miércoles, 12 de noviembre de 2014

DESAYUNAR EN RONCESVALLES: DE LES TOASTS A LA ROLAND

Carlomagno no fue derrotado por los árabes, ni por los guerreros navarros. Ni siquiera creo que fuese vencido en los llanos de Roncesvalles ni en el paso de Ibañeta o en los alrededores de Valcarlos. La verdad histórica me ha sido revelada en directo. Carlomagno y Roldán pasaban por allí con sus tropas a la hora del desayuno. Y la cagaron.
Despertar en Roncesvalles es un privilegio. Bueno, según cómo de cerca tengas el campanario, porque si te alojas en la segunda planta de la hostería, la campana puede darte en la boca a poco que te asomes por el velux del techo. Pero las vistas son excelentes, eso sí. Los peregrinos pueden tener en este punto algo más de suerte, ya que el albergue queda debajo. Si te acercas sin ser peregrino, dos holandeses muy amables te explicarán que no es un lugar visitable, pero ya llegará el día en que me aloje allí.
Pasados los campanazos, el sufrido viajero se apresta  a buscar dónde desayunar. El hotel es una posibilidad, pero se nos antoja caro. Probemos otro sitio… ¿Otro sitio? Bueno, hay dos locales más abiertos al público, así que hay incluso dónde elegir.
En el primero donde entramos a preguntar la cosa se hizo sencilla aparentemente. Ni un cliente. En la barra, el dueño o alguien con nociones mínimas de atención al público.
- Buenos días.
- Buenos días.
-¿Puede prepararnos desayuno para ocho?
- Sí, claro.
Nos ha jodido, mejor algún cliente que ninguno, ¿no?
-¿Qué puede ser? ¿Tostadas? ¿Bollos?
- De todo.
- Ah, estupendo. Voy a avisar a los demás.
Acto seguido, y en todo momento sin otros clientes que el grupito anunciado, desembarcamos y tomamos posesión solemne del local, donde empezamos a pedirle algunas cosas:
- ¿Zumo de naranja natural?
- No, no tengo.
- Vaya… bueno, ¿y tiene leche de soja?
- No, no tengo.
Vale, exotismos no. Comprendido.
- Eh… bien, bueno, ¿unas tostadas?
Sí, ¿cuántas? ¿Mantequilla y mermelada?
- Para ocho (a ver si no somos adaptables y facilones), ¿pueden ser con tomate y aceite? (no va a ser todo fácil)
- Eh… sí, claro (ya dubitativo).
Bueno pues ocho tostadas con tomate y aceite parecían sencillas de hacer. Pero resulta que no es lo que allí se estila, y va y nos trae unas tostadas quemadas y con un chorro de tomate triturado por todo aliño. Claro, ya ves que aquello no pinta bien y le pides tomate natural. Y sin despeinarse, porque el que te las trae estaba calvo como una bombilla aunque lucía patillas de hacha, te casca medio tomate y un cuchillo para cada uno. Allá te lo prepares tú como mejor te guste. Ea. Maneras de vivir. En fin… las cosas de salir de casa. Resignadamente, nos hacemos cada uno nuestro apaño lo mejor posible y tiramos millas. Vaya decepción.
