sábado, 28 de mayo de 2016

BIKANER, LA ROJA

Dicen las guías que Bikaner fue, junto a Jodhpur y Jaisalmer, uno de los tres grandes reinos del Rajastán, todo ello gracias a las rutas de caravanas provenientes de China.



Llegar a Bikaner y encontrarse una procesión es un regalo. Los enjaezados de los animales, los adornos de las carrozas y la gente engalanada es un mundo de colores y texturas. Te los quedas mirando embelesado mientras ellos, viendo extranjeros, se agitan, saludan con la mano, los niños saltan hacia ti y todos sonríen como si verdaderamente se alegraran de verte. Qué risueños son siempre los indios.


Al poco, sin embargo, uno topa con camiones desvencijados cargados de ladrillos esperando comprador. A su lado, camellos que descansan junto a carromatos no menos arruinados. Camiones y tractores cargados de algodón ocupan la carretera; van aprovechados al máximo, con armazones de madera y tela que forman enormes bolsas que cuelgan por los lados y la trasera. Parecen palomitas, hinchados como van. Otros llevan cacahuetes, otros hierba.


La primera y principal visita monumental es el Junagarh Fort. A la entrada, una impresionante bienvenida aguarda. Allí hay un buen número de relieves de manos pertenecientes a las mujeres de los maharajás muertos en combate. Ellas cometían el suicidio ritual  -sati- no sin antes dejar estas huellas terribles que aún hoy se adornan con flores. Algunas son bien pequeñas, no sé si responden a la edad de la mujer, pero da igual, estremece. El fuerte tiene numerosos palacios en el interior y todos maravillosamente conservados porque nunca fue conquistada, y se preservó intacta. Además, el afamado Ganga Singh, uno de los últimos regidores, edificó el último de ellos a principios del XX. Y es impresionante.


Trajo, además del ferrocarril,  el tendido eléctrico, y, especialmente, el agua mediante un canal que permitió irrigar zonas antes deshabitadas y combatir las frecuentes hambrunas (esta es una región muy árida); en general, se ocupó de hacer avanzar muy notablemente “su” ciudad y región. En el museo –que incluye una armería portentosa- hay un avión (un De Havilland) en reconocimiento a la ayuda prestada a los británicos en la I Guerra Mundial, ya que comandó la Bikaner Camel Corps, que luchó en Egipto contra los turcos. Los camellos y camelleros de Bikaner tienen mucho prestigio. De hecho hay una enorme granja en las cercanías que produce gran parte de los camellos del país, así como los de las unidades militares que aún los usan simbólicamente. Lástima no poder visitarla. Tampoco el templo de las ratas, donde se las alimenta con leche y miel, ya que pese a proponerlo, nos quedaba fuera de alcance. El tiempo es el tiempo.



La arenisca roja del palacio de Ganga Singh, además de la de otras edificaciones le da a Bikaner el nombre de “la Roja” (igual que Jaipur es “la rosa” o Jodhpur “la azul”). Llama la atención que,  a la sucesión ya conocida en otros fuertes de Rajastán  de patios recargados y espléndidos con sus maderas y azulejos, las salas adornadas hasta el infinito con dorados, lacados y estucos, ventanales elaboradísimos con cristales de todos los colores, aquí se encuentra uno con elementos de “estar en casa”. Un columpio mecánico, una cuna igualmente mecánica, el dormitorio del maharajá con su cama y sus descalzadoras… Bueno, y una planta sagrada de albahaca junto con un par de sillas para faquires, una con serruchos y otra con clavos a modo de asiento. Tremendamente acogedoras. Pero son las salas y su riqueza ornamental, pese a estar casi vacías lo que impresiona más. Es el país de las mil y una noches.











Siendo el fuerte el plato ídem, darse un voltio en rickshaw (mototaxi dice el DRAE, pero no lo usa ni el tato) permite una visita a la zona de las havelis, las casas de los comerciantes enriquecidos merced a las caravanas. Pero, sobretodo, lo que permite es darte una vertiginosa vuelta por el mercado, que en nada debe envidiar a las medinas o zocos más surtidos, enrevesados y pintorescos que puedan conocerse. Telas de mil y un colores, especias aún más pintonas, chuches repelentes (y yo creo que fluorescentes, si no radiactivos), bebidas igualmente coloridas, zapateros, hojalateros, frituras… de todo y sin orden. Maravilloso.







