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sábado, 8 de junio de 2013

TEL EL AMARNA Y ASYUT. EGIPTO MUERTO Y VIVO PERO PROFUNDO, DIGO YO.

Aquel día, salvado el trafiquillo liviano de El Cairo, salimos y nos despedimos de las pirámides y del gentío, enfilando, tras un buen rato de suburbios progresivamente más desérticos en todos los sentidos, la carretera que lleva al sur. Entre lo mejor de este día y de otros similares no sólo fueron los lugares de destino, sino, una vez más, el trayecto: pasar por los pueblos, carretear, ver la vida diaria, las tiendas, los vehículos, los mercados, la gente, los campos, los animalillos... Mientras otros dormitaban, yo quemaba mi cámara y las pestañas, luchando por no perderme nada.
Al cabo de una buen rato, alcanzamos la primera visita, las tumbas de Beni Hassan, “tumbas rupestres de los nomarcas del nomo de la gacela (el 16º)”, decía el programa. Al subir, encontramos a los primeros vigilantes de la ruina, es decir, un par de vejetes con sus chilabas y su AK47, tan serios como polvorientos e inútiles. Lo primero que llama la atención una vez subes la cuesta, es la línea. La línea perfilada y nítida entre el verde y el ocre. La vegetación de la ribera del Nilo y el desierto. Sin medias tintas.
Los jeroglíficos con imágenes de la vida diaria, las luchas, los deportes... fueron muy interesantes. Había todo un repertorio de escenas de lucha-pugilato, de acto sexual, “la prueba del pañuelo” (toma)... muy curioso.  Buena visita.
Y un buen rato después, después de pasar junto a un inmenso cementerio lleno de pequeñas cúpulas y cenotafios, llegamos a una lugar extraño donde los haya: Tel el Amarna, es decir, Ajetatón (o Akhetatón), que significa “El Horizonte de Atón”, la ciudad del  pirado de Akhenatón. Qué zumbado. Se fue a tomar viento (bueno, el sol en realidad) y nunca mejor dicho. Estábamos allí nosotros y otros tres descarriados. Qué soledad.
El horizonte de Atón es real: es una línea tensa y plana de montículos al frente formando un valle casi circular alrededor de la ciudad (¿cuántas veces nos lo repitió nuestro amigo Hisham, el guía?) La ciudad, porque debió serlo, es como ir a Numancia: recitos inmensos en este caso pero que no suben más de tres filas de piedra de las que debes creer que fueron un palacio, otras tres un puente y otras tres un templo. Y dos columnas que no son originales, de las cuales una, la única en pie y que sobresale de todo cuanto la rodea, llama la atención enseguida. La otra sólo tiene la base del fuste. Y, cómo no, de nuevo unos guardianes con su AK47 que parecían salidos de un comunicado de Al Qaeda en su célula geriátrica. Lugar histórico, pero no monumental, desde luego. Ahora, que impresiona. Mucho. Y aquí, precisamente aquí, en este erial encontraron el busto de Nefertiti que los alemanes se llevaron y hay que ir a Berlín a ver. En su día anoté: “ir a Berlín a saludar a Nefertiti. Guapa!!!!” hace un mes lo cumplí. Y vale la pena. Además se cumplen cien años del descubrimiento de la imagen y en Berlín pudimos rememorar esta visita gracias a la exposición temporal que había. Volviendo a Akhetatón,  el sitio era “especial”. Desangelado, aislado, perdido, solitario polvoriento, achicharrado… pero algo tenía, sí: algún aura o algo extraño. A mí me lo pareció. El horizonte aquel embrujaba. Dando la espalda a lo que quedaba de la ciudad, uno veía aquella línea casi perfecta de horizonte y claro que podía sentirse algo místico.


Terminada la visita, volvimos al siglo veintiuno, o quizás no. Bueno, hicimos el cruce del Nilo en barcaza. Unas risas, con el comandante Al Cousteau al mando y todos nosotros y los egipcios presentes opinando sobre cómo hacer el embarque y el desembarque de los vehículos.

