martes, 24 de febrero de 2015

NAY PYI TAW: EL VACÍO HECHO CIUDAD

Los circuitos turísticos raramente paran en la capital de Birmania, Nay Pyi Taw (o Naypyidó o Naypyidaw). Y no es de extrañar.

Naypyidaw es la capital desde 2005, siguiendo uno más de los muchos dictados caprichosos de la junta Militar que gobierna el país desde los 60. A modo de ejemplo clarificador, nos cuentan, y leemos después igualmente asombrados y corroborando el dislate, que el traslado principal a la nueva capital tuvo lugar a las 11 de la mañana del día 11 de Noviembre (mes undécimo), cuando un convoy militar de 1100 camiones desplazó a 11 batallones y 11 ministerios. El astrólogo personal del líder de la junta parece ser responsable de tan original iniciativa. Creo recordar que fue en 1989 cuando se emitieron, seguramente siguiendo criterios igualmente sólidos, billetes de 45 y 90 kyats, ambos alrededor del número 9, de gran importancia cabalística según parece (e inusitada comodidad de uso probablemente).

Sí, es un comienzo estrambótico, pero lo verdaderamente alucinante está por llegar.  La ciudad está dividida en sectores a algunos de los cuales está prohibido el acceso. Especialmente se impide el paso y mucho más las fotos en la zona militar donde se encuentra la residencia del jefe de la junta y, en lugar de un sambódromo, un desfilódromo (como el de Hanoi y tantos otros sitios altamente democráticos) junto al que se alzan las tres estatuas de los principales reyes de la historia birmana: Anawratha, Bayinnaung y Alaungpaya. Estas salen en los prospectos, pero no puede accederse o eso parece. Las zonas de viviendas tienen diversas categorías en función del nivel administrativo de quienes reciben la concesión, ya que, para facilitar la población de este engendro, la vivienda y otros servicios les son proporcionados por el gobierno. Hay también un área religiosa, ocupada estelarmente por una pagoda hecha a semejanza de la Shwedagon paya de Rangún, y que tiene exactamente la misma altura, 98 metros. Pero a esta no va ni Buda. Y una dedicada los ministerios, otra para los diplomáticos (la inmensa mayoría de los países mantienen las embajadas abiertas en Rangún) e incluso, pásmate, una donde se sitúan un buen número de hoteles. Hay kilómetros y kilómetros de avenidas, aceras, decenas de edificios vacíos, arcos, jardines, plazas. Por haber, hay hasta un zoológico. Y dicen que no es malo.



Lo que no hay es vida. La llegada, ya anochecido, fue espectral. Las enormes avenidas, iluminadas pero vacías de tráfico, nos condujeron al área de hoteles, donde la mayoría de ellos ofrecía el mismo aspecto: casi todos tenían encendidas las luces de la recepción y presentaban largas filas de luces que perfilaban el contorno del edificio, a modo de gálibo, y nada más excepto el rótulo con el nombre, también luminoso. No se veía ni un vehículo en los aparcamientos, ni a nadie entrando o saliendo y, lo que era definitivo, ni una sola luz de las habitaciones lucía. Ni una. Eran edificios claramente vacíos. El nuestro era uno de los pocos que tenía gente dentro, y lo cierto es que si no éramos los únicos clientes le debía faltar poco, porque en el desabrido restaurante del hotel (ni pensar en salir a buscar algo) había una mesa ocupada por dos hombres que comían tallarines y bebían dos enormes cervezas Myanmar (es el único uso que pienso hacer del nuevo nombre) y otra mesa con una pareja. En honor a la verdad hay que decir que la cena fue excelente.



La mañana nos desveló la verdadera magnitud de la desolación. En el aparcamiento, como cabía esperar, solo estaban nuestro autobús y un coche de cortesía del hotel. Cámara en ristre, salí del recinto hacia la avenida y allí tuve la epifanía total del sinsentido aquel. Una calle con cuatro carriles por lado que se perdía a lo lejos en ambas direcciones y que ocupaban, hasta donde abarcaba la vista, un par de motos  (aquí no están prohibidas como en Rangún) y un coche. Por suerte las aceras no estaban tan congestionadas. Esperé un poco. Atasco: unas seis motos y dos coches en una recta de no menos de un kilómetro. Aguardé otro poco y lo logré: nada, nadie. Pavoroso, amigos.



