de estratos en las pequeñas lomas.



El camino al bosque es un terreno casi lunar, pero aún lo es más el propio yacimiento. Entre una nube, aparcamos. Un vídeo explicativo y un vistazo al pequeño museo sirven de aperitivo. Al entrar por fin, nos previenen muy sonrientes de que a la salida hay cacheos para evitar que salgan de allí piedras como recuerdos. Los viajeros nos miramos, escépticos y un punto divertidos. 



Hay que llamarlo bosque porque lo fue. Pero ya no hay ni un árbol. Apenas alguna planta. Lomas peladas, torrenteras secas y pedregosas, líneas de horizonte y franjas del terreno con los colores de la gama del albero, del ocre y del granate, piedras, vetas rotas, tierra pobre, eso es todo. Árido, seco, desnudo, muerto. Sobrecogedor. Recorremos la senda marcada, de la que no hay que salirse, y comienzan a aparecer los primeros ejemplares de troncos fosilizados. Al principio son escasos, luego se vuelven abrumadores y masivos. Decenas de árboles petrificados caídos por doquier. De las pequeñas colinas sobresalen tocones estériles. Y millones de fragmentos esparcidos por todas partes, guardando los colores de la antigua madera: pajizo, amarillo, dorado, ocre, teja, vino, sangre, tostado. Algunos sitios parecen el suelo de una serrería, lleno de virutas y serrín, pero son lajas y gravilla; fueron madera, son piedra.
El recorrido nos permite ver de cerca los Cerros colorados, en cuyos estratos algunos tonos rojizos parecen pintados a mano. Las cámaras de fotos no cesan de sonar, ni la gente de posar. Quien más quien menos, toca los árboles o recoge algunas virutas, y unas cuantas acaban en los bolsillos pese a las advertencias. Hace calor, el sol está en lo más alto y el viento de la carretera aquí no aparece por ningún sitio. Las gorras, los pantalones cortos, los pareos, las cremas solares, las gafas de sol, las botellitas de agua y hasta alguna sombrilla convierten la estampa en un prospecto turístico. “Visite el Bosque petrificado de Sarmiento”. Los más lentos van quedando atrás, y los guías les indican atajos para regresar. Me pierdo tan lejos como soy capaz sin perder de vista al resto, por si acaso. Sólo una mujer sigue mis pasos. Nos miramos con una sonrisa cómplice, pero cada uno sigue a lo suyo, con los sentidos enfocados al paisaje brutal, a la aridez violenta, a los mudos troncos clavados, a los colores feroces, al calor, a escuchar el silencio, a tomar fotos que atestigüen vanamente el asombro del momento. El viajero atento debe concentrarse en muchas cosas para construir sus recuerdos.




A la salida, nadie nos cachea, obviamente. Aguardamos a los rezagados charlando en el porche del pequeño museo. La encargada nos señala una vistosa planta que crece junto al edificio. Es un calafate, que tanto nos va a acompañar desde entonces. Una planta arisca, dura y bella, llena de pinchos, con hojas de un intenso verde y flores luminosamente amarillas, más todavía en medio de tanto color pardusco; el fruto parece un arándano, morado y esférico. Nos ofrece algunos y descubrimos su dulzura, pero también su capacidad de tinción. Nos enseñamos las lenguas azules, como los legionarios tramposos de Astérix. Las minúsculas semillas viajarán en mi maleta.

  - Dicen que quien come calafate volverá o se quedará en Patagonia -nos asegura la         mujer-. 
   - Amén – respondo en voz alta y casi todos ríen y asienten.

¿Comerán los frutos del calafate los pingüinos? Tendría que haberlo preguntado. El camino de vuelta nos adormece. El golpeteo de los guijarros en los bajos, el viento lateral, el calor en los vehículos y el traqueteo nos arrullan mientras bajamos hacia el valle. La mañana ha sido muy larga.

Comemos en Sarmiento, en un Restaurante-Parrilla, frente a la Veterinaria La Yunta y a la Gomería Avenida, de las que nos separa una calle tan amplia y vacía como el paisaje. Es un local pequeño, familiar, donde tardan mucho en servir. Allí no hay prisas, allí se para a descansar, a comer y a beber con calma. Un hule de espirales psicodélicas y una Quilmes helada acompañan la espera. Un pollo escaso, aunque gustoso, acompañado de verdura y de otra cerveza de nombre evocador -Otromundo- completan un magro menú. Antes de salir, las combis repostan en una gasolinera que ostenta un viejo rótulo: Estación Caminera de Sarmiento.

