sábado, 4 de julio de 2015

SAMAIPATA Y EL FUERTE. CARRETERA, MANTA Y MARAVILLA


Tras una semana de trabajo, queda un hueco y lo aprovechas a costa del sueño, de embutir las cosas en la maleta a toda prisa y de salir hacia el aeropuerto a la carrera. Desde Santa Cruz de la Sierra hasta Samaipata son 120 kilómetros y tres horas de coche. ¡Qué tres horas¡ Y la vuelta.

Santa Cruz tiene un apreciable centro porticado, de aire colonial y comercio minorista bullicioso, aún repartido por gremios -colchonerías, todas juntas; ópticas, lado a lado; artesanías, agrupadas). Pero con mucho, lo más notable es el mercado. ¡Mira que dejarme la cámara! Un mercado de verdad, con sus puestos para comer, embaldosados en blanco y guardados por celosas buscadoras de clientes que tratan de endosarte sus guisos. Al lado, las canales, los mondongos, las lenguas, los corazones, los cortes, las cabezas… y sus responsables, dotados de un espantamoscas que agitan con indolencia. Menudo festín múscido. También mucha fruta, duraznos, mangos, pomelos, mandarinas gigantescas, sandías, limas de olor intensísimo (a lavavajillas, tal es la asociación de ese olor), plátanos guineos deliciosos, brócoli monstruoso, yuca, tomates, lechugas, pimientos y sus variantes picantes, frijoles y parientes, zanahorias, variedad de maíces, de papas… mucha, mucha verdura. Y muchas desconocidas o cuyos nombres no recuerdo, disculpadme amigos que me las describíais. Buen mercado.

La salida de Santa Cruz ya no tiene tanto encanto. Los cinturones de amplias avenidas y edificios nuevos e impresionantes (los “periféricos”) se van diluyendo hasta llegar a zonas rurales, con canales para encauzar las crecidas del Piraí, viviendas más y más escasas, industria… y, por fin, el campo.
Pronto tomamos la carretera que va hacia Sucre, y la cosa se va animando. Los tramos difíciles van apareciendo con mayor frecuencia, algunos camiones enormes cruzan o son rebasados y hay derrumbes, obras o baches. Pero se deja tratar, no es para tanto. Subimos.
Llegamos al retén de Angostura y allí hay que parar en un control. Unas mujeres venden calabazas gigantescas y refrescos. Compramos dulces.
 

Desde aquí, la subida se pronuncia y el paisaje cambia de los llanos ganaderos y agrícolas a zonas más boscosas y densas. Y tanto. El asfalto se cuartea, los márgenes son peores y las vistas mejores.

La carretera número 7 nos permite parar en la confluencia del Piraí con uno de sus afluentes y ser sorprendidos por una nube de mariposas doradas mientras nos extasiamos admirando el paisaje. Arriba, unos zopilotes sobrevuelan. ¡Quita, bicho…!



  
Estamos cerca de Barcelona. Tiene guasa. ¡Ah! Y de La Higuera, admiradores del Che. ¿Subiría él esta carretera en su día?


En el camino hemos dejado las cataratas de Cuevas, tremendas; las veremos a la vuelta. También las vides de un viticultura de la que los italianos llaman “eroica” (sin hache, en italiano) por la pendiente que impide su mecanización. Los italianos…
Seguimos ascendiendo y la vegetación comienza a ralear un poco. Las montañas que nos rodean están cortadas a pico y comentamos lo riquísimas en vida que deben ser las cimas de estos promontorios. Seguro que estamos a unos cientos de metros de especies no descritas. En fin, en otra vida será. 

Llegamos al fin a la explanada del Fuerte, unos kilómetros antes de Samaipata. Hace frío. Los pardillos que no íbamos preparados para ello más que con los avíos de una semana de curso, lo notamos. La guía, Karina, excepcional, lleva un estupendo forro polar. A moverse o cascamos. Hay un bien pensado camino que rodea la montaña antes de llegar al monumento. Eso permite apreciar en su valor un punto geográfico de enorme interés, ya que estamos en un vértice en el que confluyen la amazonía, que se ve al frente y hacia la que marcha un corredor natural de denso arbolado, el chaco, cuyas llanuras casi alcanzan hasta aquí y que comienzan a muy poca distancia, y  los andes, a cuyas estribaciones pertenece esta altura en la que estamos. Son 1920 metros sobre el nivel del mar. Este punto estratégico fue poblado primero por los pueblos amazónicos, especialmente los Mojocoyas –locales- en defensa de sus vecinos peleones, los Chiriguanos. Más tarde, los incas lo convirtieron en capital de la zona para luego convertirse en asentamiento español (tambo y fuerte) ya que cubre y asegura la ruta que unía Asunción y resto del Paraguay, con Lima, ya en Perú. Un sitio muy aprovechado, vaya.