El paseo llevó incluida una parada obligada ante un paso a nivel, que fue por si misma un espectáculo. La gente cruza y camina por la vía como si tal cosa, solo los vehículos quedan tras la barrera, excepto las bicicletas, que son tumbadas y pasadas como si tal cosa. Eso si encuentran un mínimo resquicio para llegar hasta la barrera, porque una vez bajada, cada rickshaw, moto, coche (pobres), carreta tirada por buey o camello, o las pocas furgonetas que se atreven, ajustan cada centímetro tratando de ganar la posición. Hasta las vacas quedan allí encajonadas y son las únicas que empujan algo, tienen la costumbre de hacer lo que les apetezca, claro. No cabe un alfiler. Los peatones incluso, se las ven y desean para traspasar el muro de vehículos. ¡Y hay uno igual al otro lado! Parece increíble que no se toquen, que no se hagan daño los motoristas con los rickshaws, que no haya atropellos… pero sobretodo parece increíble que, una vez ha pasado el tren –qué tren, largo como un día sin pan- unos y otros puedan avanzar en sentidos opuestos, porque, he olvidado decirlo: toda la calzada se ocupa a ambos lados. Bueno, pues pasan. Con un par.


Terminó el paseo con una visita a un nuevo templo jainista (ya hablaremos de Ranakpur), este más de estucados y dorados que de mármol crudo como aquel. El templo Seth Bandasar. Si los templos en India son por lo general recargados, cualquiera de ellos parece minimalista comparado con los jainistas. El horror vacui debe ser uno de los mandamientos de esta gente. Lo que no tiene grecas, tiene motivos florales; cuando estos faltan, llegan los geométricos y  donde hay lugar y anchura, nada mejor que una complicada escena llena de palacios y templos, figuras de gente, elefantes, camellos, caballos, vacas, representando batallas, trasfiguraciones, milagros o hechos portentosos de los gurús fundadores, los tithankars.  El sacerdote de guardia se ofreció a llevar a cabo un rito en el que con pétalos de flores e imposición de manos, bendijo a una compañera formando la esvástica con los pétalos. Allí es tan frecuente que uno se acostumbra… o no. En fin, los arios y la esvástica son indios, otra cosa es el uso que otros les dieron a esos conceptos. El jainismo es una curiosa religión de difícil cumplimiento. Su forma más ascética y extrema, digambar, los lleva desnudos por la vida, comen solo lo que les dan y les cabe en las manos vacías y tienen un abanico especial para ahuyentar a los insectos antes de sentarse. No pueden matar a ningún ser vivo, hasta el punto de que pueden llevar un pequeño velo para no aspirar ningún animal. Con idéntico fin se supone que llegan a barrer suavemente el camino antes de dar un paso, filtran el agua y, como digo, el abanico sirve para asegurar que no aplastarán así animal alguno. En fin, que no es una religión, sino un castigo. La otra rama, más moderada, los svetambar llevan algo más relajada la vida, tanto que son un grupo enormemente rico. Siempre visten con un sencillo trapo blanco, pero, por sus creencias, no pueden dedicarse a nada que implique violencia o lesiones a otros seres, así que ser granjeros, agricultores o militares está excluido. Pues nada, comerciantes. En particular, de diamantes y piedras preciosas. ¿A que ya no parecen tan ascetas/masoquistas?





Los cansados viajeros lo son también menos si se alojan en un antiguo palacio. El bar del nuestro parecía sacado de una novela de Kipling. Lo imaginaría uno poblado con tenientes de lanceros tomando, bondad graciosa, un oporto o un sherry. Pieles de tigres y leones (se irían también a cazar a África, porque había cabezas de búfalos del Cabo) y las cabezas de otros animales cubren las paredes, las fotos de antiguas cacerías resultan  inconcebibles y el  boy te atiende uniformado al uso. La mesa de billar y la bailarina con varios cacharros sobre la cabeza haciendo equilibrios mientras baila te llevan también muy atrás. Bien, pero la cerveza está muy fría, decididamente actual. Remarkable, indeed. El patio es esplendoroso iluminado en la noche, y lo será más en la mañana, cuando el sol resalte la arenisca roja, con un color característico. Los intricados pasillos te llevan, a través de escaleras imposibles y salas con celosías y destartalados armarios, hasta tu dormitorio, cuyo techo casi tocas con la cabeza. La habitación, alejada igualmente del estándar, se cierra con un viejo candado, igual de añejo que los muebles, puertas y ventanas. Huele a polvo pese a estar perfectamente limpia, ese olor a mueble y maderas viejas, indestructible hagas lo que hagas.
Y la cama. My god, my kidneys; the mother of the lamb (frase atribuida a Kipling, pero sin confirmar).



miércoles, 13 de abril de 2016

OCÉANOS DE TIEMPO EN SAN TELMO

Empiezo este escrito en el café Plaza Dorrego. Sitio tanguero, antiguo, serio, decorado a base de rayajos y grafiti de los clientes que cubren las antiguas maderas de mesas, sillas, paredes, columnas, mostrador y cualquier superficie de ese material. Nombres, fechas, comentarios, corazoncitos, de todo.