Un cartel junto a la oficina llama mi atención. “Sin casco no hay nafta”. Anuncia a los motoristas el uso obligatorio del casco. Parece eficaz, si es que se cumple. La población ofrece comercios sacados del siglo pasado, o de una película de carretera del Hollywood de los 50, salvo que los carteles están en español. Los ultramarinos son aquí multirrubros y venden, como ha de ser, de todo: té, yerba, mate, bombillas, termos, sombreros, diarios, helados... Alguno aparece más cerrado que abierto, otro impacta con su fachada amarillo chillón y los logotipos de las marcas pintadas a mano. Parece que tienen tiempo para entretenerse en ello. Hay más, un estilista unisex -fachada rosa-, un ciberkiosko con fotocopiadora -blanco y azul-, la regalería ofrece golosinas, jugos y bebidas –verde pistacho-, para culminar en el Pub y confitería Molino Rojo –obvio-. A su puerta, una camioneta Ford de los setenta, desvencijada, completa una foto excelente. Hay farmacia también, pero no aporta sabor al guiso. 

La tarde se anuncia semejante a la mañana. De Sarmiento a Perito Moreno, donde dormiremos, hay muchos kilómetros. Encontramos señales en forma de rombo amarillo con la silueta negra de un guanaco, advirtiendo. Recuerdo las que había en Punta Tombo, iguales, pero con un pingüino. ¿Qué habrá sido del nuestro? 

A ratos aburre y a ratos entusiasma estar, sentirse, exacta pero difusamente en ningún sitio. Casi todos dormitan. Yo sigo atento a la nada. Qué manías. Tras dos horas largas de ruta en las que solo nos cruzamos un viejo camión, llegamos por fin al cruce con la ansiada Ruta 40, en un extraño enlace con una isleta triangular, en cuyo centro están los rojos altarcitos ornados con banderines rojos y velas dedicados a la historia del gauchito Gil y la difunta Correa, que uno encuentra a lo largo de todas las carreteras argentinas. Aparte de aquello, el sitio es el paradigma de aquel paisaje. Deshabitado e inhabitable. Una encrucijada inhumana. Paramos no obstante para estirar las piernas. La guía reparte algunas botellas de un agua que nunca estuvo fría y nos anuncia que nos incorporamos allí por fin a la famosa Ruta 40. Al frente se adivinan los Andes. Apenas el tiempo de un cigarrillo para los fumadores y un mínimo paseo para los demás. Cada uno se desentumece como puede.

- Madre mía, esto sí que es soledad – reflexiona en voz alta la mujer con la que coincidí en el bosque petrificado.
-Desde luego. Si alguien la busca, este es un buen sitio.



Me sonríe. Nos subimos de nuevo urgidos por los conductores. Aún falta un buen trecho. Unos metros más allá, los vehículos se detienen obedientes ante la inútil señal que dice “Pare”, inexplicable en una desolación como aquella. Dejamos el asfalto y nos sumergimos sin remedio y para un par de días en el ripio, el polvo y el ruido con la Cueva de las manos como parada ineludible. 

De reojo, creo ver una figura blanca y negra que, bamboleándose, trata de caminar torpemente hacia nosotros, pero se queda atrás, en la isleta. A solas.

miércoles, 31 de enero de 2018

MISTRAS: ¡ESTO ES (LO QUE QUEDA DE) ESPARTA!



Mistrás (o Mistras o Mistra) está a escasos ocho kilómetros de la actual Esparta, donde hay poco que ver. Laconia, y su estricta frugalidad, hasta en palabras – lacónico- hicieron de la antigua Esparta una ciudad de escasa monumentalidad. Ya de antiguo se decía que, visitando sus ruinas, nadie sospecharía cuán poderosa fue. La estatua de Leónidas (me gusta más la del decepcionante paso de las Termópilas) y su mausoleo, así como un Museo Arqueológico digno, pero que contiene más piezas romanas que griegas, es casi todo lo visitable. Por el contrario, creada por decreto en tiempos del rey Otón, impuesto por los occidentales para arrebatar Grecia al dominio otomano, la actual Esparta es una ciudad singular en su urbanismo, ya que está trazada racionalmente, en cuadrícula, y dotada de amplias avenidas y largas y rectas calles, algo inusitado en el país.