Bueno, pero como en la mili, siempre se puede estar peor. Dos noches en Roncesvalles permiten una segunda opción. A la mañana siguiente, empeñados en no hacer uso del desayuno del hotel (¡pero qué gilipollas!) tomamos la sabia decisión de probar en el otro bar. Nuevo descubrimiento de la tipología lugareña:  al patillas se suma el “melapela”.
Bar vacío. Tipo en la barra. Nosdías, nosdías.
- Queríamos desayunar.
Le subieron las pulsaciones a 40 por lo menos.
- No, no se puede. No tengo pan.
Las ocho y media de la mañana. Un bar. Lo que viene siendo hostelería. Y no sirven desayunos. Porque no, y punto, sin explicaciones. Pero, a todo esto, sin despeinarse tampoco (este tenía pelo) y sin mayores complicaciones conceptuales. No sirvo desayunos. Abro el bar a las 8 porque soy así de chulo, hostia. No es por dinero. Yo abro, otra cosa es atender al cliente, eso a mí…
¿Dónde pues? ¿Otra vez donde ayer? Ya sabemos cómo funciona, ¿no? El truco es no crear confusión, consumir sólo y únicamente lo que tiene que ofrecerte, olvídate de tus gustos o preferencias, señorito de mierda.
- Buenos días.
- Buenos días.
- Queríamos ocho desayunos. Otra vez.
- Muy bien, ¿tostadas?
- Sí.
Pues tienen que esperar, porque no me queda pan.
LA HOSTIA, ¿OFRECES TOSTADAS Y NO TIENES PAN?
Ahora mismo me lo traen. Y coge el tío y le encarga a un cliente – sería amigo, digo yo- que baje al pueblo de al lado (son 2 Km) a por seis barras de pan.
Nos miramos. ¿Esperamos? From lost to the river.
Aguardamos un rato – sentados afortunadamente- y, a no mucho tardar vemos llegar al del pan. Y cinco minutos después vuelve a  aparecer nuestro amigo el de las patillas para traernos la primeras tostadas.
- ¿Mantequilla y mermelada?
- ¿Puede ser tomate?
El tipo se desconcierta. Cruce de cables. Había dado por hecho que sólo mantequilla y mermelada cabía en nuestras estrechas mentes. Cuatro de nosotros levantamos la mano para el tomate. Nos mira. Resignado (u homicida, no sé), vuelve a la cocina. Al cabo, regresa con la puta mantequilla y la jodida mermelada para los elegidos y aceite, sal y medio tomate a repartir entre los cuatro sediciosos. Os jodáis, viene a decir.
Ya descojonados, nos miramos, nos reímos y cortamos el tomate cuidadosamente, como al microtomo y nos tomamos nuestras tostadas conveniente requemadas, aceitadas al gusto y aromatizadas exquisitamente con unas finas, qué digo, transparentes lasquitas de tomate: “De les toasts a la Roland”. Nouvelle cuisine pura y dura.