Las vistas desde los miradores que jalonan el circuito son sobrecogedoras; el sitio, indudablemente, es un hito. La densa arboleda del lado amazónico se va perdiendo hacia el llano, y, del otro lado, las cumbres lejanas se adivinan altísimas y peladas.

Pero falta lo mejor. Tras coronar  una cima, subes a un mirador de madera y entonces te da algo. Tienes delante toda una cumbre de roca oscura esculpida, como un enorme lomo de ballena saliendo del agua. Eso enmarcado en un circo montañoso que recuerda, me perdonen las comparaciones, al de Macchu Picchu.


En aquel peñón  sobrecogedor nos llaman la atención para que atendamos a lo que se llama el lomo de la serpiente (mucho lomo, sí). Es una estructura escavada en la roca, que hace zigzag y que se conoce como el dorso de la serpiente. Misión ritual y de captación de agua de lluvia, nos cuentan. También hay figuras de jaguar, puma y otro felino. Y el coro de los sacerdotes, un altar circular con siete hendiduras. Hay dos muros que se identifican como incas y un sinnúmero de pequeñas hornacinas de carácter probablemente funerario, algunas con doble jamba, las de mayor rango, según parece. Hay numerosas acanaladuras para recoger agua y otras para encajar en ellas las techumbres.


Una lástima que el cielo ande un poco cubierto. O no, esto es así.

Llegamos al templo de las sacristías, llamado así porque parece responder a una zona para los sacerdotes incas; aquí se ha reproducido el techado desaparecido en el resto del complejo, con una estructura de madera que sustenta una capa de adobe hecha a base de barro, estiércol y paja. Nos cuentan que en la argamasa de las paredes de las casas que veremos luego se emplearon como ingredientes secretos de su insultante durabilidad el guano y la albúmina de huevo, y a veces la sangre.


Después contemplamos las hileras de nichos que les siguen. Otra sorpresa es “la casa española”, descrita como de estilo árabe-andaluz en “U”. Tre-men-do.


De allí bajas hacia la Kancha, que es como aún hoy llaman al mercado por aquí (voy a la cancha) y origen del uso de la palabra para una zona de mercadeo, recreo, desfile, celebraciones, etc., como la del un campo-cancha de fútbol. Lo que aprende uno viajando. A su alrededor están las antiguas viviendas incas y el serrallo, sí amigos, aquí llamado allkahuasi, (no puedo dejar de asociarlo con alcahueta ¿a que sí? ).

Das la vuelta al complejo pasando entre otras edificaciones secundarias y llegas al lado de barlovento, batido pero bien batido, y la gorra vuela. Con razón habitaban el otro lado. Rebasas los últimos nichos mecido por una leve brisa que arranca el pelo (qué aireaditos debían estar estos muertos, y qué atronados los vivos), luego el segundo muro inca y bajas hacia el aparcamiento no sin notar que el camino es arenoso. Arena aquí, incongruente.


Comes en Samaipata, degustas la mostaza local, los pimientitos picantes, la carne de res, las papas… y una buena y enorme Huari bien helada. Y luego paseas las calles, admiras las casas (hay una que no logran vender, tiene fantasmas dicen, maravilloso), te fijas en la gente, visitas el museíto, recoleto él… Samaipata está aún en otro siglo, y eso lo aprecian mucho el holandés, el alemán, el italiano y el suizo propietarios de los figones donde se puede comer y en donde se concentran los escasos guiris que por allí campan. Pocos, pocos, pocos.  Qué gustazo. Palabra de guiri.






martes, 9 de junio de 2015

LOS ÁRABES DEL MAR, DE JORDI ESTEVA. SIMBAD REDIVIVO.

Los árabes del mar escrito por Jordi Esteva es uno de los libros mas fascinantes que he leído. El autor persigue los lugares en los que los antiguos capitanes árabes se enseñoreaban del mar Índico en su zona Occidental. Aparte de otras muchas consideraciones, este libro describe sitios de ensueño que uno reconoce de los libros de Simbad el marino, y que van desde la India hasta Mascate pasando por Zanzíbar, Madagascar, Lamu, Paté, Adén, Socotra y otras muchas que suenan también a Salgari. Son también muchos los prodigios de aquellos remotos lugares que ahora el siglo XXI suenan incluso más exóticos e inalcanzables que en los textos clásicos por culpa del integrismo y las barbaridades que se siguen cometiendo el nombre de la religión. La civilización costera del Índico es pues una amalgama de elementos africanos, indios, árabes y persas como nos dicen acertadamente en la sinopsis. Y por supuesto, los barcos a los que se hace mención cada vez que se puede son los  shambuk-dhow los barcos de la edad de oro de los navegantes árabes.  La portada es uno de ellos, magnífico. Hay una frase que me taladró: “En este mundo sin ruido de motores…” ¿Existe realmente? Sería estupendo. Y poder ir y quedarse, más. Por alguna extraña razón, leí este libro arrullado por música argentina (Malena Muyala, Cristóbal Repetto, Gotan Project, Adriana Varela). ¿Algún psicoanalista en la sala?