Subimos al autobús y dimos un breve paseo, porque ya nos advirtieron de que recorrerla entera lleva mucho tiempo debido a las dimensiones, no al tráfico, desde luego. Y visto lo visto, desde luego que no vale la pena. La única zona “viva” fue un mercado de aspecto lánguido en comparación con otros muchos que vimos en lugares infinitamente menores pero más concurridos. Lo dicho, avenidas, fuentes, plazas, rotondas, todo vacío. Otra de las pretendidas atracciones fue el mercado de jade y joyas, pero que ese día estaba cerrado. Poco a poco fuimos alejándonos hacia barrios más periféricos donde las retículas de las calles enmarcaban tremendas parcelas en las que aparecía algún que otro edificio a decenas de metros de distancia del siguiente, todo impregnado de una atmósfera irreal y vacua, más aún considerando lo abigarradas que son siempre las ciudades asiáticas.


Algunos anuncios por aquí y por allá, y los postes de la luz o del teléfono y se acabó. Todo muy limpio, eso sí. A ver, no había quién ensuciara… En algunos cruces se daba la única concentración humana que pudimos apreciar exceptuando el mercado. Pequeños grupos de gente y cuatro o cinco motos ocupaban una de las esquinas, supongo que a la espera del encuentro con alguien que viniera en otro vehículo. Ni pensar en caminar, las distancias no son humanas.




Naypyidaw –que significa ciudad real, ole los culipardos- es inmensa, gigantesca, desorbitada, desproporcionada, vacía, yerma. Es orwelliana, adjetivo perfecto para algo a la vez surrealista y birmano. Recordemos que Orwell vivió en Birmania y allí escribió su primera novela: Los días de Birmania. Allí le llaman El profeta, pero ya lo veremos en su momento.

sábado, 31 de enero de 2015

SHWEDAGON: LA PAGODA TOTAL

Amanecemos en Rangún (Yangon) en nuestro último día en Birmania. El programa contiene para hoy uno de los platos fuertes de cualquier viaje a estas tierras: la fabulosa pagoda de Shwedagon.

Lo cierto es que tras diez días recorriendo el país tenemos ya un cierto hartazgo y podemos contar por miles  - y no es una forma de hablar- las pagodas y los budas vistos (ya hablaremos de Bagán y de la cueva de Shwe Oo Min), así que nos mostramos un tanto escépticos, pero pronto se nos pasará.

Ayer por la tarde, sin tiempo para visitarla por dentro, acudimos a la puerta oeste para ver desde allí la puñetera puesta de sol. En Birmania, cualquier sitio es  pretendidamente especial para ver al sol caer, y esta sobreexplotación del artículo “ver la puesta de sol en…” llega al ridículo en mas de un caso. Aquí la excusa es poder ver los brillos ocres del crepúsculo sobre la dorada estupa. Vale, se acepta. Pero ocurrió que, como en tantas visitas, la estupa está, precisamente coincidiendo con la nuestra, en obras, reparación, mantenimiento… yo qué sé. El caso es que está casi completamente cubierta: hasta la mitad por unas esterillas a las que muy consideradamente han pintado de dorado; ya casi hasta la punta, por un andamiaje a base de bambú. Lo único visible libre, es el cuarto final. Así que reflejos dorados, algunos. Pero magia, lo que se dice magia, poca.
 
El andamio y el extremo de la estupa
Poca hasta que, casi a punto de tirar la toalla y conformarnos con admirar los dos leones/dragones (chinthe es el término exacto) de la entrada que miden casi nueve metros de alto, la magia apareció en el cielo. Una ingente nube de murciélagos, suponemos que procedentes de los árboles del parque cercano a la pagoda, comenzó a brotar como un chorro inagotable, sorteando a uno y otro lado la aguja de la entrada. Pasaban sobre nosotros y seguían hacia donde el sol acababa de esconderse, o más bien suponemos , hacia zonas de encharcamiento, a comer mosquitos o  donde haya árboles frutales. Tengo que confirmarlo, pero yo creo que los más comunes, los de nariz de cerdo, son insectívoros.
La columna de murciélagos y las rapaces acechando

La columna voladora fue recibida por el fuego graneado de las cámaras y las retinas, así como por una gran cantidad de bocas abiertas entre los guiris, no así, obviamente, por parte de los lugareños. Fui prudente y cerré la boca, pero aún así, lo que yo creí una cagadilla me dio en la cara. Mmm. En todo caso, no fueron las ráfagas de obturadores haciendo clac-clac-clac las que les hicieron algún daño, sino una pareja de lo que nos pareció algún tipo de halcón, así como un gran milano que nos solazaron con sus incursiones en el torrente a la caza de algún murciélago y su relativo éxito: pudimos ver (y oír) cómo el milano capturaba un murciélago con sus garras y se lo llevaba, así como alguna persecución de los halcones. Todo ello alrededor de las cabezas de los chinthe: un espectáculo inesperado y fascinante, a la luz del ocaso, con un aire magníficamente vampírico. La luz fue a menos, la bandada también, y los viajeros a otra cosa, que el día había sido muy largo. Buen final.