Al entrar, suena Gardel. Maravilloso inicio. Pero de repente, zas, ocurre lo imprevisto (y eso que en realidad era bien previsible, esto es Buenos Aires, ¿no?) y se te amontonan las sensaciones. Manda huevos. Suena "Por una cabeza". No me jodas, hombre. Estoy asomado a la plaza, ahora tranquila pero que se atesta de gente y antigüedades por las tardes y los fines de semana.   Hay una sombrerería y quiero entrar. Pero vengo a pie y hay que dosificarse. Tiempo para un café que Gardel y su tango hacen nostálgico. Más aún tras lo de anoche.

 


Me acosté agotado tras un día de trabajo intenso y una larga caminata vespertina con fase nocturna que pretendió ser reconfortante pero lo fue solo en lo espiritual; los pies no lo entendían así.  Mis pasos me llevaron por Recoleta, el barrio de porteros uniformados y porteros automáticos de latón bruñido, de embajadas y bufetes de postín y de jardines esmerados. Allí, al final de la Avenida Alvear y sus tiendas y casas de lujo, llegué a su cementerio, donde visité a Bioy Casares, y eso que me costó encontrarlo. También a Evita, pero esa era fácil, no había más que seguir a la gente. Las tumbas y panteones ofrecen toda la panoplia de acabados, originalidad, horterada, pretenciosidad o delicadeza, así como estados de conservación dispares. Me llamó la atención que en algunos, los féretros están al aire, sin más que un altar encima.



Luego pasé ante la casa donde pretendidamente vivió Bustos Domecq; allí una placa con los nombres del propio Bioy y de Jorge Luis Borges así lo atestiguan. La placa contiene además una frase de reconocimiento de JLB a su amigo y maestro. Llegué luego hasta la plaza San Martín, con su preciosa torre y las vistas. De allí bajé por Florida y sus tiendas, sin perderme las Galerías Florida ni el antiguo edificio de Harrods; tampoco las parejas de bailarines callejeros que ofrecen tango humilde. Torcí por Corrientes y sus teatros rutilantes y concurridos y concluí con una cena tardía en Terraza, esquina con 9 de Julio, junto al Obelisco. Terminé charlando con el de la mesa de al lado, tipo locuaz. Devastado, llegué finalmente al hotel y ya en la cama, casi inconsciente, leí con los ojos entreabiertos una frase admonitoria en los subtítulos de una película de vampiros: "he cruzado océanos de tiempo hasta encontrarte". Ignoraba el origen de la expresión, para mí tan íntima, pero además yo la conocía en tiempo futuro. Cruzaré. Lo archivé en algún rincón de la mente y caí dormido.


Y hoy, después de los océanos de tiempo, Gardel y Por una cabeza. Demasiadas coincidencias. Hay cosas que regresan cuando menos se espera y te atrapan bajo de defensas. Cansado física y mentalmente, un golpe en la memoria te sacude y te embarga. Ya suena otro tango pero la atmósfera que me envuelve sugerente me mantiene, como una bailarina férrea y suave, en la evocación. Bandoneones, acento porteño en el camarero y el dueño, tiendas de antigüedades que ofrecen baúles de Louis Vuitton junto a zapatos de baile, materas en la mano y termos bajo el brazo, dulce de leche, alfajores, gaseosas... Suena Adiós muchachos. Tengo que irme o esto irá a peor. Quiero ir a Boca, una vez vista la maravillosa plaza de San Telmo y su mercado, la calle Defensa y sus almonedas. Eso después de haber bajado Bolívar y ver San Ignacio y la Manzana de las luces, que no valen mucho pero hay que verlas. Ahora saldré, pero no sin hacer mi grafiti: Cruzaré océanos de tiempo. Hala, a caminar.


La Boca. Caminito es una calle de turistas, llena de tiendas de souvenirs y restaurantes. Sus casas pintadas de colores chillones son la guinda colorida y contrapuesta a un camino que he hecho por Irala, junto a La Bombonera. Zona inquietante, pobre, arrabalera, de casas de chapa oxidada, talleres clausurados y locales cerrados, aceras irregulares y algún encuentro poco tranquilizador. Mucho perro suelto y mucho atado (todo Buenos Aires tiene muchos perros, de ambas clases). He dado con un paseador profesional que llevaba unos diez y le he preguntado qué cómo lo hace. "Yo soy el alfa, es fácil" responde con una sonrisa. 
 