Mistrás, en cambio, es formidable. La fortaleza fue creada por los francos como punto de anclaje camino de las cruzadas y reactivada por los bizantinos. El Déspota era hijo o hermano del rey. Tanta importancia tuvo, que fue el último bastión de su poder tras la caída de Constantinopla, y se mantuvo como complejo monacal y como sede del despotado de Morea. Creada la nueva Esparta, toda la población fue obligada a abandonar Mistrás y a habitar la ciudad. Desde entonces, casi nadie vive en Mistrás. Actualmente solo lo hace  un pequeño núcleo de monjas en el convento de Pantanassa.



Subir hasta lo más alto del castillo permite asomarse al Taigeto desde el bastión. El Taigeto es el monte desde el que se supone que los espartanos arrojaban a las criaturas que no les parecían suficientemente fuertes para combatir, tras un baño ritual en vino. Desaparecido su poder hacía siglos, aún los romanos valoraban en mucho la educación espartana, y se tomaban como modelo de ciertas prácticas altamente pedagógicas, inclusivas y amables. En fin… O tempora, o mores.



Mistrás recibió atención durante el romanticismo, como sede que fue de cierta escuela de pensamiento precursora del Renacimiento y como un elemento muy adecuado para la mística romántica: ruinas y enredaderas, viejos edificios que albergaban gente campesina de antiguas tradiciones –orientales en cierta medida-, evocaciones bizantinas – aún se ven las águilas bicéfalas por algún lado-, cruzados, y guerreros griegos. Era el momento de ensalzar lo griego –lo clásico- como oposición al Imperio turco.



Pantanassa es poco más que una sucesión de celdas y una pequeña iglesia con un amplio surtido de exvotos y unos frescos notables. Las monjas se muestran esquivas, no así los abundantes gatos que se acercan mimosos a ver qué sacan al incauto viajero. Todo está monacalmente limpio, ordenado, requetepintado, en chocante contraste con el resto, casi todo hecho una ruina.



El palacio del Déspota –debe ser el único lugar donde a uno le agradaría que se lo llamaran- estaba en obras cuando visitamos el complejo. Las iglesias, San Teodoro, Afendiko, Santa Sofía y varias más, son bizantinas y no tienen gran contenido, pero me son muy gratas con esos frescos tan recargados, en los que no queda centímetro cuadrado libre. Bizancio y el abigarramiento sería un buen título para un estudio de su arte. Todo el recinto destila calma. En primavera, los espacios entre las ruinas se llenan de flores y los almendros que hay por aquí y por allá, ofrecen algo de alegría entre tanta paz. Los gatos te siguen, la hierba crece altísima. Si hay la ocasión de pararse y asomarse al valle, se ven los innumerables olivos y un verdor que te hace recordar que Arcadia a la que pertenece Laconia, es sinónimo de esto: fertilidad, exuberancia, felicidad, calma.



Muy cerca, con uno de esos contrastes tan griegos, comienza Mani (léase a Leigh Fermor) y su agrio y agreste carácter: gente dura, como los espartanos, altas torres guerreras y paisaje áspero. Pero esa es otra historia.


jueves, 4 de enero de 2018

LOS CAMELLOS (DROMEDARIOS) DE LA INDIA


Usaré "camellos" aunque en realidad sean dromedarios, porque me rindo a la cruda realidad: casi todo el mundo piensa en un dromedario cuando dice camello.
La población mundial de camellos crece. Por el contrario, en la India –que tuvo la tercera población en número- ha bajado sustancialmente en los últimos años. Originarios en su mayoría de los desiertos del Thar, en Rajastán y Gujarat, y adaptados a un clima que les es propicio, varias razones impulsan su declive. La progresiva urbanización y la consiguiente presión en tierras de labranza y pastos, así como la motorización agrícola, lenta pero imparable, ha hecho a los camellos innecesarios y ha reducido sus áreas naturales de hábitat. Como se ve, una situación parecida a la que ocurrió en España en los 50 y 60 respecto al uso del caballo y el burro. 