Pero claro, aún no habíamos visto la pagoda, por eso esta mañana teníamos una visita obligada. Entrar en Shwedagon es cruzar a otro mundo. Es obvio que Pierre Loti o Blasco Ibáñez lo relatan mucho mejor que yo en Pagodas de oro o en La vuelta al mundo de un novelista respectivamente. Dice Loti: “Bajo las bóvedas inimaginables de riquezas, entre esas columnas cinceladas con paciencia china, en esos interiores que no son más que oro y pedrerías, se los ve, se ven los budas, de tamaño sobrehumano, sentados en cenáculo, al abrigo de parasoles bordados y rebordados de oro; ante ellos, urnas de oro para los inciensos que humean, floreros de oro para las gardenias y los nardos que les traen cada tarde, y candelabros de oro que, antes del crepúsculo, acaban ya de encenderse”. Habrá que verlo ¿no? Hasta Kipling la nombraba.

El andamio entrevisto a la luz del atardecer anterior se hace ahora principal, condicionándolo todo. Pero, la verdad, tiene su gracia ver la gigantesca (casi 100 meteros de altura) forma de campana estuchada en una cubierta de bambú y cuerda. De los distintos estratos que forman la estupa (terrazas, turbante, pétalos de loto, plátano, corona, veleta y remate si no olvido ninguno) sólo son visibles los últimos, dorados y brillantes como cabía esperar. El resto, visto con buen ánimo, semeja una enigmática redecilla cubriendo un tesoro que reluce semioculto. En fin, veámoslo con misterio porque si no, es para cabrearse. Encaramada al armazón se ve gente. Con la cámara y el zoom alcanzo a verles la cara, la gorra de béisbol, las gafas de sol, el longy o los pantalones… y los pies descalzos. ¿Arneses? ¡Qué va! Con un par. Allí subidos como Pedro por su casa. Y a su lado, las chapas de oro, perfectamente reconocibles. Qué contraste.
 
Las chapas de oro, el andamio de bambú y el obrero descalzo
Abandonada la prosaica armadura nos sumergimos en la fascinación que tan floridamente nos anticipaba Loti. Y tiene razón. Ha de recorrerse en el sentido del reloj, otra cosa sería mal vista en Birmania, así que seguimos la corriente. No hay mucha gente, pero sí la suficiente como para poder aprender cómo hacen en cada sitio. Aquello no es una pagoda sin más, sino un gigantesco recinto plagado de kioskos, templetes, columnas, capillas, estrados, campanas, urnas, floreros, pebeteros, fuentes, cuencos y figuras de todo tipo. Por no hablar de los cajeros automáticos, que los hay, juro. Es una borrachera de dorados y blancos, algunos verdes, alguna incursión roja, y no recuerdo el azul, la verdad.


Caminas ajeno y curioso entre todo esto. Vas del buda de jade en su urna de vidrio a la campana Maha Tithadaganda del rey Tharrawaddy, tremenda con sus perfiles rojos, pasando por los grandes budas y no consigues cerrar la boca. La pagoda de Mahabodhi, inconfundiblemente de aires indios, se sale marcadamente del ambiente general. Los cuervos y las palomas se aprovechan de las ofrendas y llenan sus buches ante los fieles arrodillados e impertérritos. Las pagodas de los inmensos budas principales son auténticas catedrales doradas, recargadas, barrocas. Barrocas, sí, eso es.
 
El cuervo a lo suyo
Te paras delante de ellas, admirando en segundo plano, tras los fieles, las enormes figuras y tratando de ver el icono central y… Pero… pero, ¿a quién se le ocurre? Las figuras centrales, encerradas en primorosas vitrinas llenas de volutas y encajes, siempre enjaezadas con flores y guirnaldas y a veces cubiertas con lujosos paños lucen (las hemos visto en toda Birmania y también en otros sitios) una aureolas electrónicas a base de leds de colores. No es solo eso. Las luces, como en un árbol de navidad o más bien como en un reclamo publicitario o una marquesina de cine, van cambiando: se apagan, se encienden unos u otros colores, y forman círculos, radios, espirales, abanicos, parpadean pretendidamente gloriosas. Aquello queda entre puticlub e iglesia, en algún punto medio incoherente. Hay que decir que esto de las lucecitas en lugares religiosos ya lo hemos visto en alminares y en aureolas de santos más cercanos, así que debe ser una moda, un furor fluorescente y redentor. Lo que viene siendo un trending topic de mierda, vaya.
 