Ya entiendo algunas cosas de barras bravas, aficiones separadas por clase social más que por equipos y otra serie de consideraciones. Es un barrio muy humilde. En La Boca, he comprado algún recuerdo y he preguntado por un lugar donde comer en el que yo fuera el único turista. Y me han indicado bien. Puerto Viejo se llama. Me ha recordado a Ponto Final en Lisboa. Hay que ser un poco aguerrido para llegar allí. Sales de Caminito y giras dejando el puerto a tu izquierda, cruzas una zona nada atractiva y despoblada, adoquinada de madera (nunca vi tal pavimento en otro sitio, ¿será teca?) y allí está. Me siento en la terraza, y, es verdad, no hay ni un turista, a pesar de que no estoy a más de 150 metros del batiburrillo. No es que yo sea más listo, pero indudablemente valoro algunas cosas de otra manera. Entraña y morrón (así llaman al pimiento rojo asado) con mucho ajo. Hoy no ligo, seguro.

 

Paseo de nuevo Caminito y Garibaldi, y, aparte de las casas pintadas de fulgor, bellas y peculiares, lo demás es atrezzo. Fotografío algunas ventanas. Parejas de danzantes de tango que cobran por una foto, o por hacértela con ella o con él según tú seas, sombreros como el de Gardel (he comprado uno, pero en una casa seria, en Dorrego) y todo el cuero y derivados que pueda uno imaginar, así como los imanes de la nevera, camisetas de Maradona y del Papa, de la selección y del Boca... En fin, visto y registrado.


Regreso por Almirante Brown y Parque Lezama. Barrio obrero, no hay duda. Gente recia cruza su mirada con el lechuguino trasplantado que camina con los ojos, oídos y ollares muy abiertos atento a todo.


Recalo para una cerveza reparadora de nuevo en Plaza Dorrego y me reciben incrédulos. Ocupo la misma mesa. Allí está mi grafiti.
- ¿Caminó hasta Boca?
- Así es. Ya sabe, los turistas somos bastante idiotas. Ayer estuve en Recoleta, visitando a Bioy Casares. Caminé desde el Obelisco. Y vi la Floralis generica.


El dueño ya se ríe de mí. Me indica una foto.
-    Acá estuvieron Borges y Sábato, ¿quiere tomarla?
-    ¡Claro!
Y fotografío la histórica foto.

Subo Defensa de nuevo, es tan bonita... Bueno, bonita no, pero sí interesante. Ahora está muy poblada y todo está abierto. Qué cambio. Qué de antigüedades, de tiendas de diseño, de centros culturales, la escuela de cine, qué de ambiente. Llego a Plaza de Mayo y, pasando de nuevo junto al campamento de los veteranos de la guerra de Las Malvinas, miro de reojo a la Casa Rosada una última vez y regreso hacia el Obelisco. Saludo al camarero del Terraza, pero no le aclaro que hoy no iré. Llego al hotel roto; casi veinte kilómetros caminados hoy. Avisan al remis (un taxi-furgoneta) que me llevará al aeropuerto con un tráfico atroz y de allí, tras trece horas de vuelo más sus esperas, regresaré al día a día.


Y el lunes, a trabajar, que llevo una semana fuera y parecerá que el paseo de dos tardes ganadas al sueño y un vuelo tardío para arañar alguna hora extra a costa de acortar el fin de semana han sido unas vacaciones tremendas. Un informe extenso e intenso tratará de hacer comprender lo contrario.

viernes, 12 de febrero de 2016

BREVE APOSTILLA A “VACAS NO TAN SAGRADAS”

Después de dos años, vuelta a la India. Y habrá más, seguro.
Y esta vez recibí de nuestro querido guía Kumar alguna noción más acerca de las vacas y su reverenciada existencia. Para no ser tan sagradas (ver aquí) son una niñas mimadas de narices.
Nos contaba, entre otras anécdotas, la dispar manera en que los indios quieren congraciarse con ellas. En el campo, no es raro toparse con vacas engalanadas. No solo para las fiestas (Ponggar, Duwali y otras), pero especialmente en ellas. Es muy llamativo ver los cuernos pintados de colores (rojo, azul) o a ellas con collares de cuentas o con marcas en la piel (círculos, puntos a modo de pecas, cuando no teñidas casi del todo a base de cúrcuma o de otros colores). Y parece ser que también se les da de comer un menú festivo. Bueno, ellas y ellos, porque los bueyes y toros también llevan su aderezo, y si hacen de tiro para alguna carroza, no desentonan en absoluto.