Pero asuntos cruciales relacionados con el manejo tradicional y la comercialización también han cambiado. Antaño, algunas comunidades (Raibhari y Raikha) tenían encomendada la salvaguarda de la pureza de las razas, prohibiendo la venta de hembras fuera de su demarcación (como se hacía también con las yeguadas reales en España). Para estos pastores tradicionales los camellos son de la familia. Casi como las vacas para los Hindi. No comen su carne, a diferencia de los pastores de camellos de África o medio oriente. Solo sirven para el trabajo (tiro y monta, también parecido al caballo) aunque sí consumen algo de leche, que el resto de los indios no aprecian. Eso conduce a su propia destrucción por favorecer la desaparición de su modo de vida. 


Los censos que publican algunas organizaciones de protección del camello, u organismos oficiales, revelan una caída espectacular desde el año 2000. A finales de los noventa se contaban setecientos mil ejemplares. Sin embargo, en 2015 la estimación era de tan solo trescientos mil, de los cuales dos tercios estarían en Rajastán y el resto en Gujarat, con minúsculos núcleos en otras zonas, siempre surtidos a partir de las poblaciones originales. Considerando la fisiología reproductiva de los camellos, que les hace madurar sexualmente a los 4 años, tener partos cada dos años y medio, y una vida media de veinte, la situación no parece alentadora. 
Fuera de sus zonas de origen y cría, los camellos han sido destinados a sacrificios -legales o ilegales- para obtener carne, cuero o huesos, y algunas centenas a usos recreativos, deportivos o turísticos. 


Su empleo como reclamo turístico en zonas del centro y sur (Uttar Pradesh, Karnataka) está lejos de ser el adecuado debido a sobrecargas, uso exhaustivo, desatención, malas condiciones de manejo, etc. Menos aun considerando que fuera de su hábitat desértico (clima, suelos, plantas) al que tan bien adaptados están, y trasladados a climas húmedos, sufren enfermedades asociadas, por ejemplo, a las temporadas de monzón que no se dan en el árido noroeste indio. Es el caso del carbunco bacteridiano (ántrax), tripanosomosis (especialmente grave en ellos) y otras hemoprotozoosis, e incluso rabia. Las lesiones podales debidas al terreno húmedo son muy frecuentes, como lo son también las ectoparasitosis y otras enfermedades cutáneas, las diarreas y las artritis. Aparentemente, y aunque pueda sonar paradójico, tampoco la dieta (que debería ser más rica en realidad) en zonas húmedas, les es favorable –ni reciben la suficiente-, como no parece serlo el clima caluroso pero húmedo de estas áreas.

En cuanto al sacrificio para carne, presenta varias aristas. El sacrificio ritual en fiestas religiosas musulmanas era tradicional, pero en los últimos años, son muy pocas las ocasiones en las que se sacrifican camellos. Tamil Nadu, Chennai (antigua Madrás) y otras administraciones lo han prohibido.
La carne de camello se consume asiduamente en otros lugares (Australia, Oriente Medio, Golfo Pérsico, Maghreb; recuérdense los camélidos sudamericanos como la llama, vicuña, guanaco o la alpaca). Semejante a la cecina o el tasajo, la pastirma está hecha a base de carne de camello fundamentalmente (las hay también de búfalo, oveja o cabra). En Australia, la carne de camello –más fibrosa y seca- se consume de igual forma que la de vaca. En India no es así. Una de las carencias que impide que este aprovechamiento pueda llevarse a cabo de forma racional es la falta de mataderos adaptados. Más aún, los existentes, pertenecen mayoritariamente a musulmanes, creando una nueva línea de tensión entre las comunidades hindi y musulmana. En los últimos años proliferó una cierta industria cárnica en zonas de Andhra Pradesh (centro), particularmente en la ciudad de Hyderabad, o Bengala occidental (noreste) y algunos estados del sur, como Karnataka, Kerala o Tamil Nadu. Algo parecido a lo sucedido en esos años con las vacas, que eran vendidas por sus dueños hinduistas a comerciantes musulmanes cuando ya eran viejas (véase Vacas no tan sagradas y Breve apostilla). Tanto los conservacionistas como las autoridades religiosas hindúes clamaban contra estas prácticas, tanto porque consideran que en el caso del camello el transporte se hace andando enormes distancias sin reparar en el sufrimiento de los animales en un terreno para el que sus almohadillas no están adaptadas, como porque a veces el sacrificio se hace en forma ritual (Halal) en lugares inapropiados, a la vista del público o en la calle, lo que, a su juicio, impide cualquier garantía sanitaria además de resultar una ofensa a los no musulmanes.
(Paradójicamente, en un país con grandes carencias de aportes proteicos en la dieta, las vacas, cuya población es inmensa, y los camellos, no se consumen. Lo cual genera, además de contradicciones, graves problemas, como el de los camellos, cuya supervivencia, si no son consumidos, peligra. Paradoja sobre paradoja.)