Pero además de los lugares, son tantas las anécdotas que recoge el texto que da para varias tesis.  Cito algunas, pero como siempre, lo suyo y a lo que pretendo invitar con esta superficial reseña, es leerlo.

El curioso origen que se nos da del lenguado, un pez de reminiscencias bíblicas y llamado Musa (Moisés) por los árabes. La creencia de que un gato que no reaccione a la tercera no es un gato sino un yin, un espíritu. “... hierático como la diosa Bastet” (me recuerda a mi adoradora favorita de Sekhmet). Y lo bien que los gatos pueden llegar a vivir en sitios como Suakin, en la costa de Sudán, frente a la Meca. Ah, los gatos, tan apreciados por los árabes a diferencia de los perros, impuros. Hay un refrán árabe que dice “Quien vive con perros, acaba ladrando”. Vaya hombre, pues guau.
¿Y qué decir de la sorpresa que significa que un árabe baje a la playa desde el barco para hacer sus abluciones previas al rezo con arena ya que el agua de mar se considera impura? Los conceptos de horam y halal (ay, el halal en los mataderos, cuánto quebradero de cabeza para los veterinarios) y la noción, repetida en varias ocasiones de que en ese mundo se come despacio y en silencio. Es el té y la sobremesa el momento de socializar, pero comer es para uno mismo. Interesante. O que hay un rito por el cual uno bebe frases del Corán para sanarse. Sí, bebérselas, literalmente; precioso, ¿verdad? ¿Y que les resulte extraño ser llamados mahometanos y no musulmanes? En fin, qué suerte ser ignorante para admirarse leyendo.

¿Y el secreto de los monzones y la navegación condicionada por ellos? Parece que los romanos llegaron a la India tras haberlo aprendido, no sin esfuerzo y pérdidas.
Averiguar gracias a este libro la presunta responsabilidad de la viruela en que la Kaaba siga incólume; que el arcángel Gabriel, el de la Anunciación, claro que sí, también diese otra enorme revelación, pero en este caso nada menos que a Mahoma; que la moneda corriente durante mucho tiempo en la península arábiga fueran los ubicuos táleros de Maria Teresa; el amor hudrí (¿el único verdadero? hoy tengo una nostalgia de muerte); el mejor incienso del mundo, el de Zufar, donde encontramos también la tumba de Job; el origen de los árabes, de los suníes y chiíes; el café con cardamomo; el  país de Punt y los faraones; la puerta de Sumhuram, mágica; el signo árabe de la paciencia, tan “italiano”; la edad de oro de los marinos árabes, cuando el Índico era su Mare Nostrum, y navegaban desde Calicut en la India hasta Lamu, y Sumatra, y hasta incluso Cantón.
Saber, por ejemplo, que los tejados son territorio femenino, que los portugueses no dejaron buen recuerdo, incluido Vasco de Gama, con sus conquistas de Quiloa, Mombasa y otras muchas plazas. Y más cosas, muchas más, como enterrarse los náufragos en la arena una vez alcanzada la playa. ¿Para qué? ¡Pensad malditos! Os puede salvar la vida.


Termino, no quiero olvidar el mercado de Koño-Koño en Juba. ¡Ah, eso sí que es un nombre evocador!



jueves, 21 de mayo de 2015

MONTE POPA. MONOS, ESCALONES Y VISTAS DE IMPRESIÓN

El monte Popa tiene dos atractivos: de cerca y de lejos.
De lejos es un visión única, con un promontorio de paredes verticales en cuya cima hay un complejo de santuarios que parece un pastel, con sus dorados y blancos destacando sobre el verde y marrón de las laderas. Se ve desde kilómetros a la redonda.