Los leds y los relojes. 
Pero aún hay más, como diría Super-ratón. En la elaboradísimas –eso, barrocas, repito- rejas que protegen el santo-sanctorum hay aún otro pecado capital cometido contra los guardianes de los pelos y los dientes de buda. Relojes de cocina. Hay allí un cierto número de relojes de cocina, incongruentes, colgados de la reja. Mi ignorancia (que crece y crece) me impide interpretarlos. ¿Qué sentido pueden tener? Supongo que alguno, si no, no estarían allí, pero, ¿no hay algo más acorde al lugar?, ¿menos cutre? No sé, no sé, pero el resultado viene a ser como colgarle a la Macarena el Casio de la cocina de tu tía y sacarla en procesión. El santo cristo y las pistolas pero oriental.
 
Más relojes y leds embelleciendo tremendamente
Te repones del cabreo estético y tratas de reconciliarte con el sitio continuando atónito tu visita cayendo en uno de los tópico ineludibles: buscas el buda del día en que naciste e ignorante una vez más del sentido real del rito, imitas a los de allí rociando agua por encima de las dos figuras sedentes, una dorada tras la otra blanca, y ambas delicadamente adornadas con flores.  Tantos cacillos como años tengas. Dejas un dinerillo como los demás y te vas de allí creyéndote un hombrecito. Sigues, sorprendes a unos jovencísimos monjes – unos chavales de quince- haciéndose fotos y autorretratos (vale, selfies, “pa” ti la perra gorda) ante una ofrenda floral, ves las palomas cebarse de arroz en el plato de uno de los muchos budas, ves un cartel ectópico y de nuevo incongruente, anunciándote que allí hay Wi-Fi gratis por cortesía de la empresa X, ves a un monje viejísimo y desdentado comiendo arroz en una de las pagodas mientras pasa el rosario con la otra mano, admiras las columnas chapadas con miles de teselas y espejitos de colores, te fascinan los dragones, los soportes de las campanas y gongs, las miles de velas y barras de incienso que se consumen y crean en ciertos sitios una densa humareda blanca y un aroma magnífico, los cientos de pagoditas y kioskos, las baldosas blancas de mármol, los lacados de los artesonados, la palmera, alta y sola junto al pabellón de “lavar el pelo” o así creo entender que se llama, las guirnaldas de flores frescas, las sombrillas de encaje (¿y seda como en la zarzuela? Seguramente, ¿no?), las banderas colgadas de largos tirantes que ascienden del suelo hasta las puntas de las pagodas ondean al viento y resuenan, te cruzas con una de las extrañas monjas birmanas: rasurada, vestida de rosa, rojo y marrón… Te pierdes, vamos.
 
!Di Mingalaba!
Y la monja con su rasurado
El monje con su rosario
La pagoda de Mahabodhi
La enorme Maha Titthadaganda
Terminas el giro, que repetirías otra vez pero no hay tiempo y finalmente sales de allí alucinado. Solo por esta pagoda, Birmania merece el viaje. Shwedagon no es una pagoda, es la pagoda total.



viernes, 26 de diciembre de 2014

CHIDAMBARAM

Chidambaram está en el valle del río Kollidam, en el estado de Tamil Nadu. Llegar hasta allí desde Madrás constituyó uno de los primeros recorridos  por carretera. En fin, casi todo alrededor de Madrás fue “lo primero” en la India, pero las carreteras son un fabuloso mosaico y un espectáculo en sí mismas. Ya las veremos, vamos ahora al templo.


Chidambaram es uno de los lugares sagrados más importantes asociados a Shiva, ya que en la ciudad se encuentra uno de los cinco grandes templos dedicados a esta divinidad. Este templo está dedicado a Shiva en su forma de danzarín cósmico, es decir, a Nataraja. Nos dicen que es uno de los templos más antiguos de la India, y uno de los principales centros de peregrinación para quienes adoran a Shiva, sí, pero también a los que adoran a Vishnu, ya que hay una zona dedicada a este último. Curioso. Allí aprendimos “por primera vez” las marcas distintivas de unos y otros exhibidas en la frente y tiznadas con unas grandes piedras que uno se encuentra en los templos mismos: verticales para los vishnuístas y horizontales para los shivaístas. 