Dormimos en Asyut, ciudad viva ésta. Allí hicimos un brusco regreso a la cotidianidad, y tras instalarnos en el hotel, del que la policía no quería dejarnos salir, cómo sería la cosa, intentamos ver el partido del Madrid y el Atlético. Con un par. Ciudad nada, pero nada turística, feudo del Peugeot 504 y el Fiat 1400. Hasta vi un Seat 1500 circulando de taxi en 2010!!! Tras mucho deambular, preguntar ser escrutados a conciencia por los viandantes, a quienes debimos parecer marcianos, logramos encontrar un cafetucho mugriento y asqueroso donde nos metimos a ver el partido. La escena era buena: un policía fumando cachimba, un tiparraco gordote  y espeso con la chilaba con más lamparones que un mantel viejo, las paredes con un zócalo roñoso hasta la altura justa de la clientela, seguida hacia arriba de una pintura vieja y desconchada que debió ser blanca y ahora ofrecía un mucho más cálido tono sepia (a la plancha); los vasos, en origen de vidrio transparente, eran ahora  traslúcidos y tanto la silla como la mesa parecía recubiertas de Araldyt. Eso sí, tenían 400 canales en el satélite... excepto Al jazeera Sports, por el que se emitía el partido. Cagüenla. No lo vimos, pero el chaval del chiringuito de al lado nos cantó los goles. Cabrón.  Mi amigo Pepe se fumó la cachimba y nosotros nos tomamos una Pepsi para hacer gasto mientras un menda intentaba sintonizar una y otra vez el puto partido y nos ofrecía en su lugar uno de la liga inglesa. Nos marchamos, probamos en una tienducha de mala muerte pero ya habían cerrado... nada. De vuelta, mientras Pepe trataba de encontrar algo por su cuenta, mi hijo y yo encontramos un café de puta madre donde lo proyectaban. Quedaban 10 minutos. Ya íbamos de mala leche, así que, al hotel. Curioso paseo: una ciudad muy viva de noche; todo hombres, eso sí. Las mujeres, en coche, y pocas. Pero mucha, mucha marcha. La gente paseaba por la calzada. Nadie iba por las aceras. Qué cosa tan extraña. Cuando por fin entramos de vuelta al hotel, un hotel para egipcios, nada acostumbrado a los guiris y exento de lujos (y de casi todo) los policías de guardia nos miraron de reojo, con cara de cabreo. Nefertiti los confunda.

miércoles, 3 de abril de 2013

EL ORÁCULO DE AMON Y LA MONTAÑA DE LOS MUERTOS



Despertar en una espartana cabaña en un extremo de un motel a las afueras del pueblo, asomarse afuera y ver solo arena al otro lado de una exigua valla es muy agradable. Si te das la vuelta y descubres que el sol comienza a despuntar por encima de una palmera aún te hace sentir más a gusto en aquel sitio.
La piscina que la tarde anterior sirvió para que la juventud se desquitara de las horas a bordo está aún sin gente. Las chozas-habitaciones comienzan a dejar salir a sus ocupantes que se dirigen adormilados al comedor circular. Un desayuno mejorable y a la puerta. Hoy hay tralla.
Uno de los todoterrenos de la larga fila que aguarda a la entrada nos corresponde. El 19. Pues muy bien. Las siete y ya arrancando.
Primera parada, la montaña de los muertos en Gebel Al Mawta. Nos dejan abajo y hay que subir. Aquí hay dos cosas importantes, una son las propias tumbas, otra son las vistas. La colina está toda ella horadada y abombada aquí y allá; de algunos huecos asoman huesos, no sé si originales o reclamos, por otra parte innecesarios. Las tumbas más significativas son la de Si Amón, la del Cocodrilo (por la figura de Sobek), la de Nipertathot y la de Mesu-Isis, que tienen tienen varias salas, entradas esculpidas que son magníficas, rejas para protegerlas y unas pinturas espectaculares. Pero, además, hay un sinfín de pequeños huecos y bastantes entradas modestas (¿modestas o pretenciosas, un “quieroynopuedo”?) sin tanta profundidad ni cámaras laterales y sin ornamento alguno o muy sencillos. Decenas. Una colina entera agusanada (y nunca mejor dicho).
Vistas las tumbas principales y atendidas las explicaciones correspondientes,  curioseamos un buen rato las que son menos relevantes; mi gente y yo saltamos de lado a lado como cabras mientras la gente seria acompasa el prudente ritmo a las cuestas resbaladizas y arenosas.
- Subamos hasta allí.
- Vamos.
En lo más alto, a donde no todo el mundo puede subir por cuestiones físicas y probablemente reglamentarias – de hecho no estoy seguro de si no estaba prohibido- la vistas son magníficas. Una amplia extensión de palmeras se extiende alrededor en un primer círculo, pero en otras zonas hay casas de adobe entreveradas, cercados, un cuartel y, poco a poco, el adobe (y el maldito ladrillo blanco de hormigón, qué peste) gana la batalla al verde hasta que hacia un lado vemos la ciudad. Más allá de ese círculo, el verde sigue en algunas zonas hasta donde alcanza la vista, pero en otras, las más se ve agua, mucha agua, y unos pequeños montículos planos y estratificados que parecen hojaldres. No,. Mejor mantecados. El subconsciente me puede. Al tema: hago varias fotos hasta que en un cercado que queda muy próximo a nosotros y que es el aparcamiento de un cuartel, detengo la vista. Bueno, detengo el objetivo. Vehículos militares. Manías.
- Coño, un Pegaso. Y otro, y otro. Toda la fila. ¡Mira! ¿Ves esos camiones? Son españoles.
- Venga ya.
- Que sí, que sí, que son Pegaso.
- ¿Qué son “pegasos”?
- Una marca de camiones que se hacían en España. Ahora son Iveco. Joder si en uno como esos he ido yo.
- Venga ya, que no.
- Que sí te digo. Mira, acércate con el objetivo y dime si en el radiador tiene un caballo rodeado de un círculo.
- No, en el radiador no, en un lado. Cómo mola. Es verdad.
- Manda huevos, en alguno de esos he montado yo cuando hacía la mili.
- O sea que son viejos de narices – añadió mi hijo con sorna.
- Sí, lo son, cretino. Y yo también. Será imbécil la criatura. Bueno, y no os perdáis el círculo de agua alrededor del palmeral, y el desierto más allá y… ¿lo veis?