Si vais a Roncesvalles, no os equivoquéis, el desayuno del hotel no puede ser tan malo. Y si lo es, no es el peor, seguro.

lunes, 3 de noviembre de 2014

TULSA, SI PASAS POR ALLÍ...

Si vas a Calatayud… ya se sabe. Pero, ¿y si vas a Tulsa? Un momento, un momento. ¡Un-mo-men-to! ¿A qué has ido tú a Tulsa?

Tulsa es la segunda ciudad de Oklahoma, lo cual viene a equivaler a la segunda ciudad de uno de los estados marginales del “Bible belt”, el cinturón de la biblia, el centro-este del sur. Vacas, petróleo y sus bombas extractoras, cereal, reservas indias, llanuras onduladas, praderas inmensas, caballos, algunas llamas y bisontes.

Viviendo en Stillwater, que está a un tiro de piedra por el Cimarron Turnpike, a unas 70 millas, lo suyo es ir a verlo un fin de semana. Además, así conocías las riberas del río Arkansas, que no todos los días circulas con el Arkansas a tu lado, e incluso  puedes rebasar Tulsa y adentrarte un poquito en los montes Ozarks, tan bonitos. Otra vez los sobrepasamos hacia Missouri, pero eso será otra historia.

Así que fuimos varias veces. Los museos Gilcrease y Philbrook serán lo mejor de la ciudad con largura, pero con dos enanos y su parafernalia circundante (potitos, pañales, cochecitos, cambiador, biberones, empapadores, babero, mudas, la madre…) no estás para disfrutarlo, I guarantee. El “Hall of Fame” del Oeste, con sus retratos del afamado Will Rogers o los cuadros de ambiente de película, llenos de caballos, diligencias, jinetes, búfalos, coyotes, indios, casetas en medio de la nada y vastas llanuras de pradera o de roquedal son todos  realistas como un cromo, y aunque algunos son verdaderamente espectaculares e incluso admirables, todo respira el aire inconfundible de la historia de la conquista: todo lo que tiene más de cien años es historia, con mayúsculas. Valga un ardite o no. Aquello son fotos. Fotos al óleo. Muy buenas algunas, pero son un documento, más que una obra de arte. Mi modesta opinión es esta.
El Philbrook es una preciosa villa italiana perfectamente reproducida, con unos jardines que recuerdo borrosamente y con colecciones sin duda excelentes de las que casi no tengo recuerdo, probablemente debido a una mala coincidencia de arte con pañales y/o potitos. En otra vida será.
Dejados los museos, paseas el centro una vez aparcado el coche cerca del BOK Tower, una réplica pequeñita de las torres gemelas de Nueva York. Un downtown puro y duro, con decenas de oficinistas comiendo al aire libre aprovechando lo bueno del clima oklahomero y solazándose con pantagruélicos sándwiches y noodles sentados en el alcorque de un árbol para volver a sus empresas petroleras a seguir dándole al ordenata. Que tristeza de vida.
Y visitas los centros comerciales, entre ellos uno de vida al aire libre que abarca todo lo imaginable, desde alpinismo extremo hasta, cómo no, armas. Puedes preguntar, probarla, comprarla, alquilarla para probarla, te asesoran sobre munición, accesorios, maletines de transporte, armarios, engrase, leasing, lo que quieras. Y eso que Oklahoma es un sitio donde no hay tantas armas como en otros sitios. O eso nos decían. En fin.

En uno de los regresos de Tulsa a Stillwater, el coche comenzó a tironear malamente. Encontré una zona de descanso y me metí allí. El coche “murió”. No arrancaba ni a tiros. Entonces no había móviles, ni allí había un teléfono de emergencia. Paró un coche de la policía y nos vio allí con dos críos y se deshicieron en ayudarnos. Pronto vino una grúa. El alternador. Nada que hacer allí. Arriba con el coche y al mecánico, que por la mañana se haría cargo. Mike era el mecánico. Inevitable sonreír, Mike and the mechanics vino a mi mente de inmediato. Bueno, pues me subí con el de la grúa y fui charlando con él hasta Stillwater. Vaya acento, amigo. Eso sí que era el oeste profundo. Y qué aliento. Más profundo si cabe. Lo más gracioso fue cuando se enteró de que era español. “From Spain, in Europe, really?” Eeeeh, pues yes. Entusiasmo a raudales para él, cara de póker/gilipollas para mí. ¿Qué le pasa? Seguimos camino, agotados ya los pocos temas de conversación en los que el buen hombre se extendía más de dos frases, y cuando por fin dejamos el coche me señala las ruedas de su camión con gran énfasis. “Look, look at this!!!!” Unos Firestone que estaban en las puras lonas, más lisos que los de fórmula uno ocupaban la fila interior de la doble rueda. One half million miles and still working. I love them”.

Tanto Marca España y tanta leche y lleva descubierta 20 años. Ya no se hacen neumáticos como los de antes.



jueves, 23 de octubre de 2014

EL MERCADO DE FLORES DE MADRÁS (CHENNAI)