Antes de entrar ya te impresionan los gopurams, o puertas de entrada, que alcanzan alturas más que considerables y que son un verdadero “pastel” lleno de figuras policromadas. Aquí hay nueve de estas fenomenales puertas, cuatro de ellas en cada punto cardinal y a las centenas de figuras que los ocupan se suman, como veríamos en otros muchos gopurams, habitantes más activos, como monos y palomas en número atroz. Una vez dentro, no hay un solo momento en que alzar la vista no signifique dar con un nuevo ángulo de varios gopurams a la vez. Omnipresentes.


En el interior hay cinco grandes salones o shaba. El más famoso es el Kanaka Sabha (salón dorado), la zona de los rituales cotidianos, pero los otros cuatro son igualmente notorios: en el Deva sabha, hay una forma de Shiva sentado; el Natya sabha, donde Shiva bailó con Kali; el Raja sabha, con casi mil columnas que simbolizan el chakra; y finalmente el  Chit sabha, el sancta sanctorum de Nataraja. Este último es sorprendente, exento, con peldaños de plata.


Bien, el templo es tremendo y las guías pueden ampliar y corregir sin duda lo expuesto. Pero lo más llamativo, como en cualquier sitio de la India, es la gente y el ambiente. El templo es un lugar social. Allí hay peregrinos sentados descansando. Pero no unos pocos. Las inmensas explanadas y columnatas dan cobijo a cientos de ellos, que buscan la sombra, ya que el sol pica lo suyo. Familias enteras preparan su comida. Hay chavales jugando mientras sus padres charlan. Hay quinceañeras tonteando que se atribulan cuando les pides una foto. Hay filas de gente para coger agua de las fuentes. Hay olor a comida. Por haber, hay hasta basura. Bastante.


Hay, ¡ay!, sacerdotes de lungui -o como se llame la falda de los hombres- de color negro, y adornos negros, y piel negra, y ojos negros, y pelo negro y… todo negro coño, menos los dientes, que relumbran; y que te miran con una intensidad que te hace tragar saliva pensando que no estás en el lugar correcto, o que has hecho una foto indebida, o que has pasado una línea que no has visto, o que llevas la bragueta abierta en un templo sagradísimo o ¡qué sé yo! El caso es que acojonan a la Legión. Y cuando ya te has cagado y se han congregado varios de ellos mirándote de una manera que tú juzgas feroz y bajas la cámara por si acaso, y echas un pasito para atrás, y miras alrededor a ver qué puñetas has hecho mal, y quieres no ser tan guiri y ser tragado por el suelo del puto-templo-quién-me-manda-hacer-fotos-joder-ya-verás-la-hostia… como con un resorte, todos sonríen al tiempo y te piden, ¡sí, te piden¡ hacerse fotos contigo. Que se las hagas, estupendo, pero sobre todo, que te las hagas con ellos y que te dejes tú hacer fotos que ellos quieren sacarte con los móviles que deben llevar adheridos al culo, porque si no, no sé de dónde los sacan. Y te rodean, y sales en sus fotos, y se cambian para salir unos y otros, y te abrazan y se ríen, y hablas con ellos, y son encantadores. En fin. Guiris por el mundo. 



Afortunado de mí, en Chidambaram me encontré, en medio de la explanada, una pequeña pulserita que parecía ser de oro. La llevé en la mano toda la visita y, al salir, juzgué de entre la gente que había allí pidiendo limosna a quién dársela rápida e inadvertidamente y seguir camino. Una mujer vieja, enjuta y desdentada, que casi no levantaba la vista del suelo y tenía delante una pequeña escudilla casi vacía se la encontraría envuelta en el billete pequeño que eché. Le hacía más falta que a mí. Por si el karma…


martes, 23 de diciembre de 2014

ROUMELI, DE LEIGH FERMOR

Roumeli es un relato de los viajes de este singular viajero británico por la zona norte de Grecia. Así como en Mani se adentraba en los dedos del Peloponeso en un viaje más definido a un territorio, en Roumeli, los límites son más vagos, ya que la idea misma de lo que es Roumeli varía en el espacio y la época histórica desde el norte de Grecia entrando bien profundo hacia Bulgaria para replegarse luego e incluir solo las zonas al sur de la llanura de Tesalia.