Tras muchos años de debate, en los que los conservacionistas abogaban por la simple prohibición de la salida de los camellos de Rajastán, pero otros actores, como por ejemplo los criadores, requerían un negocio viable, Rajastán prohibió tanto la salida como el sacrificio de los camellos de su territorio en 2015. El camello fue declarado animal oficial del estado y especie en peligro, al considerar que quedaban menos de 200000 individuos (a su vez, Karnataka, en el sur, prohibió su entrada; Mumbay también). Esta disposición legal dejaba a los camellos en un grado de protección similar al de las vacas, lo que es mucho decir. Incluía a cambio la promoción del consumo de leche de camella –pura teoría-. En 2017, y pese a sus pésimos resultados, la prohibición de sacrificio, tanto de camellos como de vacas, se hizo extensivo a nivel nacional.
Ha sucedido lo contrario a lo pretendido. En lugar de mejorar la situación de declive, ahora ya no sirven ni para venderse hacia el exterior. La mitad de los recién nacidos –los machos- no sirven para nada, su carne no puede aprovecharse. Y además está prohibido castrarlos. Lucharán por las hembras en celo, y solo se necesita un macho por cada 200 hembras. ¿Para qué criarlos? Y la leche de las hembras no funciona bien comercialmente. ¿De qué vivir? Están condenados a desaparecer. Más aún: al no poder venderlos para carne, trafican con ellos furtivamente, enviándolos de forma ilegal a otros estados –vía cerrada desde la reciente prohibición a nivel nacional-, a Pakistán o incluso a Bangladesh.

¿Hay algún futuro? ¿Hay otros usos o aprovechamientos? ¿Son rentables o pueden serlo?

A la leche de camella se le asignan algunas virtudes medicinales, como que cura la malaria, o que es afrodisiaca. Pero incluso se ha dicho –y creído- que ayuda a los niños autistas, generando una polémica y un comercio nada serios. Más fundadamente, se le señalan propiedades antidiabéticas –tiene un alto contenido en insulina- y una mayor digestibilidad asociada a su menor contenido en grasa que la de vaca o búfala. 

Dejando esto aparte, su simple consumo alimenticio ha tenido oposición por parte de algunas autoridades sanitarias, más debido a su difícil control sanitario en la cadena de higienización (sistemas tradicionales de ordeño, falta de plantas adaptadas, valores de referencia, etc., algo parecido a lo que sucedía con la de cabra en Europa) que a que tenga riesgo alguno per se. La administración no apostó por fortalecer el consumo de esta leche y el mercado, por sí solo, no ha despegado hasta ahora. Las lecherías no compran leche de camella salvo en situaciones de emergencia, y el pago se basa en el contenido de grasa, de la que es muy baja, así que no es rentable en modo alguno. Una tenue luz acaba de aparecer al haber decidido una gran industria incorporarla en sus chocolates. 
Se mencionan ocho razas de camellos indios: Jaisalmeri, Bikaneri, Sindhi, Kutchi, Marwari, Jalori, Mewari y Sekawati. En algunos textos se citan otras dos: Nachna, y Kharai. Mewari es la de mejor producción lechera (7-8 litros/día frente a 4-5 de los otros). El Consejo Nacional para la Investigación sobre el Camello de Bikaner tiene una planta lechera experimental y desarrolla un interesante programa de reproducción asistida con transferencia de embriones y ovulaciones inducidas, tratando de generar índices reproductivos y productivos mejores. Incluso una incipiente industria cosmética basada en la leche de camella trata también de aportar alternativas. Curiosamente, los movimientos proteccionistas ven estas iniciativas con preocupación, al considerar que conducirán a una ganadería intensiva del camello, y toman Australia o EEUU como ejemplos negativos al respecto. 