La primera vez es siempre la primera vez. Y mi primera ciudad india fue Madrás, a la que seguiré llamando así porque 1) soy un puñetero imperialista ó 2) soy un anticuado ó 3) me da la gana o bien 4) suena infinitamente más evocador y aventurero. Mézclese todo, removido, no agitado, y adelante. Y allí la primera visita fue el mercado de flores y frutas.
Madrás es un buen reflejo de lo poco que conozco de la India y de lo que parece ser: una mixtura de progreso, últimas tecnologías, centros docentes por doquier – especializados en todas las ingenierías que uno pueda imaginar- y vacas por las calles, mercados populares y populosos llenos de mugre, gente por los suelos… lo que sale en los documentales. Lo que no sale en los documentales son los olores, y ahí amigo, se marca la diferencia entre quien ha estado y quien “ha visto”. Olor a incienso, boñiga, cardamomo, plátanos putrefactos, flores pasadas y frescas, pimienta, canela, cúrcuma, currys (el curry no existe, existen los currys, son mezclas, cada uno de su padre y de su madre, desde casi dulces – casi- hasta flamígeros), humanidad, humo de diesel – negro, denso, pastoso –, humo de moto – blanco, aceitoso, ligero- y otros muchos.
Cuando nos llevaban hacia el mercado, pasamos ante las obras del metro, una obra gigantesca, casi tanto, imagino, ya que no pudimos verlo, como lo es la sede del parlamento regional. Creo que los Nuevos Ministerios de Madrid cabrían dentro holgadamente, tan descomunal es el tamaño. Todo ello rodeado de vallas que exhibían hasta el asco a dos personas, marido y mujer nos dijo el guía, que eran los Pujoles del lugar. El, ya muerto, aparecía invariablemente con una especie de fez y gafas oscuras: en las estatuas, en los carteles, en los murales… en todas partes. En muchas esquinas hay una estatua insuperablemente kitsch, dorada y pulida toda ella, refulgente, ornada con guirnaldas (lo que les gustan) y ramos de flores.
Circulas por allí entre los antiguos edificios de estilo “anglo-indio” o “anglo-sarraceno”, que significa básicamente una mezcla de la pretenciosa arquitectura victoriana con adornos de inspiración arabesca e hindú. Preciosos muchos de ellos, cierto, pero es un mezcla tan rara… ¿Cuántas veces he usado ya el término “mezcla”? Pues aún quedan…


Te sueltan en el mercado de flores y fruta y entonces es cuando empieza el verdadero espectáculo, más aún si, como ya he dicho, es tu primer baño en las multitudes indias. Las mujeres, siempre elegantes con sus saris multicolores, así que se caigan de viejas y desdentadas; y siempre sonrientes, también. Ellos también sonríen, sí, pero qué queréis que os diga, se me da una higa. Empiezas ya a ver los signos de tiza o lo que sea en sus frentes: marcas horizontales, verticales, en aspa, el punto. Cada una tiene un significado distinto como luego nos instruirían, pero allí y entonces no era más que una extraña señal. Eso sí, te adentras entre ellos sin reparo alguno. La verdad es que el ambiente es muy agradable, ninguna inquietud. Cada uno a lo suyo. Tú eres un guiri pálido, vestido raramente (para ellos, para allí), con una cámara en la mano, con gafas de sol, probablemente embadurnado en crema solar que te hace parecer una fachada a medio enjalbegar, y ellos pasan de ti o te sonríen. No hay otra. Ni una mala cara. Eso sí, las viejas te apartan vigorosa y decididamente para sobrepasarte o para cruzarse contigo sin el menor titubeo ni acritud tampoco. En semejante follón de gente con bolsas en la cabeza, cestos de fruta, bolsas inmensas, bicicletas cargadas hasta el techo si tuvieran, carros con borricos, y… de todo en un metro cuadrado, ¡coño¡, es la única manera. Te entrenas sobre la marcha y comienzas tú también a apartar simple, amable y firmemente a todo quisque que va más lento que tú o que se te cruza. O lo esquivas, pero eso es de cobardes.


Los puestos van variando según el área del mercado, pero en cada giro de la cabeza o  de los ojos te encuentras siempre una foto de premio en forma de bodegón. Bueno, más bien de naturaleza muerta y viva pero exuberante siempre. Colores y olores, eso es un mercado de frutas y verduras que se precie, y este es bueno bueno. Hay puestos con cestas llenas de pétalos, que se usan para confeccionar las guirnaldas que usan por cientos. El trabajazo que tienen deshojando cada flor y lo sonrientes que te miran cuando les haces un gesto pidiendo permiso para la foto. Y el gentío que hay en cada tienda de estas, cada uno con sus cestos delante con las flores para procesar y con los pétalos ya sueltos. Amarillos, rojos, fucsias, naranjas, azules, morados…todos, todos. Aquello era Badrian Street.


Un poco más adelante la cosa cambia: la fruta y la verdura ocupan ahora los puestos. Hay más suciedad, más rincones con la basura de las hojas pochas y los tallos recortados o las pieles de los plátanos. Hay puestos solo de betel, la hoja que tanto usaban antes (ahora ya solo la gente mayor) y que torna rojizos los dientes. No es tabaco, es betel. A veces la rellenan con la propia nuez. Además de los dientes, veréis escupitajos y manchas rojizas por las paredes y el suelo que son betel exprimido y escupido. Mmmm.