La verdad es que viajar como lo describe Leigh Fermor es más una investigación etnológica que un mero viaje, por profundamente que quiera conocerse el lugar visitado. Claro, eso y una erudición que asusta (y a veces pesa) hace que leerlo sea no solo “ver” los pueblos y lugares por los que pasa, sino, y sobretodo, enterarse de la historia profunda y antigua de esos sitios. Solo así cabe imaginar cómo nos habla de los antiguos nómadas sarakatsáni, de su cultura y costumbres, permitiéndose, en sus escasas relajaciones, citar el nada amistoso aroma que despiden gracias a sus trajes, encostrados y tiesos, llenos de tanto polvo como sudor. Menudo jumele.

Pero también redescubre uno que, aunque haya estado allí, la entrada antigua a los monasterios de Meteora no era tan cómoda como lo es ahora, pese a conllevar una buena dosis de escaleras. Y el ambiente opresivo, decaído y terminal de su comunidades, ya en la época en que Leigh las visitó. Meteora se merece una atención mayor, ya se la daremos.

Uno de los núcleos del libro consiste en la distinción entre romaico y helénico, siendo la primera la parte del alma griega más rural y prosaica, lo que aquí llamaríamos la España profunda; la helénica es la parte heredera de los inalcanzables e irrepetibles clásicos, culta y elevada. ¿Nuestro siglo de oro? Pues puede, pero cuando se leen las tremendas y profundas reflexiones de Leigh sobre el alma griega, al españolito le resultan muy familiares muchas cosas. Y una  de las conclusiones que más me gustan (pág 147) es que, los pobres, nunca serán tan buenos como sus ancestros clásicos. Esa es una losa insalvable. A esa reflexión sigue otra buena parte destinada a explicar qué y cómo son los griegos, labor ardua en la que se mezclan en las debidas proporciones lo romaico y lo helénico. El cóctel es bueno, pero requiere finura en la elaboración.

Y en cuanto a los parecidos razonables entre griegos y españoles encontré tan maravillosa la reflexión del autor sobre los males del turismo que me la quedé, en parte porque coincido, claro. Describe descarnada y ajustadamente la evolución habida en las costas, desde los pueblecitos de pescadores, ignotos y anclados en la edad media, hacia los resorts y las tiendas de recuerdos. Impresionante. Verdad. Yo mantengo que las pequeñas carreteritas locales, tan incómodas y refractarias para el común de los domingueros son ya la única barrera que les queda a algunos pequeños pueblecitos para sucumbir al todo a cien, a los paletos urbanos endomingados de chándal para ir a la sierra (o al campo, en general), a las urbanizaciones ¡de adosados! en medio del monte y a perder definitivamente aquella panadería de horno de leña de verdad, aquellos bollitos, aquel pan o aquel embutido, presas todos del ansia de ampliar negocio, de vender más y de hacerlo rápido.

Bueno y de eso tenemos culpa todos los visitantes, que conste; todos queremos una caña o un vino sentaditos en una terraza, una buena comida o una compra de algo que “parezca” distinto a lo del hipermercado. Mea culpa.

En fin, regreso ya de mi particular digresión y retorno al maestro. Nos dice Leigh que el grito de guerra en las Termópilas venía a decir algo así como: “I tan i epi tas”, que viene a ser,  o tras los escudos o encima de ellos (a pie o muerto, vaya; ea, alegría). En la estatua de Leónidas que hay en el famoso paso (que es absolutamente decepcionante, como pocos sitios históricos que yo haya visitado) lo que dice es “Molon labe” que parece significar algo así como “ven y cógelas”, dirigido a Jerjes y refiriéndose a las armas. No sé si ambas son verdaderas o falsas. Bueno, pues Leigh gritaba eso con otros comensales mientras atacaban denodadamente una de esa comidas griegas que tanto atraen al que escribe: quesos de cabra, pasas, higos, aceitunas, uvas…. Productos de tierra pobre. Incluido el paximadia, que en La Mancha cambiarían probablemente por lo que llaman “la reseca”. Paximadia es un pan cocido dos veces que levaban los pastores y que para comerlo procuraban rehidratarlo un poco para hacerlo comestible. Y si no, masticar despacio y saliva. En fin, son muchas las curiosidades y rarezas que este libro nos descubre de los griegos, actuales y pasados, y no es cosa de contarlas todas, sino de leer a Leigh.


Ah, una última curiosidad, esta para sinestésicos: en griego demótico, los olores se perciben acústicamente. Dicen: “Akou tin miroudiá”, ¡Escucha este olor!