Hay otros aprovechamientos, como el hueso, utilizado como sustituto del marfil, lo cual tiene firmes detractores; o la lana, que, mezclada con lana de oveja o seda, rinde buenos resultados. La lana de camello se usa en Rajastán para elaborar alfombras, ropa, sombreros… Como en las vacas, también la bosta puede aprovecharse como combustible o abono, pero también se obtiene de ella papel, y existe una industria que lo manufactura. Las conocidas flatulencias del camello también apuntan a un posible aprovechamiento en forma de biogás, pero esto parece muy lejano y difícil. No sé si suena atractivo escribir en papel de bosta de camello mientras uno se calienta con un brasero alimentado por el mismo material. ¿Olerá a rayos?


Y otros usos. Los camellos toman parte en competiciones específicas. Hay carreras en el noroeste de India, pero son especialmente famosas las de oriente medio y Australia. También hay en la India ferias, algunas gigantescas, como la de Pushkar (solo camello), Sonepur, Jaisalmer, Sanganer (dedicada al burro), Bikaner o Nagaur, que congregan miles de ovejas, cabras, vacas, caballos y camellos. Incluso algún elefante es vendido allí. Pero junto con la compraventa, lo que más abunda son las exhibiciones, carreras (de camellos, de elefantes, de burros), peleas de gallos (ilegales), polo a camello, doma (en ocasiones se les enseña a caminar casi como un Lipizzano), danzas sobre ellos, concursos estéticos (que comprenden la valoración del enjaezado y esquilas decorativas con motivos geométricos y vegetales que incluso se tiñen). Añádase gastronomía, guarnicionería y marroquinería (sombreros, cinturones, mochilas, cuencos, fundas, decoración de murales, asientos…), zapatería (babuchas), botonería (de hueso), obtenidas o basadas en el camello. De hecho, su cuero se considera más resistente que el de vaca. Afortunadamente, en India no existen las peleas de camellos que pueden aun verse en Turquía o Afganistán.


Históricamente, el camello ha sido también un arma. El visionario Maharajá Ganga Singh creó un cuerpo especial sobre la base de los guerreros a camello de las tribus del Rajastán. Todavía se encuentran en algunos palacios fotos y equipo de las últimas acciones de las unidades de camelleros de Bikaner y Jaisalmer contra los turcos desde el Egipto británico en la Primera Guerra Mundial. Y aún quedan unidades militares a camello. Desfilan en las celebraciones de la Independencia de la India y participan en patrullas en las fronteras con Pakistán. Según parece, son baratos de comprar y mantener, pero no son muy dóciles ni tan inteligentes como los caballos, de forma que su entrenamiento ha de ser constante y no suelen dejarse sueltos en ninguna circunstancia, especialmente si hay hembras en celo en las cercanías, lo que los hace muy violentos (es la base, precisamente, de las peleas de camellos).


Pero, en realidad, son aun animales de utilidad. Sirven todavía como animales de tiro (para arar la tierra, tirar de carros e incluso de autobuses escolares), de carga (con inmensas albardas para, por ejemplo, el algodón) y de monta. Uso este que, adaptado a fines turísticos, parece una de las salidas viables a través de lo que llaman safaris y que no son sino recorridos de varios días en camello vivaqueando en parajes naturales, similares a los que se ofrecen en España a caballo. También toman parte, junto con elefantes y caballos, en preciosas paradas religiosas e incluso en las procesiones nupciales. Eso y los cortos paseos ofrecidos al turista en los alrededores de Jaisalmer o Bikaner son, seguramente, parte del futuro de estos animales, como lo ha sido para los equinos en otros lugares. De ese futuro forma parte inexcusablemente que se regulen las condiciones de tenencia y manejo de los animales, horarios, cargas, distancias, etc. Bienestar animal, vaya.


Tuve la suerte de verlos, y montarlos, cerca de Bikaner, y creo sinceramente que ese será su futuro. O no será. Si no se los comen, como nosotros no comemos –apenas- caballo, al menos deberán aprovecharse su uso recreativo, su leche y su lana, así como el cuero, estiércol o huesos como subproductos.