Hay puestos especializados en plátanos, hojas de plátano cortadas (las usan como plato), una sola verdura, o bien otros, mucho más vistosos, en los que se mezclan (¿cuántas van?) pepinos rarísimos, melones de formas desconocidas, naranjas, tomates, maíz, lyches y toda suerte de frutas que podría haber aprendido pero no lo hice. Ah, y los de la caña de azúcar, con su exprimidor de rodillos (como los escurridores de las lavadoras antiguas) que te preparan un vasito turbio y dulce que no me atreví a probar, la verdad. Demasiado azúcar y materia orgánica juntas. Soy atrevido, no loco. Picante, una jartá; dulces callejeros, no.



Y nada, vuelves a la Bose Road a esperar a tu transporte mientras te empujan las señoras, te pasa la vaca al lado y te empuja, pasa la moto y como te descuides, te empuja… en fin, que las flores y las frutas tienen un precio: recibir empujones. Pagadlo si podéis.

martes, 23 de septiembre de 2014

PARIS LA NUIT PARA ASOCIALES

Paris la nuit es una expresión evocadora. Representa una perspectiva de experiencias intensas, de juerga, diversión, de camaradería en el noctambulismo y la farra.
Cuando uno visita París por trabajo, esa opción raramente ocurre. Incluso en el caso de que tras la jornada laboral se programe algún acto social, este no suele exceder de una cena a las siete y media a la que asistirán los distintos tipos de europeos que tomaron parte de la reunión. Los nórdicos, tan carentes de verdadero sentido del humor, los germánicos y parientes cercanos, siempre imbuidos de ese aire de sientacátedras, los británicos, trincando casi siempre un buen trozo de la tarta y sin por ello dejar de criticar con esa flema tan suya un crema un tanto insípida o un chocolate desafortunado, los franceses, con una línea propia, siempre; y los mediterráneos, más serios para trabajar de lo que se cree y más divertidos que todos los demás, pero que casi siempre van a remolque. Bien, la cena dura como mucho dos horas y cada mochuelo a su olivo. Una cena de rigor (mortis).

El asocial, yo, se excusa si es posible -¡lo era, lo era!- y emprende un maravillosos paseo a solas por París. Previamente, iPod y música. La selección francesa: Gymnopedie (obvio, sí, pero apropiado), René Aubry, Yann Tiersen, Sophia Charai, Hindi Zahra, Les choristes, Hector Zazou, Mark Isham (¿Mark Isham?, sí con la banda sonora de Les modernes) y... pues sí, también, algún tango afrancesado, como Pa Dumesnil.
Partiendo de la Gare de Lyon, en cuyo restaurante Le train bleu se debe cenar de maravilla pero para hacerlo solo prefiero esperar la ocasión en que alguien querido me acompañe, uno cruza por el puente de Austerlitz y se dirige al Jardin des plantes. Allí, preciosos parterres, caminos umbrías y setos te acompañan a tus lados y tú te dejas embaucar por los olores, los colores, las flores, las hojas... hasta que un silbato y otro y otro más te acojonan lo suyo y, recuperado del susto, ves que los guardias están prácticamente rastreando aquello a la búsqueda del imbécil del turista que no se entera de que es la hora y cierran. Ni pensar en visitar el museo, sino en buscar una salida cuanto antes, a ver si te vana dejar encerrado. Son las siete. El sol se está yendo a gran velocidad. De ahí en adelante solo queda pasear. Todo estará ya cerrado. Y cada vez más oscuro. Pues estupendo.
 Desde allí lo suyo es tratar de alcanzar los Jardines de Luxemburgo previo paso por el Panteón. Al panteón se llega tras atravesar, entre otras calles y plazuelas de nulo interés, la preciosa y muy escondida plaza de Contrescarpe, donde el sufrido caminante se toma una biere a la pression en el prestigioso café Delmas. A vuestra salud. El panteón está en obras. Su cúpula aparece cubierta de una lámina llena de caras de gente que cubre los trabajos. Original, pero a mí me hubiera gustado verla como es ella. En fin.