De lejos


De cerca, la sede de los 37 “nats” tiene otra cifra para intimidar: 777 escalones hasta la cima. Y las paredes que parecían verticales desde lejos, lo son. Debe haber otras dos, no menos intimidatorias, que son el número de monos y el de sus excrementos, pero, la verdad, no los conté ni lo he encontrado en ningún sitio.
De cerca

El monte Popa está a tres cuartos de hora de Pagán, del que ya hablaremos y uno de los trucos es acudir primero al monte opuesto, donde desde un restaurante espectacular, hay una vista del monte Popa y la llanura circundante que lo es más. El río Ayeyarwady (o Irawady) se ve desde aquí y se verá luego desde el propio monte. “Fluía el Irawaddy inmenso y ocre” dice Orwell. Alabado sea.
Los nats son espíritus, y el culto a ellos es anterior al budismo. Son espíritus locales y por eso hay decenas de santuarios dedicados a alguno de ellos. En el monte Popa se les ofrecían sacrificios de animales, hasta que el astuto rey Anawratha (uno de los tres grandes de la historia birmana, ver Nay Pyi Taw) los prohibió en su afán de instaurar el budismo. Pero, para lograr vencer la oposición popular, se valió de una argucia: había 36 nats, hasta que este monarca creó uno nuevo basado en la deidad hindú de Indra, y que sería el rey de todos ellos. Eso sería bien acogido. Ah amigo, pero como Indra rinde pleitesía a Buda, ya estaba hecho: el rey de los nats era vasallo de Buda. Todos contentos.



Atentos a las spaghetti blouses

Visto lo visto, sacrificar animales, y concretamente monos, debió ser una costumbre quizá cruel, pero práctica. Me explico. Llegas allí, te quizás los zapatos y empiezas a subir escalones de baldosas de aspecto baratucho,  de hecho parece un muestrario, porque cada tramo es de un color y acabado, eso cuando no hay parches chapuceros en medio del descansillo o medio escalón de cada color. Las escaleras están la mayoría desportilladas y pobladas de innumerables puestecillos de recuerdos en los primeros tramos, así como de gente que se ocupa en limpiar un escalón concreto para que tú no te manches los pies allí y le dejes una propina. Puede que piques al principio, y de hecho los escalones bajos parecen estar muy disputados, pero pronto ves que no puede ser. El guía te recomienda que no pises si no vas a dejar propina, pero entonces aquello se vuelve imposible. En fin, que pasas como puedes mientras miras hacia arriba y ves tramos de escaleras progresivamente más empinados y más largos. Allí empiezan los puestos de aguadores. Ni pensarlo.

Entonces aparecen ellos a su aire. Ya has visto algunos monos por abajo, pero en los tramos medios y altos, se te acercan, entre curiosos y chulos. Me paré a fotografiar uno y casi me tira la cámara el muy hideputa, que se me vino a toda velocidad encima y me largó un manotazo furioso.

Con la lengua fuera, los pies enmerdados pese a toda precaución y buena vista a la hora de evitar las cagadas de los animalitos (y cualquiera otra porquería, que abunda, juro), y achicharrado bajo el tejado de zinc que cubre todo el trayecto, llegas arriba por fin.

Un pastel. Un verdadero, inmenso y recargadísimo pastel, lleno de figuras doradas, azulejos y baldosas de mil colores, coronas, banderas, capillas pintadas en colores chillones, y una sucesión de pequeñas plataformas, escaleras, templetes y pagoditas (nada que ver con la de Shwedagon). Un sitio extraño y curioso, pero nada zen. No hay un centímetro cuadrado sin cubrir, utilizar, pintar o decorar. Horror vacui.
En los templetes, figuras alineadas de los nats. Y mucha hucha para dejar ofrendas, que a veces se prenden de la ropa de las figuras. Y puedes hasta ganarte un jacobeo birmano, ya que por una pequeña suma, obtienes un certificado de haber estado allí. Por algo más de dinero puedes hacer que pongan una placa con tu nombre y origen, así como la cantidad donada. Un cachondo había hecho poner una que rezaba: Vasco da Gama, Portugal, 20 $ . En fin. La verdad es que  no iba a dejar veinte euros para una que dijera Cabeza de Vaca o Francisco Javier, así que…






Las vistas son inabarcables, pero el tiempo se va y hay que bajar. La bajada tiene su riesgo. Las baldosas, antes simplemente sucias, se revelan ahora resbaladizas. Hay que agarrarse al sólido pasamanos y cansarse también los brazos en prevención de caídas. Los putos monos – maldito sea Anawratha- se te acercan, y ahora parecen saber que tus manos no son tan libres como al subir. Afortunadamente, logramos pasar sin más apuros y llegar abajo incólumes. Toallitas para limpiarse los pies –los guiris, ya se sabe…-, y visto el monte Popa.

A la salida, un monje, con su ropa granate, nos sonríe y nos saluda. El guía traduce: espera que nos haya gustado, pero algunos llevamos ropa roja o negra, y eso incomoda  los nats. Mal asunto.
A buenas horas. Llevo la maldición encima desde entonces, menos mal que pisé alguna mierda, que trae suerte, dicen. Por compensar.