Y, sí, lo veían, pero tenían más ganas de subirse de nuevo al todoterreno y traquetear un poco que de oír batallitas de la mili. Normal. Bajamos de la colina y nos llevaron entonces a ver el oráculo de Amón, que era el motivo principal de llegar hasta allí. Un breve trayecto correctamente bacheado nos desguarnilla un tanto la espalda a modo de aviso para el día siguiente.

Media hora después estamos subiendo una nueva colina a las afueras de Siwa, en una zona llamada Aghurmi. Arriba, lo que fue el oráculo de Amón. Allí nos explican detalladamente la importancia de que Alejandro Magno se sometiera a este oráculo, lo que le confirió la legitimidad para ser considerado faraón, eso a pesar de (o precisamente basada en) un presunto error de interpretación alrededor del la palabra griega “Paidós” cuyo detalle no recuerdo pero sé a quién preguntar – y lo haré-. Eso fue en el 331 a.C., pero así como este oráculo era ya famoso en época de Heródoto, griegos y romanos lo hicieron más aún. El edificio, cuadrado y muy deteriorado, es aún imponente, como lo son las salas y debió serlo mucho la escalera por la que debían ascender solemnemente los consultantes hacia el oráculo en lo alto. La liturgia es lo que tiene, su teatro. La Pitia, la primera vedette.

Decía al principio lo de amónico, porque parece ser que el término amoniaco y sus derivados vienen de los destilados obtenidas a partir de las cuernas de los carneros sacrificados a Amón. Ese líquido, de fuerte olor, parece ser que impregnaba este y otros sitios parecidos, le daba un aire -¿captan el sutil juego de palabras?- místico y además era útil contra las miasmas. Supongo que eso si la pituitaria sobrevivía. Debían salir emocionados de la presencia divina, con los ojos llorosos y la garganta reseca. Qué espiritual todo. También como consecuencia de esta visita de Alejandro al oráculo de Amón en Siwa, se le representa con dos cuernos de carnero.
Lo cierto es que es un edificio en ruinas, cuya importancia fue decayendo como en tantos otros casos, hasta quedar olvidado. Por cierto que este oráculo tenía al parecer vínculos con los de Dodona y Delfos, pero esos ya los veremos en su momento.

El día termina con una visita obligada al baño de Cleopatra, maravillosa piscina – alberca dirían algunos acertadamente- en el sentido clásico de la palabra, de aguas de un verde transparente maravilloso. En ella, mis chicas se remangaron los pantalones para no ser menos que la nariguda esa y remojarse en aquel agua preciosa. Eso sí, no sin concitar un nutrido grupo de ojeadores atentos sin duda a la belleza del fondo y los matices del agua. Y por último, una puesta de sol en el agua del oasis, a las afueras de la población, a donde hay que ir con tiempo si quieres estar bien situado. ¿Por qué seremos tan cerriles, con la de oasis que hay que todos tuviéramos que estar en el mismo sitio? Lo cierto es que no había escapatoria, porque aquello era una isla o algo así, de tal manera que llegados a la playa que daba al oeste, no había alternativas excepto meterte un poco dentro del agua o saltar sobre los troncos caídos.
Aceptado el sitio, te concentras en los colores, y entonces lo entiendes todo: el cobre se come al azul sobre una base negra mientras el disco naranja desaparece.  No hay palabras, hay que verlo. Como para perdérselo.