Sigues por Soufflot y ves a tu derecha la Sorbona. Sí, bueno, pero primero vamos a ver si llegamos a tiempo a los jardines. Uno sigue, rogando interiormente que aquellos cierren más tarde mientras de reojo miras tanto el reloj como el cielo perdiendo brillo, y llegas por fin a la entrada de la plaza Edmond Rostand y... cerrados, claro. Cagüentodo. Les echas un vistazo rencoroso a las fotos maravillosas que siempre exponen en la verja que los rodea y te alejas refunfuñando Boulevard Sant Michel abajo. En la placita de la Sorbona te paras un poquito por aquello de cumplimentar a semejante templo del saber (oye, qué bien suena) y sigues hasta Saint Germain, donde giras a la izquierda. Barrio latino precioso por el que hay que callejear y perderse, aunque para mí lo que no hay que perderse en este tramo es el pasaje de Saint André, una callecita sencillamente espectacular, con restaurantes, salas de arte, anticuarios... indispensable. Sigues, ahora sí, perdido, por aquellas callecitas hacia St. germain des Pres, donde te plantas casi de milagro gracias a un mapa no muy detallado y al entusiasmo que te dan aquellos vericuetos. Cerrada.
Hala, pues con los pies ya pidiendo árnica literalmente, tomas Bonaparte para iniciar camino de vuelta. Más anticuarios, restaurantes preciosos, galerias de arte... a cada paso hay que parar y mirar. Y qué ambiente, qué gentío. Casi demasiado.
Sales finalmente al Sena y te vas a la derecha para cruzar el puente del Carrousel y entrar en la explanada del Louvre. Iluminada maravillosamente, solo puedes abrir la boca ante las pirámides, el palacio, el arco y la torre Eiffel al fondo. Las Tullerías están oscuras y ya hay que ir cerrando el periplo, pero no hay pena. Ya daremos otro paseo hacia la torre, los campos elíseos y lo que se tercie; pero será en otra ocasión.

Asombrado aún, tanto por el Louvre como por los japos haciéndose selfies imposibles o fotos formando la uve con los dedos delante de semejante maravilla -ah, el turismo cultural-, tomas Rivoli a la derecha y sigues, dejando el cerrado palacio real a tu izquierda por las galerías. Alcanzas St Germain Auxerros y la Torre Saint Jques, impresionante iluminada, y te cruzas a la isla por el Pont Change, que te deja una vista maravillosa del Pont Neuf con la torre Eiffel tras él.

Pasas delante de la Cancillería, siempre bonita pero sin gracia especial, para ir a Notre Dame. De día sobrecoge pero de noche estremece. Qué buena iluminación. A mí me gusta mucho la fachada, no puede discutirse, pero siempre me fijo en el punto de kilómtro cero que está allí, frente a la entrada, y luego me voy al jardín de detrás, desde donde se ve todo el entresijo de arbotanes, pilares, tirantes,
gárgolas y pináculos que son soberbios. Joder, cerrado. Pues desde un lado, ea.

Cruzas a la otra islita por el Pont Saint Louis y allí tomas directamente St Louis en l'ille, que discurre por en medio y que está trufada de restaurantes y tiendecitas. Puro medievo. Salvo por lo animadísimo.

Tus pies no dan de más pero tu voluntad gana al traumatólogo/podólogo que te haría falta y te desvías finalmente hacia la plaza de la Bastilla para ver la columna y la amplísima plaza, cambiando así de escenario. Del todo, porque por aquí merodean mendigos que no molestan -al menos a estas horas, aún no muy tardías- pero que no se veían por las otras zonas. A saber qué hace que se congregue por esta.
Bueno, y terminas de nuevo en la Gare de Lyon y en tu hotel tres horas después, con unos euros menos gastados en cerveza y un plato de comida, con las suelas más delgadas, los calcetines más finos y los pies franca y dichosamente devastados. París bien vale una misa, y una reunión de trabajo.