Bueno sí, son búfalos, pero muy pintones

En la ciudad, por el contrario, la cosa es más pragmática pero no menos delicada y dedicada. Nos cuentan, por ejemplo, de gente que se ocupa en darles de comer antes de irse a la oficina, de manera que les dejan un cuenco con comida a la puerta. Esto es lo menos frecuente por lo que yo entendí, pero no lo es otro modo que consiste en, sencillamente, dejar un balde con la basura orgánica a la puerta. Ellas se lo comerán. Si lo pensamos seria y reflexivamente, es, una vez más, de una eficiencia asombrosa. Eso sí que es aprovechamiento de recursos, producción sostenible y reducción de residuos. Para un sanitario… hombre, algo habría que decir en contra, pero esto no es un texto profesional (monos, ratas, moscas…), dejadme divagar y ensoñar. Se evitan residuos orgánicos en la ciudad (o en los pueblos, que allí también se hace) y lo que originan: olores, insectos, necesidad de recogerlos (camiones, que consumen, contaminan y ocupan espacio en las congestionadas calles) y de tratarlos (plantas de procesado, segregación y selección, vertederos, personal, energía…) y se evitan contaminaciones bióticas de cursos de agua, superficial o subterránea. Claro que es una visión bucólica y que no aguanta un análisis profundo desde el punto de vista de funcionamiento y salubridad de una gran ciudad, pero, ¿a que tiene su fundamento? Y, de hecho, funciona. Lo hacen, y evitan así desperdiciar una fuente de alimento –gratuita en todos los sentidos- para sus vacas. Discutible, sí, pero resiste no poco la discusión. Parece ser que no todo son desechos a la hora de satisfacerlas: la primera porción de pan que se hornea en casa les es ofrecida a las vacas igualmente.


Y aún otras dos cuestiones bovinas más. ¡Ay del hindú al que se le muera la vaca! El pobre que cometa el sacrilegio de que se le muera una vaca atada en su casa debe hacer penitencia. Una versión apunta a la obligación de ir al Ganges con la soga culpable al cuello y así purificarse. Otra opción parece ser peregrinar a alguna de las muchas ciudades sagradas para obtener la redención. Y el regreso: que da otras dos posibilidades, o bien la obligación de guardar la p… cuerda como signo de contrición; o bien la otra, más lúdica, que es dar de comer a los sacerdotes de su templo. Téngase en cuenta que según parece (La india por dentro, de Álvaro de Enterría, excelente) algunos sacerdotes “residentes” son tenidos por triperos y avariciosos. Vamos que darles de comer puede ser una ruina. Rajiv, ojo con la vaca, que lleva cuatro partos; te estoy avisando.

Tal vez por eso, a las viejas les solían dar libertad, mejor eso que penitenciar. Y de ahí también probablemente los refugios para ellas, algo ya en declive. Mejor aún, hoy en día, venderla a alguien sin tanta consideración al animal y, una vez mimada, sacarle un último rendimiento a la abuela en forma de dinero.



Y la última por ahora. Las vacas que no se recogen van a dormir en grupo a la mediana de las carreteras, alrededor de los semáforos o en medio de las rotondas. Y preferentemente en el centro de las poblaciones. Es matemático, y muy notorio como puede deducirse. ¿Y por qué?



Pues nos dan algunas razones que parecen por lo menos plausibles. Una es que en los pueblos están más cómodas en época de monzones ya que se aseguran una cama menos encharcada. Luego aunque no llueva vuelven ahí por costumbre. Esa es la que menos me convence.
Otra muy evidente es la mencionada antes: el acceso a la comida generada en los desperdicios de mercados y viviendas.

La que más me gusta y es más fácil de defender es la de la seguridad que les reporta. Allí están a salvo de animales que puedan agredirlas, a diferencia de si durmieran en el campo o simplemente a las afueras. Recordemos que la India tiene un sinfín de perros asilvestrados (en India tienen lugar la mayoría de las muertes por rabia que se dan en el mundo) y fauna peligrosa como para pasar la noche al raso (chacales en algunas zonas, serpientes…). El tráfico y la gente les dan protección. Y aún hay otra más curiosa y digna de estudio. El tráfico les aporta un extra de protección mediante los humos, esta vez frente a insectos y ciertos parásitos externos (garrapatas, mosquitos, moscas, tábanos…) a los que aparentemente los gases repelen. Muy creíble. Repito que esta idea no es descabellada. Qué verbo tan adecuado para hablar de vacas.