jueves, 4 de septiembre de 2014

LANGRE Y EL GAITERO





La playa de Langre es preciosa. Eso es obvio. El paseo que la rodea por el borde del risco que la encajona permite ver desde arriba esta belleza hecha de roca, arena, hierba (y maíz), agua y cielo. Grises, marrones, verdes, azules. 
Desde un extremo se asoma uno hacia el cabo Ajo, que merece su propia visita; y desde el otro, hay que caminar un poco más para alcanzar Loredo y ver así la isla de Santa Marina, las playas de Somo, con el Puntal y hasta la mismísima embocadura de la bahía de Santander algo más allá.  Un bonito paseo en el que uno, además de las vistas, se topa con caballos y vacas pastando en las praderas que terminan en el acantilado –pastor eléctrico de por medio- y con maizales que también se asoman al abismo. Subirse en la cosechadora debe impresionar lo suyo.
Bajas a la arena y allí te entregas con fruición a las diversas artes de no hacer nada, de bañarte, de mirar las olas, de pasearte la orilla del mar, de leer, de anotar, de observar a la gente, de volver a leer… y entonces de repente prestas atención. Abandonando la relajación a la que te has dedicado intensamente, atiendes ahora a tu oído. Por encima del oleaje, casi único sonido perceptible y no poco, se oye… sí, se oye una gaita. Miras en derredor, incrédulo. Nadie se bajaría una gaita a una playa, ¿o sí? No, no viene de la arena, el sonido parte de arriba. Miras hacia un lado, nada, miras hacia el otro, y allí está. Una cabeza y por encima de ella un tubo con unos flecos colgando se perfilan en el borde del acantilado hacia el cabo de Ajo.
Sonríes. Lo cierto es que es una agradable sorpresa. Tu atención termina de despertarse y la vuelcas en aquel sonido tan inesperado y, al tiempo, tan acorde al lugar y tan grato. Por dárselas uno de enterado, diría que entre lo que toca aquel hombre está la marcha de Brian Boru, pero no podría asegurarlo. El hombre pasea diez o doce pasos hacia un lado, haciéndose más visible desde donde yo lo observo y entonces gira, deshace el camino, ocultándose a mis ojos y vuelta de nuevo. Y así un buen rato. Tanto, que me da tiempo a comentarlo y a hacer que mi gente le preste también su atención, y hasta a hacerle unas fotos a mucha distancia con las que mi cámara me permite “acercarme” hasta verle la cara. Tanto, en fin, que excepto para alguien con cierta afición como yo, aquello acaba por aburrir y me encuentro con una cara de hastío que me mira y señala hacia allí con la barbilla. Yo respondo con un gesto de felicidad. Qué caray, un acantilado, verdor por todas partes, un libro, un mar frío y una gaita. ¡Hasta sobaos y empanada!


Sin embargo, me viene a la memoria una escena que luego he podido comprobar que recordaba mal. Se me antoja aquel gesto de cansancio hacia el gaitero, allá en lo alto, idéntica a la escena inicial de El guateque, de Peter Sellers. Aquella en la que una expedición británica, precedida de los correspondientes gaitas y tambores escoceses, marcha por un desfiladero de la india y sufre una emboscada. Una nube de guerrilleros comienza dispararles, mientras ellos repelan la agresión. Llueven balas por todas partes. Peter Sellers, encaramado en lo alto y que ha dado la señal de alarma, es alcanzado y, en su agonía, sigue soplando y soplando su instrumento – que yo recordaba una gaita y es en realidad una corneta-. Lo hace tanto que el sonido se hace insoportable, de manera que el enemigo centra su fuego en liquidarle para ver si se calla. El persiste y no deja de soplar, y resoplar, cada vez con más estridencia y desafino. Tanto que hasta los suyos apuntan hacia allí, girando las ametralladoras y los fusiles. Era el rodaje de una película y él un extra imbécil (úsese la primera como sustantivo y como adjetivo). En fin, una escena “muy suya”. Pero yo recordaba mal, Peter Sellers no castigaba a propios y extraños con una gaita, y, desde luego, el gaitero de Langre, tampoco. Todo lo contrario, es un motivo más para ir por allí.